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Gordismo en el banquillo

por 4 agosto 2010

Gordismo en el banquillo
Atribuir la popularidad de Bachelet a su mera “simpatía” o “cercanía” resulta sin duda un reduccionismo insostenible, como pienso que lo es. El problema es que si la adhesión a sus políticas –y no a su persona- es la clave, entonces resulta igualmente incomprensible que su declarado continuador (que dijo con todas sus letras: “haré lo mismo que la Bachelet”) haya obtenido un escuálido 29% de los votos.

En un país donde la mayoría no entiende lo que lee, respuestas como las del columnista Roberto Castillo son bienvenidas. Le agradezco sinceramente porque pone el ojo en la cuestión central de mi tesis sobre el “gordismo a la chilena” y no se queda en la superficialidad de la comparación de contexturas físicas, que en muchos comentaristas detonara una histérica reacción en cadena.

Efectivamente el juego Maradona = Bachelet adolece de muchos defectos. Es una caricatura que tiene por objeto penetrar en una reflexión más profunda. Pero si la caricatura es excesiva o burda, cuesta que se produzca la reflexión perseguida. Me han escrito algunos amigos porteños señalando que efectivamente “el Diego” es intocable (que “en las conferencias de prensa cualquier periodista que hiciera una pregunta difícil o venenosa se ganaba furibundo rechazo”), y otros como el gran Héctor Vega Onesime precisando que el capital de Maradona ha menguado considerablemente, que su intocabilidad es ya un espejismo, y que la gran mayoría de los trasandinos lo quería fuera de la selección. Sea como sea, autocrítica mediante, acepto que haber comparado a una “santa” como Bachelet con un “drogo” como Maradona superó para muchos el umbral de lo tolerable; olvidé que para los chilenos la figura de Maradona no está asociada a ninguna deidad portadora de alegrías inconmensurables, sino a un antihéroe de pasado oscuro y exponente de toda la genialidad deportiva que por acá no tuvimos.

Sin embargo, el mérito de Castillo llega hasta ahí. Pudiendo hacer una refutación sólida de la idea del “sobrio fanatismo ciego”, prefiere acusar teorías conspirativas superando en paranoia a los redactores de las minutas de La Moneda. Pero no hay problema, yo puedo ayudarlo:

¿Cuánto espacio hay para poner sobre la mesa el incumplimiento de las reformas políticas anunciadas (gobierno ciudadano incluido), el bajísimo crecimiento promedio de la economía o el aumento de la pobreza y la desigualdad? Para el semifanatismo criollo, “mejor no hablar de ciertas cosas”…

En primer lugar, porque la cuestión esencial que deberían pelear los defensores de la ex Presidenta es el legado de su gobierno: un acertado manejo macroeconómico contracíclico, una importantísima reforma previsional, vocación por la primera infancia y por la paridad de género, entre otros logros indiscutibles. Si son convincentes en este argumento, entonces atribuir la popularidad de Bachelet  a su mera “simpatía” o “cercanía” resulta sin duda un reduccionismo insostenible, como pienso que lo es. El problema es que si la adhesión a sus políticas –y no a su persona- es la clave, entonces resulta igualmente incomprensible que su declarado continuador (que dijo con todas sus letras: “haré lo mismo que la Bachelet”) haya obtenido un escuálido 29% de los votos. El bacheletismo sería hipócrita escondiendo que las excepcionales cualidades biográficas y carismáticas de su líder no son solo determinantes, sino además constitutivas de su valoración.

En segundo lugar, porque la diferencia entre las causas y las consecuencias de dicha popularidad juega a su favor. Podemos discutir sobre las razones de su rating, pero mi columna se enfocaba netamente en sus efectos, los que creo son paralizantes a la hora de hacer un juicio crítico sobre su gestión. Roberto Castillo, de hecho, llega a la misma conclusión en este punto: la enorme resistencia de su capital político frente a los embates del rival. Ricardo Lagos Escobar, para muchos el mejor presidente que ha tenido Chile en los últimos lustros, no pudo resistir a esos embates a los que se refiere mi contradictor. Lagos y Bachelet comparten perfil socialdemócrata, pero la ciudadanía no tuvo problemas en deshacerse de la figura del primero en apenas tres años. Con Bachelet no ocurrirá lo mismo. ¿Por qué? ¿Cuánto espacio hay para poner sobre la mesa el incumplimiento de las reformas políticas anunciadas (gobierno ciudadano incluido), el bajísimo crecimiento promedio de la economía o el aumento de la pobreza y la desigualdad? Para el semifanatismo criollo, “mejor no hablar de ciertas cosas”…

El blindaje político es una estrategia legítima. Pero si Bachelet decide meter las manos al barro y reconfigurar una coalición mal aspectada (Castillo la llama derechamente “descerebrada”) tendrá que jugarse parte de su capital. Si logra conservar su posición expectante de cara al 2013, siendo al mismo tiempo la cabeza de la Concertación, entonces habrá que sacarse el sombrero (y tragarse todas las tesis “gordistas”) porque sólo entonces estará estrenando una habilidad política que hasta entonces no ha explorado.

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