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Disculpe, Señor Presidente

por 23 septiembre 2010

Disculpe, Señor Presidente
Sólo una elite política rígida, sorda y poco instruida, sin noción de los tiempos sociales y del significado real de lo que es la secularización de las instituciones, puede pretender solucionar una huelga de hambre con una ley. Y esgrimir razones de Estado o tiempos parlamentarios, para solucionar un problema que es netamente político. Y rápido.

El gobierno parece haber asumido como inevitable la hipótesis de la muerte de uno o más comuneros mapuche en huelga de hambre. El mensaje implícito de tal postura es que la autoridad pública no negocia bajo presión.

La oposición política cree que el problema de fondo es la reforma de la Ley Antiterrorista, que sus propios gobiernos aplicaron en su oportunidad, asumiendo también, implícitamente, la muerte de un mapuche, ya que saben que el tiempo se agotó.

El riesgo extremo del  problema no corresponde a ninguno de esos dos actores. El que verdaderamente paga es un tercero, directamente involucrado como víctima en el posible resultado de muerte: los comuneros en huelga. Lo peor es que lo hacen por voluntad propia, pues nadie los escucha.

En la solución de un conflicto, lo fundamental es, en primer lugar, estabilizarlo. Ello  solo se logra objetivando y dimensionando los intereses en pugna entre las partes directamente involucradas y sentándose a conversar.

Gobierno y oposición debieran entender que ahora se trata de terminar con la huelga de hambre. El país agradecerá que el gobierno satisfaga las peticiones razonables –dada la situación- de los comuneros en huelga.

Para estabilizarlo e impedir que aumente de volumen –lo que lo torna más difícil e incontrolable en sus efectos- es necesario reconocer el grado de intensidad emotiva que el conflicto tiene para los actores. Porque de el dependerá su voluntad de lucha y la posibilidad de satisfacer los requerimientos de una negociación, en el supuesto que las partes, ambas, quieran y puedan negociar.

En el caso de la huelga de hambre de los comuneros mapuche no se ha hecho esa tarea imprescindible. La impericia política del Estado de Chile – no solo de este gobierno como sostiene el presidente del Partido Socialista- ha sido proverbial, para escalar un tema a problema y un problema a conflicto. El Estado de Chile no percibe la intensidad emotiva que hoy tiene el conflicto para el pueblo mapuche. Ello es fatal para entender los mecanismos de diálogo y solución.

Sólo una elite política rígida, sorda y poco instruida, sin noción de los tiempos sociales y del significado real de lo que es la secularización de las instituciones, puede pretender solucionar una huelga de hambre con una ley. Y esgrimir razones de Estado o tiempos parlamentarios, para solucionar un problema que es netamente político. Y rápido.

Al actuar como lo están haciendo, especialmente el gobierno, está disminuyendo el umbral de la paz social y la seguridad en el país. Pues el impacto simbólico de la muerte autoinflingida de un comunero mapuche como expresión de protesta social, solo dejará espacio para la ira y un mayor nivel de violencia en otros sectores del pueblo mapuche. Y lesionará la legitimidad democrática de todo el sistema, adentro del país y hacia el resto del mundo.

Es necesario no equivocarse sobre este tema. Nada hay más erosivo para una democracia que humillar a las personas. La invisibilidad cultural y política es la mayor humillación para un pueblo. Peor aún si en circunstancias especiales se les exige la rendición incondicional. Las cosas que se hacen no deben ser impuestas sino acordadas, que es a lo que se niega el gobierno.

En el escenario actual, cunde, además, la percepción de un nuevo riesgo. Que los sectores jóvenes y más educados del pueblo mapuche experimenten un proceso de radicalización en sus posiciones, que las antiguas organizaciones ya no puedan controlar. Porque se sienten humillados en su identidad.

Gobierno y oposición debieran entender que ahora se trata de terminar con la huelga de hambre. El país agradecerá que el gobierno satisfaga las peticiones razonables –dada la situación- de los comuneros en huelga.

Y, disculpe señor Presidente que se lo diga, ya tendrá tiempo de mostrar su autoridad, si efectivamente la tiene, cuando deba encabezar el verdadero debate sobre la cuestión mapuche pendiente, que incluye temas de autonomía, tierras y representación política funcional en el Parlamento. Ello una vez que termine la huelga de hambre. Mientras tanto, no contribuya a enrarecer la paz social de Chile.

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