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Huáscar: un trofeo escurridizo

por 27 agosto 2010

Huáscar: un trofeo escurridizo
Las guerras tienen facetas simbólicas no sólo durante su ejecución, sino también de tipo ex post, reflejadas en los trofeos de las mismas. Trofeos que se materializan en el apoderamiento (saqueo o robo, si se quiere) de objetos de uso diverso, tanto militar como civil, o bien simplemente de piezas culturales de alto significado.

Tal cual ocurre cada cierto tiempo,  vivimos una suerte de apogeo de propuestas respecto al Huáscar. Lo curioso en este nuevo ciclo es que no sólo se escuchan las letanías de dejar de lado la “melancolía nacionalista”, y devolverlo sin más, o las ya consabidas propuestas de retenerlo “a cualquier precio, para no dar señales equívocas”. En esta oportunidad se han hecho presente otras iniciativas, algo fuera de lo común. Que sea hundido, que se le saque la mugre (sic) a quienes desean devolverlo a Lima, que la parte peruana reflote la Esmeralda y otras.

Resulta interesante apreciar en esto una relativa incapacidad de entender qué simboliza realmente el Huáscar. Porque debemos concordar que no estamos ni ante un monitor ni un blindado, sino ante un símbolo.

Una primera constatación que parece necesaria, es comprender que las guerras tienen facetas simbólicas no sólo durante su ejecución, sino también de tipo ex post, reflejadas en los trofeos de las mismas. Trofeos que se materializan en el apoderamiento (saqueo o robo, si se quiere) de objetos de uso diverso, tanto militar como civil, o bien simplemente de piezas culturales de alto significado. Por eso, Napoleón no sólo fue un gran conductor bélico, sino que también un gran organizador de acciones para obtener trofeos en territorios que hoy corresponden a Alemania, Italia, Holanda y Egipto. Y tuvo especial predilección por piezas culturales. Igual predilección se observó a lo largo del siglo XX. Tanto nazis como soviéticos tuvieron en sus respectivos ejércitos unidades especialmente adiestradas para apoderarse de tales trofeos.

Tampoco debe olvidarse que el Huáscar también sirvió en la Armada chilena hasta 1897 y, tras cumplir un período como “reliquia histórica”, se le dio desde comienzos de los 50 categoría “museográfica” de alto nivel (reconocida internacionalmente), muy útil, no sólo para generaciones de chilenos.

Así entonces, tres unidades nazis (Rosenberg, Künsberg y Ahnenerbe), formaron parte de la llamada Kunstschutztruppe, bajo directa supervisión de Heinrich Himmler, se dedicaron a saquear bibliotecas, castillos, museos y colecciones privadas de arte, libros, joyas, archivos históricos, incunables y todo cuanto considerasen de interés, llevándoselos a territorio alemán. Famosa es la orden dada por el propio Hitler el 30 de junio de 1940 de apoderarse de todo tipo de bienes culturales en el ocupado Paris. Y, desde luego que fuera de toda duda, el mayor trofeo de la gran guerra fue la cámara de ámbar (regalo de Federico I al zar Pedro el Grande) saqueada por los nazis en el palacio de Catalina durante el sitio del entonces Leningrado.

No menos impetuosas fueron las “comisiones de trofeo”, bajo mando directo del estado mayor del ejército rojo de la URSS, que se apoderaron de todo cuanto encontraron de valor en su paso hacia Berlin, llevándoselo a Moscú. El mayor trofeo de los saqueos soviéticos fue la colección Schliemann, conocida como el Oro de Troya, que, por orden directa de Stalin, fue llevada en aviones especiales a Moscú, y mantenida por décadas en el museo Puschkin.  No en vano, el Tratado URSS-Alemania de 1990, que implicó una serie de arreglos geopolíticos en Europa, contempló acápites especiales para ver la situación jurídica de estos trofeos.

Desde hace algunas décadas se observa una tendencia global a poner acento en la supuesta necesidad moral que habría de devolver a los perdedores todo trofeo obtenido en conflictos armados. No deja de ser curioso constatar, que esta propuesta política surgió originalmente de un dictador africano, Mobutu Sese Seko, Presidente del entonces Zaire, el mismo que al igual que otros sátrapas africanos, fue acusado de canibalismo, tras su muerte. Sese Seko intervino ante la Asamblea General de la ONU en septiembre de 1973, reclamando como “derecho de los países del Tercer Mundo, la devolución de todo objeto robado durante el colonialismo y las guerras imperialistas”. Desde entonces, casi por un problema de remordimiento de conciencia, el tema comenzó a ser agendado por la UNESCO y cuanto organismo internacional quisiera aparecer a la “vanguardia de los derechos de los pueblos”. A inicios de los 80, Melina Mercouri, la actriz que asumió como ministra de Cultura del socialista Andreas Papandreu en Grecia, instaló con fuerza el tema de la devolución de grandes trofeos en el debate europeo, exigiendo al British Museum la devolución de todo cuanto oliera a civilización helénica. David Wilson, entonces director del British Museum le respondió algo que aún suena en esos pasillos: “Los países serios no pensamos en tales cosas”.

Y claro, los trofeos son elementos simbólicos cuya carga histórica no se entiende mediante simples declamaciones. Representan momentos extremos, de tan alto dramatismo, como es cualquier conflicto armado, que, independientemente del juicio que se tenga sobre los mismos, la pregunta real a hacerse, ante cada caso de reclamo, es a qué propósito político responde la iniciativa de devolver algún trofeo específico.

Una breve reseña de devoluciones indica que ninguna escapa al obvio principio quid pro quo; es decir, ¿qué se recibe a cambio? Restituir un trofeo debe situarse en un contexto político y jurídico. Proponer otra cosa es pensar –con una buena dosis de idealismo- que la historia puede ser enmendada de manera fácil, mediante un simple acto voluntarista o un decreto administrativo.

La restitución a los perdedores, de aquellos bienes obtenidos en guerras, es algo sumamente complejo, y, por eso, enturbia hasta hoy la relación entre varios países europeos (Rusia-Alemania, Polonia-Alemania, Polonia-Ucrania y otros).

Aún más, el valor simbólico de los trofeos lo han asumido incluso grupos terroristas. Un caso notable fue la sustracción de la espada de Bolívar de su casa museo en Bogotá en enero de 1974 por parte de un comando del M-19, que se inspiró en el robo de la bandera de Artigas por parte de un comando tupamaro, ocurrido previamente. La espada de Bolívar inició un periplo no menos simbólico; fue guardada por largo tiempo en un prostíbulo de Bogotá y luego llevada a casas de varios intelectuales simpatizantes del grupo para ser trasladada más tarde a Cuba. Desde ahí, el dirigente Antonio Navarro Wolff la llevó a Bogotá y la devolvió al Estado colombiano en 1991, como símbolo político del abandono de las acciones armadas. No la devolvió ni como gesto personal ni como regalo de un grupo de arrepentidos.

En situaciones de paz ocurre algo similar. Howard Carter descubrió la tumba de Tutankamón y Heinrich Schliemman hizo las primeras grandes excavaciones de Troya. Los resultados de ambas expediciones científicas se exhiben hoy fuera de los territorios desde donde fueron extraídos y cada cierto tiempo surgen voces reclamando la restitución a “sus legítimos dueños”. Claro, se puede discutir quiénes tendrían más derechos sobre tales objetos, pero pocas dudan caben que, si no hubiese sido por ellos, tales objetos podrían estar todavía enterrados o bien pasando de mano en mano en el mercado negro. Ni soñar con verlos en los museos de categoría como hoy están.

El tema del Huáscar no es distinto. Es un trofeo de guerra con alta carga simbólica, y debe ser tratado como tal. La experiencia de otras situaciones extremas y dramáticas indica que, en este caso, debe haber motivaciones muy fundamentales, con gran elaboración política y jurídica, para pensar en un cambio de destino. Tampoco debe olvidarse que el Huáscar también sirvió en la Armada chilena hasta 1897 y, tras cumplir un período como “reliquia histórica”, se le dio desde comienzos de los 50 categoría “museográfica” de alto nivel (reconocida internacionalmente), muy útil, no sólo para generaciones de chilenos. De manera, que, guardando las proporciones, es una pieza dotada de un cierto halo carteriano o schliemanniano.

Por cierto que cabe preguntarse bajo qué condiciones sería pensable llegar a un acuerdo con Perú para darle a este trofeo un sentido binacional efectivo. Eso respondería más genuinamente a un espíritu constructivo entre los dos países y, además, se estaría en concordancia con la tendencia global de examinar con afán cooperativo aquellos elementos simbólicos que han sido parte de los conflictos armados.

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