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¿Y si dejamos de llorar?

por 11 agosto 2010

Un cóctel de histeria y desazón se ha extendido en la Alianza frente a la caída de la popularidad del Presidente y su gobierno en las últimas encuestas. No han faltado las propuestas de soluciones, unas más ingeniosas que otras. Desde las más radicales como un rápido cambio de gabinete, por supuesto haciendo énfasis en aquellas carteras con menor valoración del respetable, independiente si la gestión realizada sea buena o no, hasta largas y sesudas discusiones sobre la conveniencia de utilizar o no parkas rojas. Los ministros sí, el presidente no, sugieren algunos con gesto adusto, como quien ha descubierto la cura para una grave enfermedad que azota a la humanidad. Un senador precisa que es una problema de vocerías, rápidamente todos captan que la sutileza está en que señaló vocerías, no vocera. ¿Cuál es la diferencia? Ninguna, pero parece que hay que creer que sí a riesgo de ser tildado de no entender los entresijos de la política.

A esta altura ya es un lugar común repetir que estamos frente a un problema comunicacional, es decir, de acuerdo a dirigentes de la Alianza  las cosas se hacen estupendamente bien pero se transmiten mal. A lo cual los dirigentes de la oposición retrucan, con no menos ingenio, que el problema no es sólo comunicacional sino de fondo

En un país donde ser de derecha nunca ha sido popular, donde sus electores históricamente han escondido su preferencia, tener un gobierno con una aprobación en torno al 50% y a dos ministros en posición de perfilarse para la próxima elección presidencial son suficientes razones para levantar la mirada, enjugar las lágrimas y calmar las pataletas.

¿Es que acaso no hay problemas comunicacionales? Seguramente que los hay, más aún en un gobierno en proceso de instalación y con un presidente del carácter de Sebastián Piñera. A muchos no les gusta la sobreexposición del Presidente y el que aparezca opinando a diario sobre lo humano, y a veces en demasía, sobre lo divino. Pero el hombre es así, siempre fue así, nadie puede alegar que nos enfrentamos a un Presidente distinto a lo que prometió ser como candidato.

Miremos los números por un momento. La última encuesta, la Adimark de julio, muestra al Presidente con una aprobación de 46% y un rechazo de 40%, hay un 10% que no aprueba ni desaprueba y un 4% de los encuestados que no se pronuncia. Las cifras de aprobación del gobierno son algo mejores, con un 49% de aprobación.

Son estos resultados los que han provocado la conmoción anteriormente descrita. Puede ser útil hacer algo de memoria, en diciembre del año anterior, parece un siglo atrás,  el candidato Sebastián Piñera obtuvo un 46% de los votos válidamente emitidos, no muy distinto a quienes aprueban hoy su gestión. Es decir, el Presidente mantiene inalterada la base de apoyo de quienes optaron por él como la mejor alternativa para presidir el país.

El problema no es  la popularidad en sí, sino la tendencia, dicen algunos, frase que sirve para pasar por sagaz ante cualquier concurrencia. Efectivamente, ha habido algún retroceso en las cifras de popularidad, pero nada que amerite tener copada la agenda pública con una discusión sobre temas comunicacionales, cuando al mismo tiempo tenemos una economía vigorizada y desafíos estructurales en salud, educación y seguridad pública.

Las comparaciones se prestan para todo pero puede ser útil, para dar contexto, recordar que Barack Obama cuenta en la última encuesta de CBS News con un 44% de apoyo popular, pocos dudan que pese a las dificultades que ha enfrentado en su primer año es un candidato fuerte a la reelección en tres años más. ¿Cometo el sacrilegio, e imprudencia, de comparar a Piñera con Obama? No. ¿Comparo su popularidad dentro de sus propios países? Sí. Otros como Sarkozy y el más cercano Alan García gobiernan con problemas, pero sin mayores angustias con popularidades en la vecindad del 30%.

La imagen es importante en política, que duda cabe que un presidente popular tiene mayor capacidad de imponer su agenda, lo que es especialmente valioso si esta incluye cambios que requieren fortaleza frente a los grupos de presión. Pero como en todo, hay que mantener la perspectiva y en el caso de la popularidad del Presidente y su gobierno me parece que muchos de sus adherentes la han perdido. En un país donde ser de derecha nunca ha sido popular, donde sus electores históricamente han escondido su preferencia, tener un gobierno con una aprobación en torno al 50%, a dos ministros en posición de perfilarse para la próxima elección presidencial, a la Alianza valorada muy por sobre la Concertación son suficientes razones para levantar la mirada, enjugar las lágrimas y calmar las pataletas.

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