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Progresismo naïve

por 11 agosto 2010

El calificativo de “progresista” se escucha con frecuencia en la discusión pública, generando una inmediata empatía y buena recepción. Parece que es bueno ser progresista y lo contrario, necesariamente repudiable. Lo que no se termina de aclarar es qué significa progreso. Quisiera proponer algunas revisiones a este concepto.

En una primera reflexión, siguiendo a Leo Strauss, cada vez que se habla de progreso se asume una idea rectilínea de la historia y, al mismo tiempo, la convicción de que todo tiempo pasado fue peor. En todo discurso progresista se cobija la idea de que se debe rechazar lo pasado precisamente por el preciso hecho de que ya pasó. Lo pasado es lo superado. Estaríamos a mitad de camino hacia algún lugar, hemos avanzado y nos queda todavía por recorrer.

La falacia del progresismo es querer asegurar que el progreso por sí es una meta deseable, sin transparentar sus pretendidos puntos de llegada ni tampoco qué tipo de progreso es al que estamos aspirando.

Ahora bien, ¿podríamos afirmar que somos moralmente mejores que hace 400 años? ¿Es mejor Shakespeare que Sófocles, Neruda que Dante? ¿Diríamos que nuestras instituciones políticas han progresado desde la democracia ateniense? Todo esto es sujeto de debate. Sólo una postura progresista naïve puede conformarse con el discurso de que estamos viviendo el mejor momento de toda la historia – en todo ámbito – y que tenemos que encontrar nuevas maneras de profundizar las líneas que se han trazado en los últimos tiempos.

Además, como ilustra Voegelin, los progresismos pueden darse en función de un camino o método que debe seguirse (i.e. positivismo) o en función de un punto de llegada (i.e. milenarismo), o en función de ambos (i.e. marxismo clásico). En el caso del progresismo actual, parece que interesa sólo el hecho de que hay que progresar, pues hay pocos progresistas que nos recuerden una meta o hacia dónde estamos progresando y, lo más relevante, por qué esa meta sería mejor que nuestra situación actual.

En tercer lugar, cabe destacar que, en realidad, existen distintos tipos de progreso de acuerdo a los distintos ámbitos de la vida social. Podemos hablar de un progreso en las instituciones, un progreso cultural, un progreso moral, progreso económico, un progreso científico–técnico, etc.  En estricto rigor, el único progreso que ha testificado la historia de occidente, es el científico–técnico (aunque también se discute sobre esto), cuyos beneficios disfrutamos todos.  Asimismo, las complejas relaciones entre el progreso entre un ámbito de la sociedad y otro, no son fácilmente asimilables por una suerte de “teoría del chorreo” progresista, en donde, por ejemplo, el desarrollo en los temas institucionales nos conduzca a un progreso moral, o el progreso científico–técnico, nos empuje necesariamente a un progreso en términos culturales; el progreso económico del país no es sinónimo de progreso moral, y un largo etcétera. (En este tipo de confusión, no sólo cae el autodenominado progresismo sino también parte importante del neoliberalismo economicista).

La falacia del progresismo es querer asegurar que el progreso por sí es una meta deseable, sin transparentar sus pretendidos puntos de llegada ni tampoco qué tipo de progreso es al que estamos aspirando. Sólo se nos dice que tenemos que progresar, sin tener claro el por qué ni el hacia dónde ni qué tipo de progreso. Un progresismo naïve – progreso por el progreso – es quizás una de las peores amenazas para una sociedad, pues asume de modo acrítica una serie de presupuestos que merecen una revisión más acabada. Una discusión sobre los fundamentos reales y los supuestos básicos de este término es condición mínima de honestidad intelectual en cualquier debate que involucre posturas que se autodenominen como “progresistas”.

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