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Aumento de la pobreza y la desigualdad: la paradoja de la abundancia

por 10 agosto 2010

Aumento de la pobreza y la desigualdad: la paradoja de la abundancia
Necesitamos empleos que demanden trabajadores calificados. Para ello es indispensable, en una economía de mercado, la investigación y desarrollo y el capital de riesgo que, como en nuestro país no lo hace el sector privado, debiera financiarlo el Estado. En todos los que se desarrollaron "después", desde Alemania, tuvieron un gobierno activo.

El aumento de la pobreza y la desigualdad que demostró la encuesta CASEN, por primera vez durante los gobiernos concertacionistas, provocó enconadas aunque superficiales reacciones políticas. Nuestras dos grandes tribus cupulares cambiaron sus discursos.

Según la derecha, la solución de los problemas sociales era el crecimiento económico y punto. Ahora acusaron a la mala administración de Bachelet de los programas sociales por esas caídas. También olvidaron que Jaime Guzmán sostenía que la desigualdad era un dato de la creación y que, según Hayek, era la base del desarrollo porque estimula la competencia.

¿Será Piñera un Disraelí o un Aguirre Cerda? Lo dudo, me huele más a un Alessandri o Sarkozy. Como lo dijo el Financial Times, si nuestro país fuera una empresa Piñera estaría en una magnífica situación. El arte de gobernar, sin embargo, es distinto.

En la Concertación nadie recordó que su proyecto de economía social de mercado era mercado más protección social, y ahorro en las épocas de vacas gordas para los períodos de vacas flacas. Y responsabilizaron de los retrocesos a la crisis económica mundial, acompañada del alza del precio de los alimentos.

A lo que se suma que nadie mencionó la llamada maldición de los recursos naturales o la paradoja de la abundancia, que afecta en especial a los países exportadores de petróleo o minerales.

Avances en la protección social.

Uno de los legados de la dictadura fue un 38,6% de la población bajo la línea de la pobreza. La Concertación la disminuyó en forma constante hasta que en 2006 llegó a 13,7%. Entre 2006 y 2009, por primera vez, subió a 15,1%, o sea, 1,4%.

Por su parte el coeficiente Gini, en que 1 es la desigualdad absoluta y 0 la igualdad total, no se movió en ese trienio, siguió en 0,53, pero gracias a los programas asistenciales focalizados del gobierno de Bachelet. Si no se consideraran, el Gini hubiera subido a 0,55.

Tanto en Chile como en América Latina ese coeficiente disminuyó en los últimos años. En Brasil, por ejemplo, entre 1995 y el 2008, de 0,64 a 0,54. Y en Chile, durante los gobiernos concertacionistas, de 0,57 a 0,53, muy cerca del promedio regional.

La disminución de la pobreza y la desigualdad se debió, antes que nada, a los programas sociales, como la bolsa familia en Brasil y Chile solidario o crece contigo. En algunos países, además, hubo mejoras moderadas a la educación primaria y secundaria y, por ende, en la capacitación de la mano de obra. Además, la expansión de las exportaciones produjo pequeños derrames.

El frenazo: la vulnerabilidad de la mayoría

Con todo, entre 2006-2009 en Chile aumentó no solamente la pobreza, Aunque el Gini se mantuvo estable, también creció la brecha entre los extremos de los ingresos monetarios, que incluyen las transferencias de los programas sociales, o sea, entre el decil (10%) más rico y el más pobre.

El 2006, el ingreso del primero era 23,9 veces el del segundo. En 2009, esa cifra subió a 25,9. Y ello a pesar de que el ingreso monetario del decil más pobre se incrementó, gracias a la asistencia estatal, de $ 63.891 a $ 114.005 mensuales, es decir, en 78,44%. En otras palabras, las transferencia en dinero desde el gobierno correspondieron al 44,95% del ingreso monetario del decil más pobre.

¿Cómo se explica ese frenazo, entre 2006 y 2009, en los avances en pobreza y desigualdad, a pesar de los programas sociales y que la economía chilena creció en ese período, en dólares nominales, de 146.800 millones a 163.300 millones, es decir, 11,24%, considerando la contracción de 1,5% del 2009?

La razón es la vulnerabilidad de los que tienen menos ingresos. Como señala Andrés Solimano, se estima que el 30% de la población tiene ingresos que no superan en 40% la línea oficial de pobreza.

En otras palabras, según Florencia Torche, nuestra desigualdad se caracteriza por "la concentración en la élite", mientras que las diferencias entre sectores pobres y medios no son marcadas.

Somos muy desiguales entre el 10% más rico y el 90% de los demás. Entre estos últimos hay un alto nivel de movilidad social entre sí, pero también son vulnerables de caer bajo la línea de la pobreza.

Por esa razón, si excluyéramos al decil más rico, pasaríamos a ser el país más igualitario de América Latina, e incluso lo seríamos un poco más que Estados Unidos y Portugal entre los países desarrollados. El Gini del 2006 del conjunto de los quintiles 1 a 9 era de 0,38 y el del 10, el más rico, de 0,35, según cálculos de Solimano y Torche.

Hay otra razón que nadie menciona. Nuestros multimillonarios se llevaron la parte del león del crecimiento económico en estos años. Según la revista Forbes, los chilenos con activos líquidos de más de mil millones de dólares tenían un capital de 12.800 millones de dólares, que equivalía al 8,31% del PIB nacional, el año 2006. El 2009, en cambio, esas cifras se elevaron a 27.100 millones y al 16,25%, es decir, se duplicaron en términos absolutos y relativos en tres años.

En resumen, nuestro país sigue siendo muy desigual y los pobres muy vulnerables, a pesar de los programas asistenciales. Tanto que recuerda la novela política de Benjamin Disraelí, el más destacado líder de los conservadores británicos en el siglo XIX, "Sybil, o los dos países", en que describe a Gran Bretaña como dos naciones, la de los ricos y la de los pobres. Y esos dos países se nos reproducen en Chile desde la niñez en un apartheid escolar.

La maldición de las exportaciones mineras.

Se han dado muchas razones, culturales, políticas, sociales, incluso algunos se remontan a la conquista y colonización de iberoamérica para explicar la desigualdad regional. Por mi parte, creo que la explicación es más de estructuras económicas.

En este nuevo período de desarrollo hacia afuera nos especializamos, como en el pasado, en la exportación de productos primarios.

Cuando se trata de la minería o el petróleo, utiliza muy poca mano de obra y produce una aristocracia obrera. Si se trata de otros productos primarios, no ocupan trabajadores calificados. Y en ambos casos, las mayores fuentes de empleo son el comercio minorista y los servicios personales, reinos de la mano de obra no especializada. A lo que se agrega que los sectores más dinámicos, exportadores, tienen la propiedad muy concentrada.

En otras palabras, la llamada maldición de los recursos naturales o la paradoja de la abundancia.

Si sumamos a esas distorsiones estructurales el aumento del desempleo y del precio de los alimentos, como ocurrió, bajan lo pobres y suben los ricos, así lo demostró nuestro país. Y las políticas asistenciales son incapaces de compensarlo, aunque amortiguan emergencias y situaciones excepcionales.

Cambiar el país: Piñera tiene la palabra

No hay otro camino que el desarrollo. Todos saben cuál es. Educación excelente, como lo hicieron desde Finlandia a Corea del Sur. Pero para que el 93% de quienes se educan en el sector municipal o subvencionado alcance el nivel de los que lo hacen en colegios particulares, hay que multiplicar por cuatro el gasto por alumno.

Ello no basta. Como lo señaló el Financial Times nuestra especialización en productos primarios paralizó el avance en educación, al rebajar la calidad de la mano de obra necesaria.

Necesitamos empleos que demanden trabajadores calificados. Para ello es indispensable, en una economía de mercado, la investigación y desarrollo y el capital de riesgo que, como en nuestro país no lo hace el sector privado, debiera financiarlo el Estado. En todos los que se desarrollaron "después", desde Alemania, tuvieron un gobierno activo.

Y para financiarlo están los "excedentes" del cobre, el sueldo de Chile; subir los tributos a la minería a niveles similares a los australianos, uno de los pocos países que supero la paradoja de la abundancia; terminar con la "elusiones" tributarias, en particular con los rut múltiples; eliminar las franquicias a quienes no inviertan en incrementar el valor agregado, etc.

¿Será Piñera un Disraelí o un Aguirre Cerda? Lo dudo, me huele más a un Alessandri o Sarkozy. Como lo dijo el Financial Times, si nuestro país fuera una empresa Piñera estaría en una magnífica situación. El arte de gobernar, sin embargo, es distinto. La función del gerente es que la gallina ponga más huevos de oro. La del jefe de Gobierno, es preocuparse de la salud de la ponedora.

Piñera fue elegido por una leve mayoría que se la dio quienes querían un cambio, los llamados "aspiracionales", y que lo más probable es que votaron en primera vuelta por Enríquez-Ominami.

En la historia de nuestro país, su antecesor derechista, Jorge Alessandri, puso fin a un ciclo político, incluido la desaparición de los partidos que lo apoyaron, por limitarse a reconstruir después de un terremoto. Más de medio siglo le costó a la derecha ganar una elección.

En contraste, Aguirre Cerda, de centroizquierda, fundó un nuevo ciclo político de casi veinte años al aprovechar una catástrofe similar para cambiar el país con un incremento del gasto educacional y la Corporación de Fomento de la Producción.

La decisión es de Piñera y su equipo. Es el gobierno, y no la oposición, el que puede cambiar un país y el que gana o pierde las elecciones.

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