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El conservador culposo del Bicentenario

por 13 septiembre 2010

El conservador tiende a dejarse absorber por su trabajo y mientras él hace cosas, el progre hace ‘gestos’. “Hacer las cosas con sentido de urgencia”, dirá el conservador. “Empatizar con la sensibilidad del pueblo”, dirá el progre. El patriotismo obliga a lo primero -es cierto- pero la astucia a lo segundo.

El conservador del Bicentenario es un tipo bastante especial. Durante los últimos 20 años ha sufrido transformaciones tan significativas, que a veces es difícil reconocerlo. Se ha vuelto una especie de híbrido que Lavín llamaría ‘conservadorista-progresista’. Aunque es posible, también, que los cambios los haya sufrido el progresista. De todos modos, no creo que por ahora esté en riesgo de extinción, porque desde el punto de vista reproductivo suele ser bastante prolífico.

Para empezar, el conservador del Bicentenario es un personaje que tiene el SCC (síndrome del conservador culposo) y eso hace que sea difícil tomar en serio lo que dice: la convicción es siempre más persuasiva que el complejo de inferioridad.

La cosa es que el conservador en su versión 2010 se siente culpable de ser lo que es, y por eso toma los piropos que recibe del mundo progresista como si fueran ofensas. De ahí que se disculpe, por ejemplo, cuando le dicen que sus costumbres y su moral son las de la elite, como si fuera mejor tener las del lumpen. De ahí también que se defienda cuando lo llaman conservador como si se hubiera hecho referencia a su propia madre.

El conservador tiende a dejarse absorber por su trabajo y mientras él hace cosas, el progre hace ‘gestos’. “Hacer las cosas con sentido de urgencia”, dirá el conservador. “Empatizar con la sensibilidad del pueblo”, dirá el progre. El patriotismo obliga a lo primero -es cierto- pero la astucia a lo segundo.

Pero hay que ser comprensivo con él. A fin de cuentas, el conservador tiene una idea bastante más exigente de lo que es ser bueno que la que tiene el progre; y por lo mismo, tiene más conciencia de sus culpas. Sabe -si se conoce un poco- que entre lo que cree y lo que hace hay un abismo profundo. El progre en cambio vive más relajado porque le basta con ser consecuente consigo mismo y por eso es natural que sea menos escrupuloso. No es lo mismo cargar con una culpa directa (como las que carga el conservador en su conciencia) que con la responsabilidad de lo que hicieron los españoles hace 200 años o la sociedad hace 100. En fin, valga esto como atenuante para él.

Quizá esto explique también por qué sea tan difícil el diálogo entre conservadores y progresistas, porque mientras los primeros están seguros de lo que creen, los segundos se sienten seguros de sí mismos: uno habla desde la verdad, el otro desde el Olimpo de su superioridad moral. Como decía mi hermano, que es un poco extremista: “El conservador cree que el progresista es tonto y el progresista piensa que el conservador es malo”. Es de esperar que esté equivocado, porque la maldad tiene remedio pero la tontera no.

El asunto es que el conservador Bicentenario es -además de acomplejado-absolutamente torpe en materia comunicacional, y ese es un lujo que no puede darse ninguno que tenga instinto de autoconservación. Es comprensible, porque el conservador tiende a dejarse absorber por su trabajo y mientras él hace cosas, el progre hace ‘gestos’. “Hacer las cosas con sentido de urgencia”, dirá el conservador. “Empatizar con la sensibilidad del pueblo”, dirá el progre. El patriotismo obliga a lo primero -es cierto- pero la astucia a lo segundo. Baste con analizar las encuestas para convencerse.

En todo caso, el conservador debiera sentirse más seguro de sí mismo. A fin de cuentas, es el progre el que ha tendido a volverse conservador. Que Fidel diga que “el modelo cubano ya no funciona ni para nosotros” es un síntoma. Pero eso no dispensa al conservador de un trabajo pendiente que es complejo (porque el progre es duro de cabeza): convencerlo de que su cosmovisión tampoco funciona. Y para eso, más autoestima y menos desprecio por los asesores de imagen.

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