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Un nuevo contrato moral

por 28 septiembre 2010

Un nuevo contrato moral
Mientras tengamos un 50% de niños que egresa de Básica y de Media sin entender lo que lee, y egresados de Pedagogía Básica que literalmente no saben calcular un porcentaje, medir la temperatura a los enfermos para controlar la epidemia es imprescindible. Pero suponer que un médico va a procurar bajarle la temperatura más rápido a un paciente si le ofrecemos un bono para que lo haga, o un descuento si no lo hace, es ridículo. Estamos hablando de educación y valores, no de ladrillos o detergente.

La idea de que la educación va a mejorar en base a garrotes y zanahorias, indicadores, semáforos, bonos y la economía de mercado es errónea y obsoleta.  Creer  que por poner metas de PSU y SIMCE los profesores van a enseñar más, o que los directivos van a motivar mejor a sus profesores, es un reduccionismo absurdo. Suponer que buena  educación es el resultado en una prueba nacional estandarizada es simplón. Suponer que un buen profesor es aquel  que prepara un buen portafolio y que por ello merece un bono es infantil. Creer que un buen directivo es el que ha acumulado más certificados por cursillos asistidos y pagarle en forma proporcional a eso, ya no es simplón, es un error garrafal.

No es que no crea en la economía de mercado. Voy a comprar detergente a dónde lo ofrezcan mejor y más barato. Si a los obreros se les paga a destajo por ladrillo colocado, harán lo posible por colocar la mayor cantidad en un día. Tampoco creo que hay que eliminar el SIMCE, la PSU, o la prueba INICIA.  Al contrario, mientras tengamos un 50% de niños que egresa de Básica y de Media sin entender lo que lee, y egresados de Pedagogía Básica que literalmente no saben calcular un porcentaje, medir la temperatura a los enfermos para controlar la epidemia es imprescindible. Pero suponer que un médico va a procurar bajarle la temperatura más rápido a un paciente si le ofrecemos un bono para que lo haga, o un descuento si no lo hace, es ridículo.  Estamos hablando de educación y valores, no de ladrillos o detergente.

Castigar a los alumnos de una escuela vulnerable quitándole recursos porque se “portó mal con el SIMCE” o porque perdió alumnos, o porque tiene problemas de bullying , o premiar a una escuela del barrio alto porque  “se portó bien con el SIMCE” es ir exactamente en el sentido contrario a la equidad educativa. No sólo eso, sino que además destruye el  tejido social, mercantiliza las relaciones en el sistema educativo, elimina la imprescindible cooperación entre profesores, entre escuelas, entre municipios, y entre el sector público y el sector privado.

En Finlandia, donde los profesores cuentan con el tiempo suficiente, nada menos que un tercio de los chicos recibe atención personalizada, para que ninguno se quede atrás. No seleccionan, ni los echan de la escuela para mejorar el promedio SIMCE y así competir mejor con la escuela del frente.  A eso es a lo que llamo contrato moral. Tenemos que construirlo junto a una visión inspiradora para la educación de Chile.

Trataré de demostrar estas heréticas afirmaciones. Primero, por la ruta empírica. No conozco país exitoso en materia educativa que funcione con esquemas de zanahorias y garrotes. Estoy abierto a conocer esos países. Hay que aprender siempre. Pero no los conozco.

Algún ortodoxo sacerdote del mercado podría decir que ese no es argumento, que Chile va a ser pionero en enseñarle al mundo que el mercado y los incentivos monetarios son los que arreglan la educación. Si yo tuviera esa certeza, por los niños de Chile, juro que me la juego. Pero de veras no lo creo. Lo dicen especialistas de los países más capitalistas. Vea usted en www.TED.com a “Barry Schwartz  y nuestra pérdida de sabiduría”, argumentando cómo las reglas burocráticas generalmente fallan y los incentivos son contraproducentes. Vea en el mismo sitio web a “Dan Pink en la sorprendente ciencia de la motivación”, explicando cómo, a pesar de que hace 40 años que la ciencia sabe que los incentivos sólo funcionan en tareas simples - y que suelen ser contraproducentes en tareas complejas- insistimos en creer y aplicar lo contrario. ¿Ud. cree que los empleados de Google o los profesores del MIT hacen bien su trabajo por el bono de fin de año, o será porque les entusiasma lo que hacen? Les pagan bien, por cierto, pero no andan pensando en el bono cuando se quedan hasta la noche escribiendo, inventando o corrigiendo exámenes.

Lea Ud. (en inglés) “The Fourth Way: The Inspiring Future for Educational Change”, explicando cómo “la estandarización, la toma de decisiones basada puramente en datos, y la obsesión con las metas ha demostrado su inutilidad”. Lea allí cómo las únicas experiencias que han funcionado bien en USA y otros países son aquellas en que se ha logrado una visión inspiradora, que ha involucrado a comunidades completas, creando oportunidades de inclusión, creatividad, y la alegría del enseñar y el aprender. En Finlandia, donde los profesores cuentan con el tiempo suficiente, nada menos que un tercio de los chicos recibe atención personalizada, para que ninguno se quede atrás. No seleccionan, ni los echan de la escuela para mejorar el promedio SIMCE y así competir mejor con la escuela del frente.  A eso es a lo que llamo contrato moral. Tenemos que construir un nuevo contrato moral y una visión inspiradora para la educación de Chile.

Castigar a los alumnos de una escuela vulnerable quitándole recursos porque se “portó mal con el SIMCE” o premiar a una escuela del barrio alto porque  “se portó bien con el SIMCE” es ir exactamente en el sentido contrario a la equidad educativa.

Utópico, dirá Ud. Fíjese que no. En USA las afamadas escuelas KIPP funcionan con este contrato moral. En Chile también hay escuelas públicas y privadas, de alto nivel de vulnerabilidad, que funcionan así, logrando generar una pequeña isla de entusiasmo colectivo, rigor y respeto por los demás, en medio del océano de burocracia y mercantilismo que les ha impuesto el sistema educativo. Estas escuelas, de pasadita, como subproducto, también muestran buenos resultados en el condenado SIMCE. Lo que importa ahí no es el SIMCE o la PSU, sino que ningún niño se quede atrás. No tiene gracia educar a los buenos alumnos o a los que traen mejor capital cultural de su casa. El buen profesor es el que, si tiene tiempo para hacerlo, se preocupa personalmente por los más atrasados, que les estimula su interés por la música o el deporte si los ve con esas inclinaciones, y que se la juega por ir a conversar a su casa si los ve con comportamientos de bullying. Lo hace por amor a la educación y no por los bonos o castigos.

¿Porqué Educación 2020 ha sido majaderamente insistente al decir que los Directivos escolares, preescolares y municipales son “el campamento base en la ruta al Everest”? No es lo único que proponemos, hay muchos otros elementos clave como formación, carrera docente o subvención preferencial. Pero en la actual situación de catástrofe de la calidad,  y con el desánimo imperante en la mayoría de los profesores y escuelas de Chile, no hay otra vía de emergencia y más rápida que lograr tener en cada escuela a los mejores de los mejores, a los más motivados y resilientes, con mayor liderazgo directivo, para reconstruir el contrato moral entre profesores, alumnos, apoderados, la comunidad, y las escuelas vecinas. Necesitamos que todos los niños de Chile sumen, lean, escriban, canten, jueguen y tengan una visión más humana del futuro de nuestra sociedad. Dejemos el modelo del contrato mercantil para las grandes tiendas, pero apliquemos el modelo del contrato moral para la educación.

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