Miércoles, 7 de diciembre de 2016Actualizado a las 13:08

Soy chileno soy

por Jorge Fábrega Lacoa, Escuela de Gobierno de Universidad Adolfo Ibáñez 23 agosto 2010

Señor Director:

Esa tarde del 22 de agosto del 2010, aquél cántico con el que los fanáticos del fútbol alientan a la selección chilena se propagó por pueblos y ciudades con un nuevo y profundo significado. No creo exagerar. Lo que sucedió aquella tarde fue genuina alegría nacional por algo distinto a un éxito deportivo ¡Los mineros atrapados en la mina San José estaban vivos!

Rápidamente, la alegría invadió por igual a todos. Las banderas chilenas empezaron a aparecer en ventanales, balcones y puertas de entrada. Las bocinas de los autos se repetían una tras otra en una sola y gran celebración. Plaza Italia, el lugar tradicional de las celebraciones en Santiago de Chile, fue invadida por una multitud contenta, esperanzada y orgullosa. Y no se trataba de fútbol.

Si los acontecimientos hubiesen acabado aquél día todo habría sido sólo una linda anécdota. Pero el largo proceso de rescate que vino después dejó una huella indeleble en la historia del país. Fue uno de esos raros hitos en los que se plasma y consolida la identidad de una nación. Tuvo todos los elementos: la minería (el sueldo de Chile), el heroísmo y garra minera, la larga espera, la solidaridad anónima de millones y esa frase que quedará para la eternidad “estamos bien en el refugio los 33″. En fin, todos los elementos que transforman un evento noticioso en un hecho histórico.

Los efectos políticos y sociales recién empezaron a asimilarse con el paso de los meses. Por un lado, la investigación sobre las causas del derrumbe puso a las condiciones laborales en la primera línea del debate nacional. Segundo, ahora que no era pura morbosidad, la prensa dio rienda suelta a su indagación en la vida de los mineros y sus familias (al punto que se hicieron comunes sus aparaciones en programas estelares de televisión). Tercero, la expectativa de un rescate difícil pero inminente mantuvo a la población nacional atenta, vigilante y opinante. Y la clase política tuvo que reaccionar.

En aquella trama estuvo la semilla desde la cual germinó un consenso político-social nacional que destrabó importantes reformas legislativas sobre una máxima simple pero inédita en la historia de Chile: el crecimiento económico no podía seguir sosteniéndose a costa del desarrollo y dignidad de importantes segmentos de la población.

Por último, con el paso de los años, sobre aquella epopeya se construyeron relatos de patriotismo y orgullo que contribuyeron a formar la particular identidad nacional (optimista y meritocrática) que caracterizan hoy a los chilenos de mediados del siglo XXI.

Jorge Fábrega Lacoa
Escuela de Gobierno
Universidad Adolfo Ibáñez

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