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La vuelta del ántrax

por 14 julio 2010

Con la llegada del siglo XXI el bacilo, manipulado por un psicópata estadounidense, volvió a escapar de su escondrijo para terror de los humanos y esta vez llega supuestamente a Chile y no es Jehová quien nos lo envía.

Con la llegada a nuestro Ministerio de Relaciones de una encomienda cargada real o supuestamente de ántrax, los chilenos del siglo XXI estamos redescubriendo una plaga que nuestro país ha conocido y sufrido desde antaño y la humanidad desde siempre.

Cuando yo acababa de cumplir ocho años, en el pueblito del Sur donde nací estalló la noticia de que la oveja del mapuche Lorenzo Manquilef tenía la picada. Alertado de urgencia, el campero del fundo vecino llegó a caballo con un fusil y un tambor de bencina resuelto a atajar el contagio del carbunclo, sin esperar al veterinario que pasaba una vez al mes ni al practicante –médico no teníamos– que venía todos los viernes.

La oveja yacía en un barranco con una llaga en el lomo en la que los jotes hundían sus picos y el único afán del animal moribundo era proteger a su cachorro de los gallinazos. Yo quise llevarme al huachito para criarlo, pero el campero no estaba para bromas: la primera bala, disparada desde veinte metros de distancia, fue para la madre y la segunda para la cría. La fogata que envolvió los cuerpos fue alimentada con combustible a lo largo de tres días. Ninguna institución pública indemnizó a Manquilef por su pérdida.

Con la llegada del siglo XXI el bacilo, manipulado por un psicópata estadounidense, volvió a escapar de su escondrijo para terror de los humanos y esta vez llega supuestamente a Chile y no es Jehová quien nos lo envía.

En 1929 Luis Durand había publicado su cuento La picada, sobre la muerte del toro Solimán víctima de una epidemia de carbunclo. El campesino Pedro Andaur descuera al toro con su cuchillo y sin revelar que el animal fue víctima de la picada le vende la piel a don Polidoro. Con el dinero se va de juerga, pero en medio de la borrachera comienza a asfixiarse. Andaur muere junto al río acompañado por su perro Calluza que le lame las pústulas:

–¡La picá ha de ser! ¡Tengo la picá! –se lamenta agónico.

Una de las plagas que en tiempos de Moisés envió Jehová al Faraón cuando tenía prisionero al pueblo de Israel fue la del ántrax: “…y hubo sarpullido que produjo úlceras tanto en los hombres como en las bestias… en los hechiceros y en todos los egipcios” (Éxodo 8, 8-9). La epidemia recurrente que llagaba a los animales y condenaba a una muerte horrible a los pastores fue registrada desde la antigüedad por Homero, los padres de la medicina Hipócrates y Galeno, los poetas Ovidio, Virgilio…

El terrible flagelo contagiado por las esporas de la bacteria Bacillus anthracis azotó los territorios de Asia Menor y la Península Arábiga, cruzó varias veces Europa y pasó a América con los conquistadores, siendo conocido como carbunclo o carbunco en castellano, maladie du charbon en francés, anthrax en inglés y sólo pudo ser contenido gracias a una vacuna desarrollada por el propio Pasteur. Desde entonces la vacuna veterinaria contra el carbunclo es de rigor en las explotaciones ganaderas de Chile y el mundo. Hasta el estallido del actual conflicto en Afganistán, la Cruz Roja Internacional mantenía en ese país un laboratorio que producía vacunas contra el carbunclo para las ovejas y cabras de los pastores locales.

Gracias a una lucha iniciada hace varios milenios, en el siglo XX la humanidad había logrado por fin tener a raya al Bacillus anthracis. Pero los aprendices de brujos no dormían y concibieron el proyecto diabólico de utilizarlo como arma. Con la llegada del siglo XXI el bacilo, manipulado por un psicópata estadounidense, volvió a escapar de su escondrijo para terror de los humanos y esta vez llega supuestamente a Chile y no es Jehová quien nos lo envía.

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