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Enfrentando a Frankenstein: La izquierda británica y chilena

por 30 septiembre 2010

Brown y Blair – a pesar de las constantes críticas a su gestión – se mantuvieron relativamente ausentes a la elección del nuevo líder del laborismo Ed Miliband, creando espacio para una verdadera discusión sobre el futuro sin sentirse obligados a defender el pasado. Pareciera que Michelle Bachelet, con su partida a Nueva York, está intentado hacer lo mismo. Más allá de ese paralelo, cabe preguntar cuales de los nuevos líderes de la Concertación serían la versión chilena de Miliband.

El Partido Laborista del Reino Unido ha elegido un nuevo líder, Ed Miliband, el joven y brillante heredero de un legado familiar fuertemente arraigado en la izquierda británica. Su padre, Ralph Miliband, fue un influyente intelectual marxista y profesor de la London School of Economics, y su hermano David, más carismático y contrincante para el cargo de líder, fue Ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de Gordon Brown.

La tarea de Miliband es reconstruir un partido que sufre su peor crisis de identidad desde la década de los 80. A pesar de los éxitos de la renovación de Blair – lo que se denominó New Labour – no hay nada como una derrota electoral como para que comiencen a aparecer los críticos que nunca estuvieron muy convencidos de las posturas más moderadas. A diferencia de Miliband (David), Miliband (Ed) logró capturar el apoyo de muchos de estos sectores, incluyendo, especialmente a los sindicatos. Este será su talón de Aquiles, pues el hecho que los dos hermanos representaron los bandos de derecha e izquierda dentro de su partido pareciera implicar que las antiguas divisiones se mantienen, y que el éxito electoral del New Labour no resolvió estos debates.

Al igual que la Concertación, para el Partido Laborista el proceso que enfrenta es una discusión dura y difícil entre aquellos que creen que volver a la relevancia electoral (o sea, ganar) implica volver a las raíces y aquellos que piensan que se requiere una renovación. El problema es que es mucho más fácil volver a las raíces, mientras que la renovación podría terminar en un Frankenstein por el cual nadie votaría.

Sin embargo, asumir esto como única causa sería un error porque New Labour se hundió no por sus contradicciones internas, sino por errores políticos que no son necesariamente propios de su proyecto histórico. Primero, Tony Blair cometió el gran error de apoyar a George W. Bush en Irak. Aparte de los méritos (o no) de la lucha en contra del terrorismo, la realidad es que Blair llevó a su país a la guerra, donde han muerto casi 200 soldados británicos, apoyado por información de inteligencia que todo el mundo reconoce como falsa. Todo esto, sin embargo, no nos dice nada acerca de, y no permite evaluar, el éxito de New Labour como proyecto político.

Mucho más dañina fue la crisis económica, que tuvo un efecto desproporcionadamente duro en el Reino Unido. Gordon Brown, Ministro de Hacienda de Blair y su sucesor como Primer Ministro, que carecía del carisma y de las habilidades políticas de Blair, no logró rebotar acusaciones de que sus políticas tuvieron un impacto directo y perjudicial en cómo el país enfrentó la crisis. La desregulación del sistema financiero, por ejemplo, comenzó con Thatcher pero se profundizó con Brown.

Este segundo punto probablemente tuvo mucho más peso en la votación del fin de semana pasado, aunque ambas fueron señales para los laboristas (los que tuvieron que elegir un nuevo líder) de que el partido se había alejado mucho de sus raíces, y explica porque ganó Ed y no David – la izquierda y no la derecha. El problema es que hubo una razón por la cual el laborismo se alejó de sus raíces: con esas raíces no llegaban al poder.

Al igual que la Concertación, para el Partido Laborista el proceso que enfrenta es una discusión dura y difícil entre aquellos que creen que volver a la relevancia electoral (o sea, ganar) implica volver a las raíces y aquellos que piensan que se requiere una renovación. El problema es que es mucho más fácil volver a las raíces, porque eso ofrece un norte, un objetivo, mucho más claro y definido, mientras que la renovación es un proceso incierto, un experimento que podría terminar nuevamente en triunfo electoral o en un Frankenstein por el cual nadie votaría.

Otro elemento interesante ha sido observar cómo Brown y Blair – a pesar de las constantes críticas a su gestión – se mantuvieron relativamente ausentes, creando espacio para una verdadera discusión sobre el futuro sin sentirse obligados a defender el pasado. Pareciera que Michelle Bachelet, con su partida a Nueva York, está intentado hacer lo mismo. Más allá de ese paralelo, cabe preguntar cuales de los nuevos líderes de la Concertación serían la versión chilena de Miliband.

Mucha de la prensa británica ha presentado el triunfo de Ed Miliband como un regreso a las raíces más izquierdistas del Partido Laborista. Hablan de ‘Red Ed’ (Ed el Rojo). Pero esa es una caricatura. Es verdad que los sindicatos lo apoyaron, pero Ed ha sido parte de la máquina de New Labour desde su comienzo a mediados de los 90.  En este sentido, el Partido Laborista parece haber elegido bien. Eligió un líder que lleva la tradición marxista en su ADN, pero que ha vivido dos décadas en el corazón de New Labour, que cuenta con legitimidad entre sus bases, pero que tampoco está clavado en el pasado. Es una buena fórmula para evitar Frankenstein.

Pero, habiéndole ganado a su hermano por un margen de 1%, ¿se podrá evitar Caín y Abel?

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