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Los mapuche, ese pueblo terrorista

por 20 agosto 2010

Los mapuche, a estas alturas, ya debieran haber entendido que nada sacan con huelgas de hambre, pues el país tiene otras prioridades: el terremoto, los cortes de luz, los exiliados cubanos.

Como algunos de ustedes sabrán, a pesar del silencio de los grandes medios de comunicación, una treintena de presos Mapuche están en huelga de hambre hace varias semanas.

Piden que no se les aplique la Ley Antiterrorista, porque evidentemente no son terroristas, pero esa actitud desafía la política pública que hemos construido para ellos.

Como el lector bien sabe, históricamente a los Mapuche los hemos torturado y tratado como animales, vejado a sus líderes religiosos, marcado con hierros, alcoholizado y, cuando los hemos tenido lo suficientemente diezmados, los encerramos en tierras pequeñas y pobres (en Arauco, dunas de arena) para procurar que ellos y sus familias mueran en la miseria.

Los mapuche, a estas alturas, ya debieran haber entendido que nada sacan con huelgas de hambre, pues el país tiene otras prioridades: el terremoto, los cortes de luz, los exiliados cubanos.

Y claro, como sociedad nos tranquiliza que desaparezcan discretamente, sin revueltas desagradables ni violencia de ningún tipo, pero si ella se produce ya hemos previsto el remedio: los meteremos en cintura invocando la ley y usando los largos brazos de la policía. No hay nada de qué preocuparse, porque el sistema político y jurídico está diseñado para esto.

En ese contexto, es deber de los Mapuche estar calmos y, si tienen demandas, les escucharemos civilizadamente en la CONADI, que es el Monopoly que les hemos inventado y donde pueden jugar a tener cuotas de poder.

Por ende, es extraño al sistema nacional que pueblos originarios aparezcan luchando por la reivindicación de derechos, tal como lo hacen los trabajadores portuarios, los mineros, los forestales y otros que hacen desmanes, pero la diferencia radica en que a los primeros les aplicaremos las leyes antiterroristas y, a los segundos, la legislación ordinaria.

Tomar esta decisión política tiene fines ejemplarizadores, y si usted no lo quiere creer así, acérquese a una sala de audiencia de la zona y muchas veces escuchará de boca de la Fiscalía, más que una argumentación jurídica, una alabanza a la trilogía Dios – Patria – Ley, que tan buenos dividendos reporta de cuando en cuando a posiciones fundamentalistas y que tan mal le hace al mundo.

Los mapuche, a estas alturas, ya debieran haber entendido que nada sacan con huelgas de hambre, pues el país tiene otras prioridades: el terremoto, los cortes de luz, los exiliados cubanos, etc. y por ende, deben saber esperar el tiempo que sea necesario.

Y en teoría este diseño funciona perfectamente: la pobreza a la que los hemos reducido debería tenerlos bajo una cúpula en que es difícil verlos, difícil escucharlos y donde nada relevante podrán hacer, porque carecen de los recursos necesarios para defenderse, aún cuando se estén muriendo.

Y como no los vemos y no los escuchamos, podemos decir de ellos lo que queramos: que son pobres porque no trabajan, que son alcohólicos, que son feos, que son hediondos, que son violentos, que son terroristas y que “no son verdaderos Mapuche ni les representan”, como les decía un Fiscal a cargo de los alegatos.

Y así lo repetiremos hasta el día en que cada niño Mapuche sienta vergüenza de sus tradiciones, de su cultura, y de su identidad.

De hecho, esto último ya lo hemos logrado, por lo que podemos proclamar con orgullo que hemos dado un paso decisivo hacia su anulación y a la solución de un conflicto social.

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