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Girardi, el señor de los pasillos

por 9 agosto 2010

Girardi, el señor de los pasillos
Lo último del Senador ha sido la filtración de un documento en el que establece prioridades para la política de alianzas que su partido debe seguir a futuro. Estas pasarían, entre otras, por buscar acuerdos con Marco Enríquez-Ominami y con sectores que hoy están fuera de la Concertación, abriendo así una fisura con la futura conducción del PPD y tensionando de paso la próxima asunción de Carolina Tohá como timonel de la colectividad.

Activo se le ha visto al Senador Girardi en este último tiempo. Para bien o para mal, lo que sucede en el PPD parece siempre tener que ver con él.  Incluso las desavenencias más allá de su tienda convocan al polémico legislador. En las elecciones de su partido cedió la presidencia a Carolina Tohá en un gesto que lejos de debilitarlo lo fortaleció ya que en la misma jugada en que evitó una potencial derrota aseguró un triunfo en segunda línea. De paso llevó a su retadora a negociar con arreglo a todo aquello que ella decía –en su discurso de campaña- execrar de la política.

Luego le tendió una mano a un díscolo Francisco Vidal, quién tras varios intentos logró dar con un enemigo a quién golpear (síndrome de abstinencia creo que le llaman), pero que no parecía tener la misma suerte para hallar aliados. Y Fulvio Rossi, que tras una seguidilla de eventos poco afortunados -coronados con una escuálida votación en su partido- logró dar con una hebra de figuración política, ligada al matrimonio pero esta vez no al propio sino al que rige a todos los chilenos, también fue flanqueado por Girardi en la presentación de su polémica ley.

Lo último del Senador ha sido la filtración de un documento en el que establece prioridades para la política de alianzas que su partido debe seguir a futuro. Estas pasarían, entre otras, por  buscar acuerdos con Marco Enríquez-Ominami y con sectores que hoy están fuera de la Concertación, abriendo así una fisura con la futura conducción del PPD y tensionando de paso la próxima asunción de Carolina Tohá como timonel de la colectividad.

Girardi forjó con esfuerzo su sello y hoy todo lo que toca se tiñe de él. El problema de esta marca, sin embargo, es el valor que tiene portarla en la solapa.

¿Qué busca Girardi con la permanente tensión en la que sume a su sector y su partido? Figuración, podrían decir algunos y sería lícito pensar en ello ya que la carrera del Senador por Santiago Poniente está llena de “inteligencia medial”. Cabe recordar que Guido Girardi en los 90 era el defensor de casi cualquier causa no articulada debidamente por el sistema político (medio ambiente, consumidores, salud, entre otras) y era por lo mismo temido por todos aquellos cuyas acciones u omisiones pudieren ser vinculadas a la transgresión de algún derecho ciudadano y –por cierto- seguido con atención y generosidad por los medios de comunicación.

Pero con el correr del tiempo y en la medida que su poder, inicialmente mediático, se fue transformado en poder político, esa imagen de paladín de los desvalidos también fue mutando. Su influencia territorial y política le valió también influencia en el Estado y sus agencias; su apellido se multiplicó en alcaldías y diputaciones (por la vía de su hermana y padre) y sus cercanos constituyeron tendencia en el PPD y la Concertación. Así, el otrora director del Sesma y diputado denunciante, pasó a constituirse en un cuasi poder de facto, cuyo mito bien podría motejarlo como “el señor de los pasillos”.

De verlo a deducirlo, de la denuncia a la presión, de la acción a la operación. Hoy el Senador Girardi es más político y menos rostro que lo que era antaño y quizás por lo mismo ha centrado su interés en vincularse a figuras más mediáticas,  que aún no están completamente asociadas a esa zona de la política de la cual nadie parece sentirse parte, pero que al final del día es la que más modela lo que en ella sucede y lo que no.

Pero la oferta de Girardi es peligrosa. Su poder real ahora que no es parte del Gobierno se reduce a su ámbito de influencia directa: su circunscripción y su partido. Su presencia ya no evoca la defensa de nada ni nadie que no sea él o los suyos y está teñida de una carga que difícilmente es un endoso deseado para alguien que aspire a conquistar voluntades masivas, entendidas por tales aquellas que no son susceptibles de ser acarreadas por maquinarias de partido.

En el sistema político chileno hay de todo menos movilidad y Girardi supo acumular poder como nadie en el poco meritocrático mundo de los partidos nacionales. Se opuso a freismos, laguismos y a empresas de todos los tamaños. De director de servicio pasó a líder de un partido y a cacique de la mitad de Santiago; sin duda una carrera digna de ser observada.

Pero los medios son lapidarios: la imagen y la sensación es lo que domina la escena política actual, nos guste o no. Girardi forjó con esfuerzo su sello y hoy todo lo que toca se tiñe de él. El problema de esta marca, sin embargo, es el valor que tiene portarla en la solapa. En otras palabras, consultados al día de hoy ¿cuántos políticos con afanes electorales masivos resisten el adjetivo de girardistas?

(*) Camilo Feres es consultor en Estrategia y Comunicaciones. Profesor de la UAI y la UAH. Fue asesor estratégico de ME-O en las pasadas elecciones.

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