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El "tea party" concertacionista

por 27 septiembre 2010

El
Este nuevo brío crítico opositor podría terminar por hacer carne la soterrada crítica interna que acompañó a la Concertación durante todos sus años de gobierno y que terminó siendo uno de los factores determinantes de su desgarro y desánimo final.

No hay duda que la Concertación está totalmente posicionada en su nuevo rol como coalición opositora y aunque la ambivalente estrategia legislativa del Gobierno le ha brindado espacios suficientes, lo cierto es que el nuevo talante contestatario que ha adoptado la oposición responde, fundamentalmente, a la historia de sus partidos, militantes y dirigentes.

Porque no podemos perder de vista que en la base de las ideologías que inspiran a los partidos del arcoíris –tanto en el polo laico como en el confesional- existe un marcado acento crítico; el mismo que tanto complejo y división generó  mientras la responsabilidad del poder los obligaba a adoptar y aprobar medidas que están en las antípodas de sus pulsiones más elementales en lo económico,  lo social y en lo político.

Recodemos, por ejemplo,  que para muchos de los oficialistas de antaño la reforma previsional no era más que un aumento de pensiones que consolidaba el sistema instaurado en la dictadura; las reformas a la Constitución que Lagos firmó con bombos y platillos eran una genuflexión a los enclaves autoritarios; el AUGE era un seguro público para las Isapres y clínicas privadas y la Ley antiterrorista –aplicada a los hoy huelguistas mapuches- un resabio de la lógica marcial del régimen militar.

Pero entonces la crítica era apagada por la razón de Estado, o bien el Estado era una poderosa razón para no criticar demasiado… Ahora la cosa es muy distinta.

Tal y como en Estados Unidos los ultra-conservadores y la derecha evangélica se han apoderado del activismo republicano en base al movimiento tea party, la vuelta a la agenda “ochentera” de la oposición podría transformarse en un arma de doble filo para sus pretensiones de recapturar el poder.

Lejos de los beneficios, problemas y responsabilidades del poder, algunos dirigentes de la oposición parecen estar en su salsa. Es cierto que el tránsito no es automático –lo puede atestiguar Carolina Tohá, a quién su autocrítica y acercamiento a los grandes olvidados de la Concertación (léase la CUT y los Mapuches, por ejemplo) le valió la ira de los aludidos y el bullyng de sus pares- pero lentamente, la agenda de los autoflagelantes ha ido copando el imaginario y el espacio público de la oposición.

Son cada vez más comunes las imágenes de parlamentarios y líderes opositores en marchas, protestas, ayunos y conmemoraciones de toda índole. Los rostros circunspectos y moderados de la Concertación gobernante se ven algo ausentes y  hasta Eugenio Tironi twittea autocríticas en medio de vítores para Violeta Parra.

Pero esta actitud no está exenta de riesgos. Tal y como en Estados Unidos los ultra-conservadores y la derecha evangélica se han apoderado del activismo republicano en base al movimiento tea party, presionando la agenda opositora a las posiciones más duras en lo económico, lo social y lo moral; la vuelta a la agenda “ochentera” de la oposición podría transformarse en un arma de doble filo para sus pretensiones de recapturar el poder.

Los partidos (o facciones), dirigentes y líderes opositores que tienden a la moderación tienen un problema que resolver, porque aunque el discurso de trinchera y la representación de las minorías funciona hoy como articulador de identidades y muro de contención para las pretensiones del piñerismo de avanzar a terrenos históricamente vedados para la derecha, la homogenización de la oposición en esos discursos podría arrinconarla por más tiempo del que desea en posiciones de minoría.

Es más, la agenda que emerja de este nuevo brío crítico opositor podría terminar por hacer carne la soterrada crítica interna que acompañó a la Concertación durante todos sus años de gobierno y que terminó siendo uno de los factores determinantes de su desgarro y desánimo final: la añoranza de algunos de ser una coalición menos abarcadora y más químicamente pura.

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