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Domingo sin mall

por 29 septiembre 2010

Fue lo que dijo para terminar lo que acabó por indignarme: “En el fondo, el paseo dominical al mall mata de raíz los gérmenes de la excelencia, porque fortalece el sentido de pertenencia a la masa”. Lo que es yo, feliz de prohibir por decreto el trabajo del domingo.

Hace pocos días tuve con una conocida mía, una conversación que terminó por convencerme de la conveniencia de declarar el domingo feriado irrenunciable. Algunos dicen que es una ‘noveau riche’ pero yo trato de evitar el uso términos como ése para referirme a personas concretas.

“No puedo creer- me decía- que un grupo de diputados de oposición haya querido declarar el domingo feriado irrenunciable, porque si hay algo que ellos tienen es sensibilidad social. Y el mall hace tiempo que cumple con una función catalizadora en el alma del chileno”.

“¿Por qué dices eso?”, le pregunté.

“Porque el mall ha sido fundamental a la hora de conseguir que la masa se olvide de que las costumbres de la aristocracia (si existe) son dignas de ser imitadas. Y eso debería incentivar a esos diputados a proteger esos espacios como a santuarios de la nivelación”.

“No entiendo lo que quieres decir”, le dije cada vez más sorprendida.

“Es simple. El mall se ha trasformado en el hogar de todos los chilenos y cerrarlo el día domingo es como dejar a Chile a la intemperie. Piensa, por ejemplo, en los patios de comida, esos espacios entrañables donde la mujer se ve dispensada de la obligación de cocinar el día domingo y donde los niños cultivan su gusto por la buena mesa. Fue en esos patios donde las bandejas de plástico y los individuales de papel reemplazaron al mantel blanco y a la servilleta de género”.

Fue lo que dijo para terminar lo que acabó por indignarme: “En el fondo, el paseo dominical al mall mata de raíz los gérmenes de la excelencia, porque fortalece el sentido de pertenencia a la masa”. Lo que es yo, feliz de prohibir por decreto el trabajo del domingo.

Entonces me molesté un poco: “No tiene gracia que se libere la mujer a costa de que otro se esclavice”.

“Pero eso no es todo -continuó- fue en ellos también donde la familia encontró un remanso de paz, un espacio de tranquilidad sin los gritos y las peleas de los niños… que ahí no se oyen a causa del murmullo ambiental. Ese murmullo reemplazó la tertulia de la sobremesa y erradicó muchos complejos, como los que tenía uno cuando chica al oír hablar a los grandes, que la obligaban a quedarse callada porque ellos sabían más”.

“Lo que es yo, promovería un poco más ese complejo”, pensé.

Pero como estaba furiosa, no había forma de hacerla pensar: “El mall también es un espacio privilegiado para el cultivo de la imaginación; en él se puede descubrir de manera siempre novedosa todo lo que uno no tiene y que necesita. Y eso sin necesidad de comprar un libro, que es un objeto obsoleto y cuya adquisición es privilegio de la clase dirigente”.

“Para eso mejor bajar el impuesto al libro o crear más bibliotecas”, le dije mientras ella insistía:

“También desde el punto de vista psicológico el mall ha hecho sus aportes, porque ése es el lugar propicio para olvidarse de ideas desagradables sobre sí misma que se hacen evidentes en la tranquilidad del hogar: por ejemplo, que uno se aburre cuando está sola o que no está tranquila si no compra algo”.

Pero fue lo que dijo para terminar lo que acabó por indignarme:

“En el fondo, el paseo dominical al mall mata de raíz los gérmenes de la excelencia, porque fortalece el sentido de pertenencia a la masa”.

Lo que es yo, feliz de prohibir por decreto el trabajo del domingo, a ver si así se recuperan algunas de las costumbres que tienen mis abuelos.

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