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Junji y Gini: una canción de cuna para los pobres

por 27 julio 2010

En 1919 se realizó en Santiago el Primer Congreso de La Gota de Leche, una institución de beneficencia formada por mujeres católicas. En ese congreso  la voluntaria Elvira Santa Cruz hizo un discurso, y en ese discurso dijo, entre otras,  las siguientes frases: “Los pobres son los niños grandes de la humanidad”; “su ignorancia no puede guiarles a la verdad”; “son como un bebé que nos lanza al rostro el juguete que le hemos obsequiado” (“Cuerpo y sangre de la política”, María Angélica Illanes, Lom, 2007).  Cada una de esas frases configuraba un paisaje, un orden y una coreografía en la que había adultos de verdad (los menos) y otros que no lo eran tanto (los más).

La idea del “pobre” como un sujeto radicalmente distinto y virtualmente amenazante es antigua y se populariza en Europa occidental durante la baja Edad Media. Todo indica que en Latinoamérica esa idea sobrevive y que en Chile, al menos en determinados sectores, está fresca y corcoveando, según se desprende de las declaraciones de la señora Ximena Ossandón, vicepresidenta de la Junji.

Las condiciones facilitan esa manera de mirar la sociedad en la que vivimos: en Chile el pobre es diferente incluso en su aspecto físico. Las cuotas de sangre indígena se llevan en la cara, por eso en Chile surgen expresiones tan caritativas como “tener cara de empleada” o “pinta de lanza”. Imaginemos un barrendero en la calle. Ahora imaginemos un presidente de directorio. ¿Ve que son distintos?

Los pobres SON diferentes, son otra cosa, y tienen comportamientos antropológicos sumamente interesantes, curiosos. Es otra gente o “esta gente”, como dijo la señora Ossandón. Por lo general saben que el lugar que ocupan no cambiará para ellos. Con suerte para sus hijos y como ven que el destino se cumple (les basta mirar su barrio, hablar con sus parientes) no les queda otra que refugiarse en la manda. La manda a la Virgen –y la confianza en los superpoderes marianos- estaría directamente relacionada con la cantidad abrumadora de necesidades sin luz de esperanza de ser resueltas que tienen los pobres. Sobre todo las pobres mujeres, que tienden con porfía a quedar atrapadas en la fatalidad de la miseria perpetua.

Para una parte importante de los chilenos con mejores ingresos y acceso a la mejor educación, la desigualdad y la pobreza continúa siendo en Chile un asunto que tiene que ver más con la beneficencia que con la justicia social, con el paternalismo de raíz agraria que con las políticas públicas de raíz republicana. ¿No es definitivamente tragicómico que levantar mediaguas para los  pobres se haya transformado en una actividad digna de ser registrada por las páginas sociales y que la necesidad de justicia social sea desplazada por un extraño engendro de paternalismo de fin de semana y marketing religioso?

Las técnicas de la modernidad -gestión gerencial, beneficencia high tech- finalmente puede que contribuyan a aliviar necesidades de corto plazo. El problema es que a la hora de los índices en mayúsculas, como el coeficiente de Gini, lo que porfiadamente sobrevive son nuestros patrimoniales índices de desigualdad y nuestra bicentenaria vocación por reemplazar la justicia por caridad.

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