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Llorón

por 26 julio 2010

Llorón
Por eso su llanto no conmueve. Porque en el fondo -quiero creer que el llanto es genuino- lo que se lamenta es el por qué de la regla. Lo que se lamenta es que empresarios, millonarios y hacendados no puedan inmiscuirse en el negocio público sin dejar el negocio privado.

Lloró Gabriel Ruiz-Tagle cuando debió cumplir con el deber ético y legal que pesaba sobre él. Lloró como llora Colo Colo cuando pierde un partido, cuando queda eliminado tempranamente de una competencia, cuando fagocita entrenadores, cuando su gente le da la espalda en la tribuna. Llanto injusto, llanto sin base. De esos llantos que no dan pena.

Ruiz-Tagle nunca debió haber asumido como rector del deporte nacional. La incompatibilidad de intereses era patente. Sin embargo, el gobierno insistió en dicha designación, casi como desafiando lo que a todas luces y en todo el mundo se ve como un conflicto insalvable. Se trataba de un dirigente activo y parcializado -como se pudo comprobar durante el affaire contra la dupla más exitosa del fútbol chileno, Bielsa y Mayne-Nicholls- dirigente que tenía, además, un claro interés pecuniario en una de las instituciones regladas por su repartición. Y peor aún, el conflicto que aqueja a Ruiz-Tagle es el mismo que aqueja al propio Presidente.

Peor aún, el conflicto que aqueja a Ruiz-Tagle es el mismo que aqueja al propio Presidente.

Los argumentos para su nominación y mantención eran incluso más preocupantes. Se decía, en el fondo, que una persona de su trayectoria, de su honorabilidad y de su éxito, no caería en conductas censurables a pesar del evidente conflicto, como si el pedigrí fuera justificativo suficiente para soslayar este tipo de anomalías.

Por eso su llanto no conmueve. Porque en el fondo -quiero creer que el llanto es genuino- lo que se lamenta es el por qué de la regla. Lo que se lamenta es que empresarios, millonarios y hacendados no puedan inmiscuirse en el negocio público sin dejar el negocio privado.

Por otro lado, no sé en qué momento nos empezamos a preocupar tanto de la salud emocional de las autoridades. Que si trabajan mucho. Que si tienen suficientes horas de sueño. Que si le siguen el ritmo al Presidente. Que cómo cuidan a sus hijos. Que cuando los nombraron advirtieron al Presidente que se mandarían a cambiar en pleno invierno para tomar vacaciones -y así los pasajes al Mundial pasaron a ser “compromisos adquiridos con anterioridad”.

Todos sabemos que es difícil y exigente ser autoridad. Pero hay que hacer dos prevenciones: primero, que en general esta dificultad no debe ser utilizada como valor público ni como gracia política. Que uno sepa, nadie acepta el cargo obligado.

Segundo, que si bien efectivamente hay casos notables de abnegación que vale la pena destacar, éstos casos se dan en todos los sectores políticos. No sólo en las grandes familias. No sólo en quienes provienen del sector privado. No sólo quienes tienen que dejar de lado su patrimonio.

No es sana la tentación del gobierno de presentar a “la nueva forma de gobernar” como una forma moralmente superior por estar conducida por sujetos que tanto sacrificio privado han hecho para asumir sus cargos públicos. Porque con ello traslada el juicio de la autoridad a una suerte de juicio de agradecimiento, de gracia, de comprensión para con el abnegado hombre o mujer que abandona todo por servir al país un tiempecito.

No es sano plantear el debate en tales condiciones. Y ahora vemos cómo en la derecha, en vez de aliviarse que Ruiz-Tagle cortó con un problema que se arrastraba ya por un semestre, lo ensalzan y tratan de presentar como gran servidor que hace un inmenso favor a la patria. No se debe aplaudir el cumplimiento del estándar mínimo, porque con eso, bajamos nosotros mismos los estándares.

Por eso su llanto no conmueve. No sólo porque sea colocolino. Es porque con su deber no más cumple y ya era una vergüenza que no lo hiciera.

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