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Al lado del cementerio

por 5 agosto 2010

Hace un mes me mudé a una casa al lado de un cementerio. Al principio, cuando fuimos a ver la casa y la agente inmobiliaria nos conducía por los dormitorios, había visto por la ventana un triángulo verde que creía un parque, e imaginé a mi hijo menor jugando al frisbee conmigo. Luego la agente nos informó que el parque era un cementerio, y las piedras rectangulares que había visto diseminadas dejaron de ser adornos y se convirtieron en lápidas. Creía entender por qué la casa no había podido venderse en más de un año. Me acerqué a la ventana de la cocina, desde donde se veía mejor el cementerio, y quise ver, no sé por qué, los nombres de los seres a los que esas lápidas pertenecían. No pude distinguir nada. Saqué una foto, tratando de decidir si me gustaba la casa. Ella ya lo sabía: amor a primera vista, dijo, fascinada con la idea de vivir en una de las pocas casas en forma de cubo de Ithaca (la casa había pertenecido a una pareja sin hijos; la mujer era arquitecta, discípula de Frank Lloyd Wright). Yo estuve de acuerdo, convencido de que el cementerio sería una inspiración para la escritura.

Me mudaba después de haber vivido nueve años en la primera casa que tuve en Ithaca. Allí habían transcurrido los primeros años de mi hijo mayor: no pusimos una mesa en el living para que hubiera campo para sus juguetes. En las paredes había cuadros de pintores bolivianos contemporáneos, un plano antiguo de Cuzco, marcos y espejos con motivos andinos. Los cuadros me gustaban, pero reconozco que en general mi actitud era dejar hacer. Me preocupaban otras cosas y no entendía cuán importante era tener un lugar limpio y bien iluminado para vivir. A veces salía al jardín a patear la pelota con mi hijo mayor, tratando de que se interesara por el fútbol. De lo más orgulloso que estaba era de mis libros.

Mi escritorio en el segundo piso era muy frío y sólo lo visitaba para imprimir cuentos y formularios. De hecho, toda la casa, construida más de cien años atrás, era fría: el viento se colaba por las rendijas de las ventanas. No ayudaban los largos inviernos, que duraban la mitad del año. Escribía en la cocina, el lugar más cálido. En esa cocina ocurrió la primera batalla. Hubo otras, que fueron haciendo que desapareciera el poco cariño que le tenía a la casa. Sucedían cosas entre sus habitantes, se desplazaban los sentimientos, y la casa se resentía. Una vez se coló un murciélago a las tres de la mañana y yo tuve que perseguirlo con un bate. Es un mal presagio, me dije, aunque sabía que nuestros problemas no tenían nada que ver con el murciélago.

Cuando me quedé solo, me encontré con las paredes vacías, con huecos en lugares donde antes había habido muebles, con polvo por todas partes. Pero no era sólo la casa la que había decaído; era todo el barrio. En realidad el barrio siempre había sido así, pero yo no lo había visto. Era hora de buscar abrigo en otro lugar.

(versión original publicada en Etiqueta Negra, agosto 2010)

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