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In memoriam

por 23 agosto 2010

En el laberinto de estupendas idiosincrasias de la narrativa argentina en la segunda mitad del siglo veinte, uno de los escritores más originales y atendibles fue el novelista Rodolfo Fogwill. Lo sigo en pasado no porque su obra haya dejado de ser central, sino porque Fogwill ha muerto hoy, a los 69 años de edad.

Muchos rasgos de su literatura lo hacen ver afín a autores de generaciones posteriores a la suya: Fogwill tenía los ojos abiertos y los oídos afinados en las frecuencias del mundo pop; los asuntos propios de la juventud contemporánea aparecían en sus relatos a menudo; esa marca generacional que en la Argentina de los ochentas fue la guerra de las Malvinas tuvo su primera representación literaria magistral en una novela suya, Los pichiciegos.

Sociólogo de profesión, y por un tiempo considerable profesor de esa disciplina en la Universidad de Buenos Aires, Fogwill fue también un exitoso publicista. Si este fuera momento para ironías, recordaríamos una señal que lo distingue de muchos escritores más jóvenes: él, apenas pudo ejercer la literatura sin tener que desempeñar otros oficios, renunció a las agencias de publicidad para volverse un verdadero creador (y no un "creativo") a tiempo completo.

El cuento que le permitió empezar esa independencia, al ganar un concurso patricinado por Coca Cola (siguen las ironías), fue el célebre Muchacha punk, casi una novela corta, acaso la mejor demostración retrospectiva de que, después de todo, no era tan imposible tener más de una marca existencialista y al mismo tiempo desbordar sentido del humor.

Además de la divertidísima sintaxis anglo-hispana que es su característica más memorable, Muchacha punk tiene otro rasgo difícil de olvidar [spoiler alert]: ese momento en que el personaje-narrador confiesa que toda la historia es falsa, que todo es producto de su imaginación, que incluso "su" muchacha punk es un invento privado, y, sin embargo, la confesión no arruina la veracidad del relato, sino que le suma patetismo, hace toda la anécdota doblemente triste, doblemente dolorosa y, a la vez, doblemente cómica. Una suerte de "esto no es una pipa pero su humo me ha hinchado los pulmones".

Comencé a leer a Fogwill hace años por recomendación de Peter Elmore, en cuyas novelas más recientes es posible encontrar las huellas del argentino. Ojalá muchos otros escritores latinomaericanos lo descubrieran también y se dejaran invadir por él, por su fantasma.

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