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Vuelta a Fojas Uno

por 10 agosto 2010

No "a fojas cero", como dicen los chilenos, pues la "foja cero", por definición, no existe. Pero acá nos gusta abrazar cualquier error que pasa por nuestro lado.

Uno, y no cualquiera, sino dantesco y memorable, ha sido el Transantiago. La misma semana en que se puso en vigor este absurdo engendro yo escribí una columna en "El Mercurio" titulada "Otro Fracaso Socialista". Irónicamente, no faltaron voces de derecha que me criticaron, por oponerme a un plan que iba, según ellas, a terminar con las "horribles micros amarillas", feas, ruidosas, contaminantes y congestionantes. A mis amigos de derecha les daba vergüenza que los visitantes extranjeros a los cuales paseaban por Santiago les dijeran que era una ciudad moderna, limpia y hasta hermosa, salvo por "esos horribles buses destartalados".

Pero esos "horribles buses destartalados" tenían, sin embargo, algunas virtudes: la primera, que trasladaban a la gente pobre desde el lugar en que quería partir hasta el lugar al que quería llegar, en poco tiempo y a una tarifa módica; la segunda, que generaban, en su conjunto, una utilidad o beneficio económico de 63 millones de dólares anuales, sin pedir un centavo al erario; la tercera, que cualquiera podía solicitar permiso para un nuevo recorrido cuando advertía que había un mercado de transporte de pasajeros que se abría, por fundación de nuevas poblaciones o barrios; y la cuarta, que no sufría evasión, porque los propietarios privados de los buses sabían muy bien cómo velar porque todo el mundo pagara su pasaje (ésa es la diferencia entre un propietario y un funcionario, como lo es de hecho el que ahora opera bajo el plan socialista llamado Transantiago, sabedor que detrás de él está Papá Fisco para responder por los que no pagan sus pasajes).

Esto había partido, por supuesto, del gobierno que más libertades personales ha consagrado en la historia de Chile, el régimen militar. Como sucedió a otro socialista que pretendía controlarlo todo, entre los variados caos de los cuales debió hacerse cargo estaba el de la locomoción colectiva santiaguina. Los pasajeros viajaban en "latas de sardinas" y los microbuses pasaban tarde mal y nunca por los paraderos, y muchas veces no paraban. Hasta que llegó un ministro de Transportes, el general de Aviación Caupolicán Boisset, en la segunda parte de los años '70 y, compenetrado de lo que decían muchas voces en esos tiempos, se propuso liberalizar la oferta de transporte colectivo y dijo: tráiganme proposiciones de recorridos libremente y yo se los voy a autorizar. En poco tiempo aumentó el número de buses, probando que las tarifas eran adecuadas, y muchos miles de empresarios libres se dedicaron a transportar pasajeros en la capital.

Luego vinieron los gobiernos socialistas en distinto grado (porque los DC son también de alma socialista, y no me extenderé para probarlo) y culminaron con uno socialista propiamente tal, si bien algo renovado, el de Ricardo Lagos. Como todos los socialistas pertenecen al círculo de los "illuminatii", que "se las saben todas" y son déspotas ilustrados, cuya misión es dictarle a la gente lo que debe hacer, inventaron un plan genial llamado Transantiago y pusieron en circulación unos espectaculares buses articulados que a los empresarios privados jamás se les habría ocurrido usar, pero que a la Concertación le dieron una imagen de progreso y modernidad tan impresionante como la del nuevo tren a Puerto Montt, todo lo cual deslumbró a los ingenuos chilenos y les llevó a elegir un nuevo gobierno socialista en 2005.

Pues bien, hoy los santiaguinos y los gobernantes de turno (bastante menos socialistas que los anteriores, pero siempre algo) están todos desesperados con el Transantiago, que ha costado miles de millones de dólares en pérdidas, que satisface menos a los usuarios que las "micros amarillas", porque rara vez los lleva "desde el punto en que quieren partir al punto donde quieren llegar"; que demora más en los recorridos; que suprimió y, en muchos casos, llevó a la ruina a varios miles de empresarios pequeños de la locomoción colectiva; y que sufre una sangría adicional porque un alto porcentaje de la gente no paga su pasaje. El gobierno actual, inocente del pecado original, está pidiendo ahora ¡cuatrocientos millones de dólares anuales! a los contribuyentes chilenos para que el genial plan de don Ricardo Lagos Escobar (que se apresta a lanzar un libro con un nuevo "set" de lecciones para Chile y el mundo, pues ha sido ascendido a "Capitán Planeta") pueda seguir funcionando o, mejor dicho, malfuncionando.

Por supuesto, yo no tengo la solución para esta tremenda embarrada. Pero sí sé una cosa: que la libertad económica funciona. Yo, hoy mismo, le abriría una pequeña puerta a la libertad en la locomoción colectiva de Santiago. Empezaría de a poco, anunciando que en determinados recorridos se puede libremente llevar pasajeros de un punto a otro. En lugar de perseguir a "los piratas", los convidaría a participar. A ver qué pasa. Yo sé lo que va a pasar, porque ya sucedió en los años '70.
Si se hiciera lo que digo, lentamente, poco a poco, las cosas cambiarían para mejor. Un viaje de mil leguas comienza con un paso, dicen los chinos. Si estamos pagando las ganas por el gran fracaso socialista de Lagos y Cía., por lo menos dejen que la libertad de transporte de pasajeros, que ya nos permitió superar los problemas legados por un anterior gobierno socialista, pueda dar un primer paso para volverlo a hacer.

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