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Flexibilidad laboral para el primer empleo: un paso auspicioso

por 17 agosto 2010

Lo cierto es que los que nunca han trabajado, se enfrentan a un cruel círculo vicioso: “no me contratan porque no tengo experiencia laboral previa y no tengo experiencia laboral previa porque nadie me contrata”.

La idea de flexibilizar las condiciones de contratación para los que aspiran a su primer empleo no es nueva. Existe evidencia de larga data en Chile y el mundo que da cuenta de este tipo de mecanismos.

El principal fundamento de este tipo de políticas es que la empleabilidad de las personas está asociada, entre otros factores, a su experiencia laboral. En algunos enfoques, el haber tenido un trabajo previo sería considerado por el empleador como una evidencia de haber adquirido mayor capital humano. La literatura económica nos habla de “Aprendizaje por experiencia” o “learning by doing”. Otros enfoques apuntan a que el hecho de haber trabajado, en especial en empresas “reconocibles”, constituye una señal o “acreditación” de que la persona ha pasado algún tipo de “filtro”, lo que la hace más empleable que la que no lo tiene.

Sea uno u otro el enfoque más correcto, lo cierto es que los que nunca han trabajado, se enfrentan a un cruel círculo vicioso: “no me contratan porque no tengo experiencia laboral previa y no tengo experiencia laboral previa porque nadie me contrata”. Esa pareciera ser una de las principales explicaciones para el endémico problema de desempleo juvenil que, al igual que en el resto del mundo,  enfrenta la economía chilena. En nuestro país, en el segmento de 15 a 29 años, la tasa de desocupación triplica a la de los adultos.

Lo cierto es que los que nunca han trabajado, se enfrentan a un cruel círculo vicioso: “no me contratan porque no tengo experiencia laboral previa y no tengo experiencia laboral previa porque nadie me contrata”.

Durante la década pasada (tomando el trimestre diciembre-febrero de cada año), esta realidad casi no se modificó. A comienzos del 2000, la tasa de desocupación de los adultos era de 5,3%, mientras que la del segmento de 15 a 29 años se alzaba sobre el 15%. A lo largo de la década esta proporción de 3:1 se mantuvo casi inalterable, mientras que la de jóvenes de 15-19 años respecto a la de los adultos estuvo siempre poco más arriba de 4:1.

Para mayor abundamiento, cabe recordar que, en el período de oro de la economía chilena, entre el año 90 y el 98, con un  crecimiento del PIB mayor al 7% anual y con una creación de más de un millón de nuevos empleos, la desocupación juvenil no se redujo de manera significativa y la brecha con los adultos se hizo incluso más profunda.

A partir de los años 90, se han aplicado variadas fórmulas, de distinto nivel de masividad y de éxito: programas de capacitación y experiencia laboral, programas de contratación dual “a la alemana”, salario mínimo diferenciado para los jóvenes, “pre contrato” o “contrato de capacitación” con cargo a la franquicia tributaria, sistemas de intermediación laboral, por nombrar algunos, se han alternado y, algunos de ellos, han coexistido por varios años.

A la luz de lo anterior, que se ponga en el tapete una nueva medida que apunte en esta dirección no debiera extrañarnos. Lo realmente sorprendente es el lenguaje utilizado por el presidente de la CUT para referirse al tema. Arturo Martínez, quien durante años se negó de plano a discutir sobre la flexibilidad laboral, anuncia que la central sindical propondría una fórmula que “trataría de una manera distinta el primer empleo”, dando a entender que se referiría a un contrato de trabajo de menor “carga” para el empleador: “no es un contrato de trabajo con imposiciones, es donde hay una parte de empleo, una parte de capacitación y otra de cultura laboral”.

Si bien aun no conocemos los detalles de la fórmula planteada, los dicho de Martínez nos permiten suponer que la propuesta de la CUT apunta en la dirección correcta para equilibrar las posibilidades de empleo de los “novatos” respecto a los que ya tienen experiencia, por la vía de disminuir el “costo-empresa” de contratarlos y, por otra parte, entregándoles acceso a la capacitación laboral técnica y a una saludable “formación general para el trabajo”. Los dos segmentos que se beneficiarían de esta modalidad serían los jóvenes y las mujeres que, cada vez con mayor frecuencia, deciden incorporarse a la fuerza laboral.

Con esta actitud, Martínez se suma a un saludable cambio de actitud ya manifestada por otros referentes sindicales, como la UNT, que apunta a no demonizar el concepto de flexiblidad laboral, sino a reconocer que el tema tiene una enorme gama de matices, unos más “pro trabajador” y otros más “pro empleador”, lo que abre enormes posibilidades de diálogo y negociación.

Los avances bipartitas en este ámbito, entre la CUT y la CPC, introducen un  enorme desafío a las autoridades de gobierno en orden a conducir ese diálogo. Mal que mal, es el Estado el que debe representar, en esa mesa, la mirada del bien común.

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