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Las prédicas de Carlos

por 13 agosto 2010

Las prédicas de Carlos
El mismo que aborrece los discursos religiosos y no deja pasar ocasión para criticar a la Iglesia, el mismo que reivindica la libertad de pensamiento frente a los dogmas de cualquier especie, adopta siempre un tono eclesiástico para hablarnos. Su argumentación suele denunciar la herejía antes que entenderla, e imputar antes que discutir. Su tono es siempre acusatorio.

Sus prédicas dominicales son imperdibles hace ya varios años. Uno puede estar más o menos de acuerdo con él, pero es referencia obligada: todos comentan y discuten en la sobremesa lo que Carlos dijo o dejó de decir, y a quién eligió como víctima en su última intervención. No hay otro columnista que se le acerque en influencia y, por más que se esfuercen, sus variopintos imitadores no son ni su sombra, por una razón muy simple: aunque todos aprendemos mucho de él, Carlos es inimitable. Por su lado, los más conservadores evitan leerlo antes de ir a misa. Nada podría irritarlos más. Y de hecho, sabemos por propia confesión que no hay nada que le provoque más placer: se han visto modos menos exóticos de lograr el mismo objetivo. No diremos nada más sobre este punto, pues el mismo Carlos nos ha enseñado a respetar las distintas maneras de vivir.

Una de sus últimas polémicas fue con Sergio Diez, y utilizó una de sus estrategias predilectas: caricaturizar el argumento contrario del modo más burdo posible, para luego destrozarlo en buena y debida forma. Es cierto que así se puede ser muy persuasivo, pero no es seguro que sea la forma más razonable de discutir.

Una de sus muchas virtudes es que ha leído mucho, y se nota. También se agradece porque sus intervenciones son un aporte valioso para nuestra deliberación pública, cuyo nivel no siempre es el mejor. No obstante, a veces es inevitable hacerse la pregunta de si acaso sus citas eruditas buscan más intimidar al lector neófito que ilustrar sus razonamientos. Supongo que es una mezcla de ambas cosas.

Ilustración de Carlos Peña con sotana

Para parafrasear lo que el mismo Carlos decía de Ricardo, puede decirse que es clérigo más que columnista. Clérigo liberal, pero clérigo a fin de cuentas. Clérigo de una nueva fe que no osa decir su nombre.

Hay que reconocer también que posee una pluma privilegiada: Carlos escribe muy bien y maneja a la perfección los recursos del oficio. Sabe cómo apretar allí dónde duele y cuándo utilizar la ironía para lograr el efecto deseado en el lector. Sin embargo, suele ser difícil saber si le interesa más molestar al conservador que  buscar la verdad. Por otro lado, suele dar la impresión de llevar años escribiendo la misma columna, contentándose con cambiar algunos nombres y referencias de orden práctico. Abusa —a todos nos ocurre— de los guiones intercalados y —sobre todo— de cierto estilo declamatorio que tiende a eludir las cuestiones de fondo. Con demasiada frecuencia, Carlos cede a la tentación de una frase bien lograda, con la dosis exacta de veneno, en desmedro de un argumento bien construido.

Con todo, sus homilías están siempre bien pensadas y elaboradas. Sin embargo, quizás su principal defecto sea el siguiente: Carlos va modificando sus esquemas conceptuales según las necesidades del momento, y eso no pasa desapercibido (no digas que no te lo advertimos). Así, cuando le toca justificar prácticas políticas de dudosa moralidad (por ejemplo, el cuoteo), no tiene escrúpulos para argumentar con Maquiavelo: la política no está hecha para los puros ni para los santos. Pero cuando quiere criticar a sus adversarios, no trepida en exigir estándares altísimos de pureza, los mismos que antes había ridiculizado. Decídete, Carlos, o el imperativo categórico kantiano o el duro cinismo del Florentino, pero es difícil compatibilizar ambas tradiciones, aún para una mente privilegiada como la tuya. En una época invocó mucho a Bourdieu, pero más tarde, movido quizás por un tímido pudor, dejó de hacerlo. Acaso comprendió que invocar al sociólogo francés desde la tribuna dominical de El Mercurio resulta un tanto irónico, por decirlo de algún modo. Asimismo, puede un día admitir que existen obligaciones morales y actos intrínsecamente malos, para luego sostener todo lo contrario. A veces separa tajantemente la moral de la política, para unirlas luego si lo necesita (caso del voto obligatorio). De este modo, Carlos va modificando sus argumentaciones según qué sea lo que quiere probar, lo que habla muy bien de su plasticidad argumentativa, pero menos bien de su coherencia.

Ha sido capaz de sostener tesis francamente peregrinas, motivado quizás por un curioso afán de originalidad. En una época defendió al demócrata Hugo Chávez, aunque luego ha mantenido púdico silencio. Otro ejemplo: en el fragor del caso Spiniak, arguyó que la práctica periodística tiene poco que ver con la verdad, lo que muestra bien cuán lejos puede llegar en su afán de innovar.

Pero lejos lo más paradójico de Carlos es su tono. Quizás no se de cuenta, pues muy probablemente padezca eso que Orwell llamaba el síndrome del doble pensamiento. Carlos, el mismo que aborrece los discursos religiosos y no deja pasar ocasión para criticar a la Iglesia, el mismo que reivindica la libertad de pensamiento frente a los dogmas de cualquier especie, adopta siempre un tono eclesiástico para hablarnos. Su argumentación suele denunciar la herejía antes que entenderla, e imputar antes que discutir. Su tono es siempre acusatorio. Le falta poco para decir de toda tesis que no sea liberal: sit anathema. La falacia es astuta pero no por eso menos real: Carlos no sólo argumenta asumiendo que todos somos liberales, sino también que todos entendemos por liberalismo lo mismo que él entiende. En el fondo, da por supuesto justamente aquello que es controvertido. No obstante, y más allá de su retórica ampulosa, no puedo ceder a la tentación de decirle: es demasiado fácil ganar en la cancha que uno mismo ha rayado. Por eso, para parafrasear lo que el mismo Carlos decía de Ricardo, puede decirse que es clérigo más que columnista. Clérigo liberal, pero clérigo a fin de cuentas. Clérigo de una nueva fe que no osa decir su nombre.

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