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Literatura femenina: ¿Cuál es el siguiente paso?

por 27 agosto 2010

Hace un millón de años, cuando cada uno de nosotros tenía una página de comentarios de libros en Somos, Rocío Silva Santisteban y yo entramos en un pequeño nudo gordiano de reproches en torno al término "literatura femenina". Baste decir que yo era el conservador y ella la progresista en el tema y que en este momento yo no defendería mis posturas de entonces, al menos no enteramente ni con tanta seguridad.

Una de mis ideas, la única que recuerdo claramente, era que mientras no se investigaran los límites de lo que se sigue llamando "literatura femenina", referirse a ella siguiendo sólo el principio genérico de que la forman los libros escritos por mujeres, era paradójicamente arbitrario: la existencia de un grupo no garantiza la existencia de una literatura que se circunscriba a ese grupo. "Hay zurdos, pero no hay literatura zurda", creo haber dicho.

Ok, no tienen que lanzar todas sus piedras al mismo tiempo: esa es una frase torpe que no repetiría hoy sin las comillas. Hay sin duda reincidencias temáticas que recurren en cierta literatura escrita por mujeres y que no suelen ser centrales en la escritura de los hombres, y eso se debe a que los espacios y las jerarquías ocupadas por unas y otros en la sociedad son diferentes, como son tradicionalmente distintas (cada vez un poco menos) sus posiciones en la estructura de la familia, en la división del trabajo, etc.

Ciertas intuiciones mías de entonces las sigo considerando válidas, sin embargo. Creo, por ejemplo, que gran parte de la narrativa escrita por mujeres en América Latina hereda y reelabora temas, formas y visiones del mundo que pocos autores han desarrollado y difundido tanto como Gabriel García Márquez. Se pueden hallar antes en escritoras de la región, como Teresa de la Parra, por ejemplo, pero creo que es más defendible la idea de que autoras como Isabel Allende o Laura Esquivel provienen del colombiano mucho más que de la venezolana.

Eso no es una usurpación ilegítima: de hecho, un estudio necesario en la crítica latinoamericanista es, precisamente, el de cómo ha influido la visión de la familia, la mujer, la casa y las relaciones de género de la narrativa de García Márquez en autoras que se consideran centrales en nuestra narrativa femenina: ¿hasta qué punto, jugando sobre el molde del realismo mágico garciamarquesco, reproducen con él una figuración de lo femenino que proviene de un universo ficcional no sólo masculino sino acaso machista?

Un problema mayor del concepto de "literatura femenina" es que se delimita escasamente y no filtra casi nada: especies literarias en extremo disímiles, visiones ideológicas contrapuestas, tendencias políticas diferentes, afirmaciones y exclusiones culturales de diverso grado, obras que, desprevenidos sobre el género de la autora, nunca imaginaríamos como parte de un mismo corpus, van a parar dentro de una categoría que se hace, entonces, inmensa y muy porosa.

Y ponerle límites no siempre parece más productivo, para colmo de males: ¿es el conservadurismo anti-feminista de una cierta escritora menos "femenino" que el feminismo militante y progresista de otra? ¿Por qué no considerar igualmente las obras que critican el status quo de la mujer y aquellas que se muestran más bien reaccionarias ante esa crítica? Porque, si descarto a estas últimas, ¿no estoy pintando una imagen decididamente parcial de la "literatura femenina"?

De hecho, la crítica suele hacer esto: revisar el canon de la "literatura femenina" latinoamericana lo deja a uno con la impresión de que todas y cada una de las mujeres escritoras de la región han sido, de una manera u otra, progresistas, feministas y posiblemente también decididas socialistas (hasta las hermanas Ocampo).

Frente a ello, claro, la "otra" literatura exhibe todas las máculas del chauvinismo, el conservadurismo y la reacción: críticos y críticas se aputan a disputar quién acusa más rápidamente a Vargas Llosa de machista, a Paz de falocéntrico, a Fuentes de ser un charro de pistolones y a García Márquez de pedofilia galopante. (Digámoslo también: este último ha hecho muy poco por evadir ese golpe en años recientes).

Un aparte: en Estados Unidos, ya fuera del campo de lo latinoamericano, la etiqueta "women's fiction" se usa para referirse a esos libros que cabalgan entre la semi-novela autobriográfica, el relato de auto-ayuda y la columna de consejos sentimentales, libros que venden cifras exorbitantes e invariablemente ocupan, al salir, los primeros puestos de todos los ránkings de diarios y revistas, empezando por el del New York Times.

En estos días, una polémica bastante artificial ha estallado en torno a esa literatura, una polémica que tiene como involuntario (y silencioso) protagonista a Jonathan Franzen, cuya más reciente novela, Freedom, acaba de aparecer. Resulta que el libro de Franzen y su autor han estado de carátula en carátula en las revistas y los suplementos literarios, y el New York Times lo ha reseñado no una sino dos veces. Millonarias escritoras de "women's fiction", cuyos libros se venden en cantidades abismalmente superiores a las cifras de una novela de Franzen, como Jodi Picoult y Jennifer Weiner, han opinado cáusticamente sobre el tema, aporreando a los críticos americanos por no hacerles caso a sus libros, mucho más populares que cualquiera de las obras de sus niños mimados.

En algún caso, estas escritoras han esgrimido la carta del género y el sexismo como explicación. En otros, han señalado solamente que la crítica ignora a la literatura popular en general, sea de hombres o de mujeres. Como es evidente, en ningún caso han mencionado esa verdad, gigante como un dinosaurio, que uno sabe a ciencia cierta: cualquier página de Franzen es un trillón de veces más atendible que los veintiocho libros que ellas dos han publicado en suma a lo largo de sus carreras paralelas.

Obviamente, no estoy diciendo que lo que en Estados Unidos llaman "women's fiction" sea lo que en América Latina llaman "literatura femenina". Pero no deja de ser curioso un dato del que podríamos tomar nota: ni Picoult ni Wiener observan que la crítica que las olvida a ellas y prefiere a autores como Franzen, no trata a Franzen mucho mejor de lo que trata hoy mismo a Cynthia Ozik, a Alice Munro o a Toni Morrison, y que en el pasado celebró incluso más efusivamente a Carson McCullers, Flannery O'Connor o Susan Sontag (quien, más aun, se volvió uno de los centros de gravedad de la misma institución de la crítica americana).

¿Por qué estas últimas escritoras no son víctimas de ese aparente menosprecio crítico? Sin duda, no es que sean hombres enmascarados; tampoco es que sus libros sean menos "femeninos". ¿Seré demasiado inocente si digo que se debe a que, en la mayoría de los casos, los textos de esas escritoras son extraordinarios mientras los de Picoult o Wiener son una desgracia notoriamente cabezahueca?

La "literatura femenina" latinoamericana es literatura hecha por mujeres, desde un punto de vista en que lo femenino (permítanme la imprecisión) es distinguible de alguna manera. La "women's fiction" norteamericana es literatura hecha para ser consumida por ciertas mujeres; las mismas que se avalanchan sobre el People cada semana. Es un producto que se define por el grupo lector, como casi cualquier literatura estrictamente comercial (de la misma manera en que cualquier producto comercial se distingue por su potencial consumidor). Algo así como esas novelitas seriales de guerra en los años cincuentas y sesentas, que eran hechas para el lector hombre de la guerra fría, adulando su masculinidad o inventándola, y no abrigaban esperanza alguna de que una mujer se aficionara a ellas.

(Ok, no sólo en esa época: todavía existen. Hay Sex and the City pero también hay más de un "Phallus and the Battlefield". Y antes de que nos vayamos por la rama más frágil: sí, en cualquier género, hipotéticamente, puede aparecer una obra maestra. Es sólo que en la realidad no ha sucedido, ni en esas novelistas bélicas ni en la "women's fiction").

Es bastante posible que la etiqueta "literatura femenina" haya dado ya todo lo que puede ofrecer en términos críticos. Sirvió para visibilizar una presencia, para hacer notar que había un fenómeno, el del crecimiento de una familia de ficciones, poemas, obras teatrales, que señalaban desde la perspectiva de diversas autoras mujeres, un grupo de asuntos, sensibilidades y aproximaciones que habían sido pasados por alto previamente. Así como la "affirmative action" americana sirvió para establecer la necesidad de una modificación radical en diversos terrenos de las relaciones sociales en Estados Unidos, y quizá ahora debería modificarse en otras direcciones; así, quizá, ya es momento de dar un paso adelante del escalón de la "literatura femenina" y pensarla como una serie de tradiciones muy diversas dentro del árbol o la arboleda general de las tradiciones literarias, y valorar cada una con los parámetros de los que la crítica dispone para valorar cualquier otra tradición, incluyendo, por supuesto, los estudios de género.

¿Por qué hacer eso? Mi respuesta es solo una impresión: la impresión de que "literatura femenina" y términos similares son categorías a las que el mercado y la academia ya les dieron la vuelta y las colgaron a secar a la intemperie, con todos los pequeños ultrajes del tiempo que un objeto en esa situación puede sufrir. Hoy, literatura de pobrísima calidad, hecha con la espectativa menos igualitaria y liberadora que quepa esperar (la de fijar a una gran parte de la lectoría femenina en un escaño distinto de aquel donde están quienes leen "en serio"), literatura, en fin, que no tiene de literaria otra cosa que el hecho de imprimirse en libros, se vende y se justifica e incluso se estudia bajo la mentirosa bandera de la reivindicación de lo femenino.

No sé ustedes, pero yo preferiría que escritoras como Armonía Somers, Blanca Varela, Luisa Valenzuela o Diamela Eltit tuvieran mayor centralidad pública entre las escritoras mujeres de América Latina, en lugar de fraudes engorrosos como Laura Esquivel, cuyo embarazoso remedo de feminidad consiste en tener el nivel intelectual de un horóscopo de Vanidades, o Isabel Allende, cuyo mayor mérito literario es el de haber asesinado al realismo mágico con un solo bocado de almendras malogradas.

No digo nada especial: en cualquier terreno, en cualquier género, en cualquier especie literaria, en cualquier época, la labor primera de la crítica es separar la paja del grano y señalar lo trivial con nombre propio: también dentro del corpus de la "literatura femenina" hay que subrayar que así como mucho es brillante, mucho es pésimo y mucho es sólo mediano, y la tácita "affirmative action" de la crítica ya no puede seguir jugando a creer que todo en esa esfera es igualmente interesante o digno de atención. Antes de que "literatura femenina" se vuelva la tapadera de nuestra propia "women's fiction", cosa que sólo podría perjudicar a las muchas excelentes escritoras de hoy en América Latina.

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