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Que los 33 no sean como los 355 del humo

por 28 agosto 2010

Todos somos responsables si Copiapó no termina bien. Así lo siento. Las advertencias allá fueron claras, como lo fueron los reclamos sindicales no oídos de 1945.

El milagro aún no consumado de los 33 encerrados vivos en la mina de  Copiapó, nos recordó a quienes tenemos abuelo y padre minero, la historia de los 355 que murieron en junio de 1945 en Sewell: la tragedia del Humo,  que se inició en la última galería de El Teniente por el incendio de huaipes y materiales, matando a casi todo el turno de una mina regentada sin sistemas autónomos de ventilación ni señalizaciones de emergencia, ni alarmas, ni detectores, ni nada.

El humo los fue matando y el horror se apoderó de Sewell y Rancagua, que vio nacer un mar de cruces blancas en el Cementerio Dos y una población nueva cerca de su Alameda, llamada “Las Viudas”.

Neruda, senador a la época, iracundo pidió el martillo de Stalin para castigar la omisión criminal, recordando que con los muertos una parte de Chile fenecía:

Sánchez, Reyes, Ramírez, Núñez, Álvarez,

Estos nombres son como los cimientos de Chile

Si los dejamos morir, la patria va  cayendo,

Desangrándose hasta quedar vacía.

Alfredo Jocelyn-Holt aventuraba que la muerte en Copiapó cambiaría el eje del Bicentenario incluso más que el terremoto. Es probable. No sabemos. Se pensó que con la Tragedia del Humo nada volvería a ser igual, y así  ha sido parcialmente. Los americanos trajeron al experto en seguridad Stanley Jarret y mejoraron las condiciones, pero no del todo.

Todos somos responsables si Copiapó no termina bien. Así lo siento.  Las advertencias allá fueron claras, como lo fueron los reclamos sindicales no oídos de 1945.

Sewell siguió siendo una zona insegura, murieron nuevos mineros en avalanchas, hasta que los gobiernos de Frei y Allende, con el cobre chilenizado y nacionalizado implementaron la instalación de las familias en Rancagua, llamado “Plan Valle”.  Pero la Mina ha seguido causando muertes hasta hoy, pero con menor magnitud, en una ontología trágica que no sabemos inevitable. Lo que sí sabemos es que cada vez que se plantea aumentar las regulaciones y fiscalizaciones en cualquier ámbito (pesticidas, abusos laborales), la derecha que hoy gobierna mostraba sus reparos anti-Estado, abogando por la auto regulación de las empresas. Parece evidente que hay un Estado “básico” que no requiere discusión; ojalá más allá de lo mediático estén los votos esta vez para fortalecer la fiscalización en el ámbito minero.

El Estado tampoco ha sido consecuente. Los sindicatos mineros de contratistas tuvieron que pelear con fuerza el derecho en la última década a tener los mismos trajes, zapatos y vehículos para transportarse en la minería de CODELCO.  Incluso, nos tocó desde los noventas que CODELCO haya repoblado Sewell en la época de la dictadura con contratistas que allí pernoctaban con los humos tóxicos de Caletones. Eso ya es el pasado. Al menos en seguridad, la estatal parece entender que no caben dos clases, gethos, discriminaciones. Pero no lo sabemos del todo, nunca se sabe, la minería es un inframundo de secretos, de cuerpos que se torturan por ganar más, de muertes que se traga el cerro.

El poeta minero, Walter Pineda, que 1989 escribió una completa investigación sobre la Tragedia del Humo, recuerda en su poema a Estanislao (el pirquinero pionero de El Teniente),  la convivencia con la muerte, ese fantasma que nos recuerdan los mineros de Copiapó aún allí, bajo las piedras:

Muchos de nosotros aquí fueron quedando,

En el fondo desolado de la mina,

En el universo vertical de los piques,

En el beso agotador de las buitras…

¡355 veces se nos murió el corazón¡

Todos somos responsables si Copiapó no termina bien. Así lo siento.  Las advertencias allá fueron claras, como lo fueron los reclamos sindicales no oídos de 1945. En Rancagua hay un cementerio, hay un sindicato (Sewell y Minas) que cada 19 de junio recuerda a los suyos,  un monumento que el municipio democrático encargó a Germán Ruiz, un documental con la voz de las viudas que hizo Rodrigo Troncoso, un mural que estremece de Claudio Goycolea en Sewell, donde el humo silencioso fue genocida como las bombas sobre el pueblo de Guernica que pintó Picasso. Memoria viva que no queremos repetir, a la espera de que siga el milagro de Copiapó y que el poder haga lo que tenga que hacer, sin miedo.

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