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Bailar en chileno

por 20 agosto 2010

Bailamos cumbia (mal), reggaetón (con pudor) y tecno (pendientes del otro), y, pese a una rigidez quizás congénita, lo hacemos con lo que parece ser un sincero entusiasmo. Al pop lo encarnamos con franca comodidad, y hasta podría atribuirse el abusado revival de los años ochenta sólo al gusto por saltar a la pista e intentar moverse con un poco más de prestancia que a los quince. El interés de Chile por la música de baile es innegable y cruza nuestra vida social, pero el pop grabado en el país ha sido inútilmente contenido y tímido. Pudiendo desatar un incendio, nuestros músicos jóvenes han elegido, casi siempre, apenas encender chispas.

Odisea, el nuevo disco de Álex Anwandter, se enlaza en una cadena de buen pop bailable hecho en Chile que lamentablemente añade muy pocos eslabones por década. En los setenta, la moda disco legó como el mejor homenaje en el país las grabaciones de Frecuencia Mod —un trío vocal femenino con asesoría de músicos de alto vuelo, como Guillermo Rifo—, y en la década siguiente el uso inteligente de los sintetizadores por parte de grupos como Aparato Raro, Upa o La Ley pareció afirmar un pulso bailable que Chile necesitaba dejar correr al fin sin prejuicios. Jorge González ha definido siempre a Los Prisioneros como un grupo pop («la idea era hacer mover la patita», según él), y ese amor sincero por el estribillo adherente, las estrofas ágiles y la síntesis terminó de confirmarse cuando el autor fue acomodándose a las máquinas y eligió desdeñar la boba exigencia de militancia rockera que le exigían muchos de sus fans. Corazones, el disco que Los Prisioneros editaron en 1990, fue un ejemplo continental para la integración de secuencias electrónicas y balada latinoamericana. Un disco que hizo bailable la pasión amorosa, que no le gustó a casi ningún periodista entonces con tribuna, y que ha crecido con los años hasta convertirse en el más influyente y querido de la banda sanmiguelina.

Álex Anwandter también viene de una banda dominada por la guitarra. Con Teleradio Donoso consiguió al menos dos temas de alta rotación radial, buenos comentarios y muchos menos shows de los que el grupo merecía. Ya en el disco Bailar y llorar (2008) esbozaba su fascinación por el pop más sofisticado de los años setenta (tipo Roxy Music) y los consejos de contorneo del soul (tipo Al Green). Como sucedió con Jorge González, el fin de su grupo le permitió desatar ese gusto ya sin restricciones. Odisea es un disco no sólo levantado casi exclusivamente con secuencias y máquinas (incluso las voces están muchas veces trabajadas con efectos; y es él quien compone, arregla y produce), sino que liberado de las estructuras rockeras. Cada tema avanza sin apuro (seis, siete u ocho minutos si es necesario), dejando que el flujo bailable vaya tomando fuerza, acompañe al auditor en un posible trance, y luego lo acomode sin traumas en el descenso. Así, cada tema concluye en un punto completamente diferente al del inicio. No es tecno, porque al santiaguino le interesa sobremanera la melodía (“Casa latina” o “Cabros” se tararean luego de una sola escucha) y también imprimir un sello autoral que, si no lo exhibe en sentimientos íntimos, al menos lo distingue como un compositor preocupado de su entorno. La agresividad de la ciudad en la que vive, la firmeza de los lazos de amistad, la confusión ante las reacciones ajenas se cantan con el cuidado de un aspirante a crooner: con imaginación, matices y capacidad simultánea de fuerza y sutileza.

Por eso, la pista de baile no es el único destino de este disco sorprendente y vivísimo. «Si nadie lo baila, sería un fracaso», dice, sin embargo, Anwandter. Habrá que advertir que para cualquier auditor con un puente entre oído y extremidades, eso sería casi imposible.

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