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Bicentenario de América Latina

por 2 septiembre 2010

La celebración del bicentenario de su independencia encuentra a América Latina frente a una encrucijada que la puede constituir en una actriz soberana del mundo del siglo 21, al tiempo que culmina su transformación en una sociedad moderna e integrada. Sin embargo, ello puede frustrarse y verse arrastrada hacia los graves peligros que también acechan. La política será el espacio donde se definirá si está a la altura de este desafío.

Aparece como una grande y vigorosa región emergente que aún no termina de encontrar su identidad. Se encuentra todavía en plena transición. Muchos continúan viviendo en el campo o pequeñas aldeas, sin embargo, desde hace ya algunas décadas, los que se han mudado constituyen mayoría. Cada mañana, antes de despuntar el sol, centenares de millones descienden a metros atestados o abordan ruidosos microbuses en el tráfico infernal de las bullentes, vitales, contaminadas y gigantescas ciudades de la región, rumbo a sus precarios empleos, generalmente en empresas privadas medianas o pequeñas u ocupaciones que desempeñan por su propia cuenta.

La identidad de América Latina se pintará del colorido de los pueblos que la conformaron históricamente, cuyas músculos y nervios proporcionan la energía vital de su presente emergente. Los Americanos Originarios brindarán su sello original a la auténtica modernidad americana cuando ésta se despliegue en todo su esplendor. La lenta y persistente inmigración popular desde la Península Ibérica a lo largo de cinco siglos, presente en el mestizaje que caracteriza a la gran mayoría de la población, proporciona la argamasa que amalgama a todos los pueblos de la región. Más de la mitad de los esclavos importados de África a lo largo de cuatro siglos desembarcó en la región, incluyendo más de un 40 por ciento del total que arribó sólo al Brasil. El arribo multitudinario a los puertos de América hacia fines del siglo 19 y principios del siglo 20, un rebote ultramarino de la migración campesina que sólo en la lejana Europa cursaba masivamente por entonces, conformó la primera expresión de la modernidad en América Latina, concentrada principalmente en los márgenes del Río de la Plata.

Un segmento minoritario se dio maña para auto constituirse en los señorialismos transplantados que sustituyeron a los que regían los antiguos imperios americanos y también aquellos otros, más modestos, que surgieron en sus yermos márgenes. Originaron una estructura social segregada que sólo encuentra su símil en la Sudáfrica del Apartheid. Allí donde no logró ser aventada por las revoluciones populares y el desarrollismo estatal, esta costra constituye todavía la principal traba a la emergencia potente de la región. Es el pecado original de América Latina.

El Estado ha liderado todas las transiciones a la modernidad registradas en la historia y su papel ha ido creciendo en importancia de manera sucesiva. Aquellos surgidos en la periferia durante el siglo XX no sólo regularon y protegieron los mercados que crearon al interior de sus espacios soberanos, como habían hecho antes en Europa, sino asumieron adicionalmente la responsabilidad de traer a sus territorios las grandes obras de progreso que la moderna sociedad ya había prohijado. A falta de los actores de la sociedad civil que las habían generado en los países pioneros, se vieron forzados a construirlas directamente.

Al mismo tiempo, fueron lúcidos acerca de la necesidad de engendrar dichos actores. Especialmente, acompañar la transformación del campesinado en una fuerza de trabajo predominantemente urbana y en cualquier caso liberada de las ataduras de la sociedad agraria tradicional, razonablemente sana y educada. La prohijaron con pasión, mediante la creación de amplios sistemas de salud y educación pública y reformas agrarias más o menos profundas, entre muchas otras medidas de transformación social de gran impacto masivo.

La burocracia, civil y militar, fue un actor determinante en el núcleo que desde el nuevo Estado dirigió estos procesos, confrontando en todos lados, de manera más o menos violenta, a las viejas oligarquías agrarias.

En todas partes, además, el Estado desarrollista prohijó las burguesías nacionales. En la mayoría de los países formaron parte de la alianza desarrollista desde sus inicios, pero aún allí donde estuvieron ausentes por tomar el partido de los viejas oligarquías en el curso de las revoluciones que los conformaron, la propia burocracia engendró la burguesía hacia finales del siglo.

A partir de los años 1920, una sucesión de gobiernos muy diferentes, nacidos de revoluciones civiles y militares sobre el trasfondo de una extendida agitación popular, autoritarios y democráticos, de izquierda, centro y derecha, dan forma al Estado desarrollista en diversos países. Fueron ciertamente muy distintos unos de otros, sin embargo, mantienen cierta una línea común todos ellos. La primera experiencia desarrollista latinoamericana culmina hacia los años 1970 y 1980 y sus logros son bien extraordinarios. Varios países, incluido Chile, habían construido todas sus instituciones básicas y una infraestructura económica de bastante significación, aparte de sistemas de salud, educación y previsión públicos con una coberturas considerables. La sociedad se democratizó profundamente, la participación de los asalariados en el ingreso nacional se multiplicó, se nacionalizaron las riquezas básicas y la servidumbre agraria fue aventada para siempre, junto a la vieja oligarquía.

Hacia fines del siglo y una vez que el Estado Desarrollista había cumplido en lo fundamental y exitosamente su tarea histórica de sentar las bases económicas y sociales para ello, uno tras otro alrededor del mundo subdesarrollado, los países que lo habían construido giraron hacia una nueva estrategia que privilegió las economías de mercado. Sin embargo, al igual como sus formas anteriores fueron muy variadas, dicho giro asumió asimismo las más diversas modalidades, según las circunstancias históricas de cada país. Sus versiones más distorsionadas se conocieron como el “Consenso de Washington.”

En algunos países fue impulsado desde el mismo Estado Desarrollista, de modo más o menos ordenado, con cambios más o menos significativos en el régimen político. En otros, en cambio, coincidió con cambios políticos radicales que resultaron a veces en trastornos económicos y sociales generales, más o menos destructivos. En casos extremos, tuvo entre sus consecuencias un desmantelamiento generalizado del Estado, golpes militares ultraderechistas, desmembramiento de naciones, guerras civiles y genocidios.

En las últimas décadas del siglo, dos circunstancias históricas contribuyeron para que el giro adquiriese rasgos negativos: la Guerra Fría y el largo auge económico liderado por el sector financiero en los países desarrollados a partir de los años 1980 y hasta la Gran Recesión iniciada el 2007, que prohijó la llamada ola Neoliberal que extendió su influencia por todo el mundo.

La dictadura chilena aplicó tempranamente un programa Neoliberal radical, que configuró una de las versiones más destructivas del giro al mercado que otros gobiernos desarrollistas habían efectuado antes y otros después, sin traumas mayores. Una versión de esta naturaleza no se repetiría sino hasta varios años más tarde, principalmente en Rusia y los demás países afectados por el derrumbe del llamado “socialismo real.”

La Gran Recesión de los años 2000 cambió todo lo anterior, al debilitar la fracción financiera del capital en los países más desarrollados. Asimismo, ante la evidencia de su fracaso conceptual y especialmente, al perder este respaldo, las corrientes Neoliberales han retrocedido, aunque mantienen una influencia considerable.
A partir de 1999, una serie de países latinoamericanos viene eligiendo gobiernos que representan cambio de dirección sin ambigüedad, que se apartó de las tendencias Neoliberales. Los trazos gruesos del nuevo desarrollismo latinoamericano emergente, empiezan por la reafirmación del rol del Estado como actor central de la nueva estrategia, que se basa en políticas soberanas respecto a los recursos naturales, protección e impulso de la industrialización y una clara orientación hacia políticas sociales universales, todo ello en el marco del impulso a la integración regional y manifestando un fuerte compromiso con el respeto a los Derechos Humanos y las formas democráticas de gobierno.

Manteniendo estos rasgos comunes, los diferentes gobiernos los adecuan y complementan sus estrategias individuales con otros aspectos que surgen de las realidades y problemas bien diferentes que deben enfrentar.

La solución del denominado problema agrario continúa siendo uno de los asuntos principales en la mayor parte de América Latina. Los nuevos gobiernos desarrollistas Latinoamericanos han procedido a recuperar en mayor o menor medida los recursos naturales privatizados durante la ola Neoliberal. Se han propuesto restablecer la responsabilidad del Estado en cuanto a proveer a la población en general con servicios públicos gratuitos y de buena calidad.

América Latina enfrenta el imperativo de constituirse en un mercado cuyas dimensiones están determinadas por los jóvenes gigantes del mundo emergente. Ello crean condiciones para que el llamado “Sueño de Bolívar” termine por construirse más de dos siglos después y poderosos actores están empujando en esa dirección.
Los mercados modernos, entendidos como espacios de libre circulación de dinero, mercancías y personas, sólo han funcionado históricamente en el marco de territorios protegidos y regulados por los Estados nacionales. De este modo se insertan en el comercio internacional, el que se expande y contrae al ritmo de los grandes ciclos económicos seculares. La única experiencia histórica de un mercado supra-nacional es la Unión Europea, que no es otra cosa que la creación colectiva por parte de un conjunto de países vecinos, de instituciones estatales supranacionales que regulan y protegen la libre circulación estable sobre un territorio más amplio sobre el cual ejercen soberanía compartida.

América Latina ha venido avanzando en su propia integración a lo largo de mas de medio siglo, con logros importantes bajo el impulso de los gobiernos desarrollistas del siglo XX, retrocesos y estancamiento durante las décadas de predominio Neoliberal y un renovado impulso por parte del nuevo desarrollismo en años recientes.
Entre los principales actores que están empujando el proceso se destacan las burocracias estatales con una visión estratégica, particularmente los estados mayores militares y servicios exteriores. Puede resultar determinante el empresariado regional que concentra en los países vecinos casi todas sus crecientes inversiones en el extranjero. El obstáculo principal de la integración latinoamericana es la gran potencia de más al norte, cuya enorme masa ejerce una fuerte atracción gravitacional sobre los países de la región atrayéndolos a su órbita, lo que se agrava con su estrategia explícita al respecto.

América Latina en su conjunto representa una economía casi tres veces mayor que la de India y de la misma magnitud que la de China, a la cual superaba hasta el 2007. Sin embargo, casi nadie se refiere a la región como una potencia emergente, puesto que dicha calificación se reserva con justicia a aquellas que han logrado conformar estados soberanos o han avanzado considerablemente en esa dirección mediante procesos de integración. Solamente Brasil ha merecido ser incorporado a la categoría de “BRIC,” como socio menor junto a Rusia. De este modo, la perspectiva de la región y los países que la conforman se definirá en lo fundamental en el ámbito de las instituciones estatales y en el espacio de la política. Es allí donde reside el gran desafío del bicentenario.

El avance de América Latina en su naciente estrategia desarrollista del siglo XXI se logrará en la medida que sea posible recomponer de modo estable una alianza social y política como la que impulsó de modo más o menos consistente el desarrollismo del siglo XX. Estos mismos actores conforman la alianza que sostiene el nuevo desarrollismo en varios países que deben enfrentar recién hoy los principales problemas que otros resolvieron el siglo pasado. Varios de ellos son países andinos, donde el campesinado está conformado principalmente por los pueblos originarios, lo que introduce un factor que enriquece extraordinariamente y a la vez hace más complejo todo el proceso.

En otros países, en cambio, el nuevo desarrollismo se apoya principalmente en los actores sociales nuevos que han emergido de todo el proceso anterior: muy especialmente, en las inmensas masas de trabajadores urbanos de empleos precarios, así como el empresariado emergente. La nuevamente fortalecida burocracia, especialmente sus ramas civiles pero también los militares, probablemente jugarán otra vez un rol de significación.

El destino del nuevo desarrollismo latinoamericano va a depender en gran medida de la manera en que este nuevo actor popular y sus expresiones políticas en los distintos países, especialmente los más desarrollados, sean capaces de encabezar las grandes coaliciones sociales y políticas que se requieren para realizar estas tareas.

Por el bien de todos, más vale que estén a la altura de los desafíos. Si fracasan, los peligros que acechan a la región en el momento presente son al menos tan grandes como las oportunidades que se abren. La historia europea del siglo XX ha enseñado a la humanidad que la transición a la modernidad, como toda adolescencia, es un período no sólo creativo sino también peligroso. Produjo las maravillas que deslumbraron al mundo y al mismo tiempo, dos guerras mundiales y el Holocausto. Estos peligros acechan también al mundo emergente en el momento presente. Con el agravante que ya no se trata de una modernización pionera pero en miniatura, como fue el caso de Europa, sino esta vez de cuerpo entero, no ya en un continente de tamaño medio, sino a escala global.

No resultan livianos los desafíos que enfrenta América Latina en el Bicentenario de su Independencia.

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