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Larroulet no es Boeninger

por 23 julio 2010

Larroulet no es Boeninger
Tal parece que los años de estar en la oposición hicieron de Larroulet un excelente volante de contención -en lo que a regulación y reformas políticas se refiere-, pero ahora que es requerido para conducir al equipo hacia el área contraria y salir a ganar el partido, no ha encontrado cómo ni con quién abrir la cancha, habilitar a sus compañeros, vencer o sorprender a la defensa rival.

Desde que se instaló en “La Moneda chica”, como se le denominó a la sede del comando de campaña de Sebastián Piñera a partir de su triunfo en segunda vuelta, el hoy Ministro Secretario General de la Presidencia, Cristián Larroulet, fue de los pocos nombres dados como seguros para ocupar un puesto en el Gabinete. Por esos días, era común verlo fotografiado en la prensa cargando vistosas carpetas en las que, se decía, estaba delineado el perfil de los titulares de cada cartera y las tareas, amenazas y oportunidades de cada una de ellas.

Es más, en los círculos del piñerismo se hablaba de él como el único que sabía perfectamente en qué consistía la pega que debería desempeñar, dada su vasta experiencia legislativa como cabeza de Libertad y Desarrollo y su eterno rol de puntal técnico-político de la derecha mientras ofició de oposición (por largos 20 años). Pero así como algunas figuras “galácticas” del fútbol europeo no fueron capaces de ratificar lo que de ellas se esperaba en el pasado mundial de Sudáfrica, el Ministro Larroulet está, hasta ahora, en deuda con la afición política.

En efecto, porque aunque los perfiles de la prensa hablaban del “Boeninger de la derecha”, el encargado de la agenda legislativa del gobierno está aún muy lejos de la figura y desempeño del arquitecto de la transición. Mientras Boeninger tenía en su cabeza el diseño macro del gobierno y de su legado, Larroulet se esfuerza por consensuar  una serie de medidas y proyectos que emanan de las más diversas fuentes (programa, demandas coyuntura, terremoto, etc.). Mientras al primero se le recuerda en conversaciones sobre grandes tendencias –cuyo detalle era materia de negociación de otros luego-, al segundo se le ve negociando con diputados “bisagra” que inclinan la balanza hacia uno u otro lado en las comisiones clave del Congreso.

Ahora los errores comenzarán a presionar la continuidad del Gabinete y las medidas que no se adopten pronto no llegarán a materializarse a tiempo para que el actual gobierno les corte la cinta.

Es cierto que el ministro de Aylwin tenía a su lado a un equipo de primer nivel –Solari y Correa, por ejemplo- que, aunque no tenía experiencia previa en el Gobierno, llevaba años negociando al interior de sus partidos, grupos, tendencias e incipientes coaliciones; pero no se puede decir que dicha experiencia no esté presente en el oficialismo actual, aún cuando hoy se constate que ésta no abunda en los equipos de Gobierno.

Tal parece que los años de estar en la oposición hicieron de Larroulet un excelente volante de contención -en lo que a regulación y reformas políticas se refiere-, pero ahora que es requerido para conducir al equipo hacia el área contraria y salir a ganar el partido, no ha encontrado cómo ni con quién abrir la cancha, habilitar a sus compañeros, vencer o sorprender a la defensa rival. No se ve en el Congreso a un asesor o parlamentario que avance en su ausencia; ni a nadie que pueda actuar de primera escala en la siempre ingrata tarea de aunar voluntades.

Lo anterior se ve agravado por un diseño de gabinete que, con contadas excepciones, ha mostrado escaso manejo y efectividad en la conducción de las agendas sectoriales. Así las cosas, los proyectos fracasan en el Congreso o rebotan, sin escala, en algún ministro de La Moneda o en el escritorio del  propio Presidente.

El resultado es que, mientras en la era de Aylwin se avanzó, por ejemplo, en una reforma laboral que firmaron el Ministro del Trabajo, el Presidente de la CUT y el de la CPC; en la actual administración deben ver cómo se pierden iniciativas en instancias legislativas que podrían perfectamente haberse evitado.

El Gobierno maneja las urgencias y la iniciativa en casi cualquier materia relevante que puede imaginarse. También cuenta con instancias y recursos que son clave en el desarrollo de proyectos locales y regionales, tiene preeminencia en la agenda mediática y capacidad de conducción suficiente como para aspirar a una mejor performance legislativa. Sin embargo, proyectos como el de despido por fuerza mayor fue rechazado en la Cámara no obstante la mayoría que ejerce el oficialismo en ella y la indicación que los sustituyó y se aprobó provino de las filas de la oposición. Más vistoso y sonoro fue el rechazo del denominado Royalty minero (que no es tal pero no viene al caso); el salario mínimo estuvo a un paso de quedar sin acuerdo por primera vez en 20 años y hay iniciativas parlamentarias que avanzan y están a punto de sorprender al Ejecutivo sin que éste las tenga previstas.

Todos tienen derecho a equivocarse y a aprender, pero la emergencia ya ha pasado y la instalación ya concluyó. Ahora los errores comenzarán a presionar la continuidad del Gabinete y las medidas que no se adopten pronto no llegarán a materializarse a tiempo para que el actual gobierno les corte la cinta. Ahora es cuando el DT deberá decidir si cambia el esquema de juego y/o reemplaza a algunos jugadores.

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