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Concertación: las prácticas, la experiencia y los discursos

por 19 agosto 2010

Concertación: las prácticas, la experiencia y los discursos
Así disponer de capital social, redes, conexiones, experiencia militante tanto como elementos del carácter o personalidad del militante constituyeron las principales consideraciones al momento de elegir liderazgos. La democracia no estaba en el horizonte partidario, aún cuando si en el discurso político general dado el contexto dictatorial.

En el reciente discurso de asunción de Carolina Tohá, como presidenta del PPD, se puso mucho énfasis en la crítica a las prácticas nepotistas con que la Concertación había instalado a sus líderes a lo largo de sus 20 años de gobierno. Se habló de transformar las prácticas y retomar la democracia partidaria, perdida en un tiempo inmemoriable, pero que formaba y forma parte del discurso clave con el que se constituyó y se identifica precisamente a la coalición política, ahora de oposición.

El acuerdo de Penco, consistente en construir formas de elección de líderes basada en la práctica de primarias amplias y convocantes, se ha transformado en un hito clave en la posibilidad de reconstrucción del conglomerado, aunque de ideas se ha hablado poco.

Para quienes hemos estudiado el proceso de institucionalización de liderazgos dentro de la izquierda concertacionista, este fenómeno aunado al proceso de renovación de los cuadros dirigenciales, debe verse como un problema a debatir y al que la historia podría aportar algo interesante.

Esa vieja práctica, que hoy día se crítica arduamente por los nuevos cuadros de líderes de la Concertación, formó parte de la historia del conglomerado y de la experiencia de muchos de sus líderes.

Los partidos políticos que conforman la actual coalición de oposición, fueron duramente golpeados por la represión política durante la dictadura. La mayoría de sus líderes fueron o perseguidos, encarcelados, desaparecidos o exiliados. La experiencia dictatorial marcó a fuego a quienes habían constituido parte de los cuadros dirigenciales de la izquierda chilena. La clandestinidad y el exilio estructuraron el nuevo marco de experiencia, en el que se rearticularon las prácticas políticas para instituir los nuevos liderazgos políticos.

La democracia electoral tuvo que ser desechada, por lo menos hasta la mitad de los años 80. Realizar una elección interna era un suicidio al que ni los partidos ni los líderes querían someterse.

Las nuevas prácticas se basaron en la cooptación y la institución de líderes bajo la forma de la legitimación delegada por viejos líderes, poseedores de cierta validación previa al golpe de Estado y que traspasaban parte de la legitimidad a las nuevas camadas de líderes, elegidos minuciosamente para realizar labores políticas complejas y a veces, muy peligrosas. La elección de los nuevos líderes obedecía a varios criterios, que se fueron combinando de acuerdo a las distintas culturas partidarias, así como a las circunstancias contextuales.

Así disponer de capital social, redes, conexiones, experiencia militante tanto como elementos del carácter o personalidad del militante constituyeron las principales consideraciones al momento de elegir liderazgos. La democracia no estaba en el horizonte partidario, aún cuando si en el discurso político general dado el contexto dictatorial.

Por ello, es necesario poner históricamente el tema de las prácticas de una coalición que durante 17 años institucionalizó formas de constituir liderazgos, que no pudo ser borrada rápidamente de la experiencia de los actores.

La práctica de la cooptación se combinó, en la segunda mitad de los 80, a través de la incorporación de ciertos liderazgos sociales que habían surgido a la par de un contexto en el que había una mayor apertura política. Así líderes de movimientos sindicales y estudiantiles pasaron a ser considerados parte de los cuadros visibles de los partidos. Sin embargo, su incorporación a las elites partidarias fue desigual y en muchos casos, se ha hablado de la generación perdida.

Si a esto  le sumamos la institucionalización de liderazgos políticos basados también en la importancia que tuvieron ciertos personajes en la academia, produciendo saber social y político, pero desvinculados de las bases sociales que soportaban el constructo partidario, la democracia como práctica en la constitución de líderes estuvo bastante ausente del campo de experiencia de la izquierda.

Esa vieja práctica, que hoy día se crítica arduamente por los nuevos cuadros de líderes de la Concertación (aunque es discutible el concepto de nuevos), formó parte de la historia del conglomerado y de la experiencia de muchos de sus líderes, que en otros contextos quizás no hubiesen llegado a disponer del capital político que detentaron en la transición.

Desconocer esto es enfrascarse en una negación inoportuna que quiere deshacerse de una historia. El desafío de la Concertación y de los sectores progresistas de la misma, es preguntarse cómo con ese campo de experiencia se construye un nuevo horizonte de expectativa.

El debate en torno a las ideas programáticas quizás de algunas pistas y a la luz de ello, la crítica se vuelve menos ahistórica y habrá más política para el futuro de la coalición.  Es difícil cambiar una experiencia, el desafío es sacar las lecciones al respecto. La historia de la Concertación tiene ese sello, lo central es debatir sus prácticas en nuevos contextos.

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