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Baricco y el silencio: La culpa y la reconciliación en una novela italiana

por 27 julio 2010

En Senza sangue (2002), acaso la más consistente de las novelas cortas de Alessandro Baricco, un anciano se reúne después de décadas con la única sobreviviente de una masacre familiar que él, a los veinte años de edad y al final de una violenta guerra civil, ayudó a llevar a cabo.

La mujer, entonces una niña pero hoy también una persona muy mayor, salvó la vida por un extraño gesto de misericordia de este hombre, a quien, no obstante, ahora espera cobrar la vida de su padre y su hermano, asesinados salvajemente en aquella ocasión (ya ha hecho lo mismo con otros actores del crimen).

Aunque los hechos del pasado no son referidos transparentemente, sino dejados en la indeterminación, se alcanza a comprender que el crimen fue a su vez la retaliación de otra matanza incluso más sangrienta, ocurrida aquella durante la guerra misma.

La novela tiene dos momentos: la primera es el relato de la venganza inicial, el asesinato del padre de la mujer y de su hermano pequeño. El segundo es el arribo de la mujer, ya mayor, a la vida del asesino misericorde, que la está esperando, sabedor de que ella será su heraldo negro.

Esta segunda parte es un contrapunto de conversación y silencio, miradas esquivas entre ambos personajes, extrañas formas de comprensión entre enemigos, insólitas capacidades de compasión, y una escena final que reconcilia la venganza con el amor y la atracción sexual con la reformulación de la memoria.

En cierto momento, el narrador, atravesando la mente del hombre, refiere su sensación:

"En el pasado, había sentido muchas veces cuán difícil era darle un nombre a lo que le había ocurrido en la guerra, como si hubiera un hechizo bajo el cual aquellos que habían sobrevivido no pudieran contar la historia y aquellos que sabían cómo contarla no hubieran estado destinados a sobrevivir".*

Los apellidos son hispanos, los toponímicos también --aunque podrían ser portugueses o gallegos--, y la borrosa cronología hace pensar que Baricco ha querido situar veladamente su historia en una suerte de distopía de la Guerra Civil española y su infinita postguerra, sin arrebatar a su relato la capacidad de rozar un carácter más amplio, menos históricamente determinado o menos puntual.

La idea del personaje, en esa cita, la hemos escuchado antes: la incapacidad de articulación de lo traumático por parte del sobreviviente (también el victimario, aquí, es un sobreviviente: un joven criado en la violencia, que ha seguido ejerciéndola por defecto, porque nada más conoce del mundo, pero que será acosado por su memoria para siempre, luego de haber sido atrapado en una espiral de venganzas que no se ha detenido por voluntad, sino por la forzosa extinción de sus participantes).

La idea da más de sí: el personaje supone la existencia de una maldición: quienes podían contar la historia han muerto; han sobrevivido quienes carecen de la capacidad de relatarla. Si se elimina el factor trágico (la condena que el personaje llama "hechizo") permanece otra forma de condena o de maldición: la sobrevivencia misma implica la pérdida de la capacidad de articular el relato: quien sobreviva quedará inhabilitado o, al menos, obstaculizado, impedido.

¿Por qué? En la novela de Baricco la respuesta es ruda: no porque para articular la historia haga falta superar el trauma de la violencia sufrida, de la violencia infligida sobre uno; sino porque para reconstruir la historia primero hay que vencer el trauma de las culpas propias, que son el más radical lastre de la conciencia:

El hombre puede consolarse con el recuerdo de haber salvado a la niña (hoy la mujer), pero debe lidiar con la memoria de haber colaborado en la muerte del padre y el pequeño hermano. La mujer recuerda que, cuando niña, en la noche de la masacre, escondida en una trampa disimulada en el piso de su casa, aunque podía escuchar los disparos y los gritos de su padre y su hermano, su ilusión era que el muchacho, uno de los asesinos, la cargara en sus brazos y la llevara consigo.

Las culpas, pues, no son sólo las referidas al ejercicio mismo, práctico, objetivo y tangible, de la violencia destructiva, sino que pueden ser de muchos otros tipos: la culpa de la traición, la culpa del desapego, la culpa de no haber hecho nada, la culpa del testigo silencioso, la del que intuyó la línea de la justicia pero prefirió o sintió que debía ignorarla.

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