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Editorial

Editorial: El personalismo de Piñera

por 29 septiembre 2010

Editorial: El personalismo de Piñera
El Gobierno ha ido girando desde el populismo de la imagen y los efectos de auditorio, hacia prioridades gobernadas por la economía. Pero lo que no cambiará y a ello apuntan las críticas de la derecha orgánica, especialmente la UDI, es el estilo presidencial, ansioso de imagen pública y popularidad, que lo lleva a una agenda personal muy alejada de las preocupaciones políticas de los partidos de la Alianza.

Desde el núcleo central de su base política de poder ha surgido, otra vez, una ácida crítica al estilo personalista de conducción presidencial. Este es “el gobierno de él, de Sebastián Piñera” y si sigue así puede terminar como un exitoso paréntesis de cuatro años para la Centro Derecha, dijo en el programa Estado Nacional de TVN el  senador UDI Pablo Longueira.

El juicio del senador gremialista no podía pasar desapercibido para nadie. Expresado como titular de columna de su intervención en el programa televisivo, sus palabras sonaron como una clara advertencia a La Moneda  para que tome conciencia de lo insoportable que resulta la omisión de las fuerzas políticas organizadas que apoyan al gobierno.

La respuesta, tanto del gobierno como de los partidos, se orientó a bajarle el perfil a los alcances políticos de tal declaración. Sin embargo, es evidente que la claridad y oportunidad con que fueron pronunciados los juicios, y la posición personal y racionalidad política que exhibe quien los emitió, reflejan fielmente una contradicción seria al interior del oficialismo. Que por lo demás, ha estado presente desde el momento mismo que Sebastián Piñera conformó su primer gabinete ministerial.

El Gobierno ha ido girando desde el populismo de la imagen y los efectos de auditorio, hacia prioridades gobernadas por la economía. Cosa que todo el oficialismo parece reconocer como lo más adecuado en materia de gestión.

En lo esencial, en los siete meses transcurridos desde la asunción del mando, el Gobierno ha ido girando desde el populismo de la imagen y los efectos de auditorio, hacia prioridades gubernamentales gobernadas por la economía. Cosa en la cual, al parecer, todo el oficialismo parece reconocer como lo más adecuado en materia de gestión. Ello quedó trazado por el anunciado protagonismo del ministro de Hacienda,  hace un mes aproximadamente, en cuanto al orden gubernamental, y aunque  ha pasado relativamente desapercibido por los festejos del Bicentenario, emergerá nítido a medida que avance el debate presupuestario para el 2011, en el mes de octubre.

Lo que evidentemente no cambiará, y a ello apuntan las críticas de la derecha orgánica, especialmente la UDI, es el Estilo Piñera, ansioso de imagen pública y popularidad, que lo lleva a  una agenda personal, con prioridades personales aparentemente  muy alejada de las preocupaciones políticas de los partidos de la Alianza.

En todo gobierno de coalición, las fuerzas que hacen presión sobre su conducción nunca son homogéneas. Ellas expresan, además de una racionalidad compartida básica que las hace ser alianza, diferencias, a veces importantes, de estilo, valores, liderazgos y opiniones sobre el ejercicio de poder compartido. Por lo mismo, no pueden carecer  de un vínculo orgánico que les permita solucionar problemas, especialmente respecto de su principal instrumento de poder que es el gobierno. Si los mensajes importantes se mandan por televisión, como en el caso del senador Longueira, ese vínculo no existe.

Algunos analistas al referirse a la conducción del gobierno distinguen entre fuerzas profundas y fuerzas organizadas. Las primeras son normalmente difusas y espontáneas, articuladas como verdaderas pulsiones emotivas, en las que normalmente el jefe o líder, pero a veces también la organización del Estado o la sociedad, manifiestan sentimientos, deseos, temores o rencores, generando acciones irreflexivas y de efectos casi siempre imprevisibles. Las  fuerzas organizadas, en cambio, expresan una racionalidad más clara y definida, y orientan los hechos a objetivos o metas predeterminadas, haciendo previsible la realidad.

Lo que no cambiará y a ello apuntan las críticas de la derecha orgánica, especialmente la UDI, es el Estilo Piñera, ansioso de imagen pública y popularidad, que lo lleva a  una agenda personal aparentemente  muy alejada de las preocupaciones políticas de los partidos de la Alianza.

Las fuerzas organizadas pueden graduarse y regularse, y sus niveles de eficacia son más amplios; mientras que las fuerzas profundas, como pulsiones emotivas – y hasta irracionales-  desordenan y diseminan los objetivos, y aumentan las incertidumbres.

El implícito del mensaje del senador Longueira es que mientras los partidos de la Alianza expresarían la racionalidad de las fuerzas organizadas en  torno al actual  gobierno, el estilo presidencial de Sebastián Piñera, sería la expresión acabada de la espontaneidad en materia política.

Así lo expresó incluso, de manera indirecta al menos, al criticar la actuación presidencial en la suspensión del proyecto Central Termoeléctrica de Barrancones, con lo cual, dijo, “estábamos de acuerdo que se suspendiera y así se lo comunicamos la noche anterior”, pero no que lo hiciera en la forma en que actuó al día siguiente. Actuar por fuera de las instituciones “no corresponde a un Presidente de la República”

El debate subterráneo del oficialismo es en realidad un tema fundamental para todo el sistema político chileno. El centralismo político y el presidencialismo exacerbado que muestra el sistema, pertenecen también al campo de las fuerzas profundas, con altas dosis de irracionalidad, lo que en el diseño de la Constitución de 1980 que aún nos rige, perneó todo el texto.

Sin mecanismos adecuados de equilibrio entre los poderes, ni instituciones de administración y gobierno que den cuenta de la nueva realidad nacional, muchas decisiones vitales para la sociedad quedan expuestas exclusivamente al  talante del mandatario en el ejercicio del poder. Y eso es ir –o mantener la conducción- en la dirección contraria al desarrollo de una institucionalidad democrática republicana.

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