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Héctor Llaitul y la huelga de hambre

por 4 octubre 2010

Más allá de la satisfacción que pueda sentir Llaitul, debe también estar reflexionando sobre las paradojas de la política. Toda su vida ha sido un radical y ahora, que juega con las armas de la política y de la comunicación, obtiene su mayor victoria.

El desenlace de la huelga de hambre que llevaronn a cabo los principales dirigentes y activistas de la Coordinadora Arauco Malleco (CAM) podría constituirse en una victoria política sin precedentes para el movimiento indígena, en la larga lucha del pueblo mapuche por el reconocimiento de sus derechos.

Son tres los éxitos que pueden atribuirse directamente a la huelga de hambre: en primer lugar, haber iniciado el trámite definitivo para limitar la competencia de la Justicia Militar al ámbito que le corresponde en una democracia, una cuestión en que la transición chilena tenía una deuda pendiente. Los dobles juicios a que estaban siendo sometidos los comuneros mapuche constituyen una abierta aberración jurídica en un país que se jura civilizado y respetuoso del derecho. Quedará para la historia –y la vergüenza- que la democracia chilena sólo volvió en este punto a la normalidad cuando un grupo de presos mapuches la obligó.

En segundo lugar, lograron la aprobación en el Senado y probablemente también en la Cámara de Diputados, de modificaciones sustanciales a una ley antiterrorista claramente contraria a la plena vigencia de los derechos humanos y que contiene normas, como lo reconoció el propio Gobierno en su mensaje al Congreso Nacional, injustas hacia los procesados, estableciendo penas desproporcionadas, afectando el derecho a defensa y la presunción de inocencia, así como medidas que permiten una manipulación abusiva de testimonios de testigos secretos pagados por la fiscalía.

Más allá de la satisfacción que pueda sentir Llaitul, debe también estar reflexionando sobre las paradojas de la política. Toda su vida ha sido un radical y ahora, que juega con las armas de la política y de la comunicación, obtiene su mayor victoria.

En tercer lugar, lograron que el gobierno retirara la invocación a la ley antiterrorista en los casos por los que están imputados.  Si esto no es una victoria política en toda la línea ¿cómo llamarla?

El gobierno tendrá que reflexionar más seriamente concluido este capítulo. Su demora en reaccionar a la huelga de hambre lo llevó a entregar mucho más en el plano legal y en el plano simbólico, de lo que habrían imaginado. Su falta de política indígena, la paralización de la CONADI y la ausencia de diálogo político con las organizaciones mapuche le pasó la cuenta brutalmente. El ministro del Interior, con el inestimable apoyo de la Iglesia, condujo con pragmatismo una salida a un conflicto que amenazaba seriamente la imagen del país y del gobierno, pero su campo de acción ya estaba acotado por las falencias políticas señaladas.

Héctor Llaitul tiene motivos para sentirse orgulloso. Pero, más allá de la satisfacción que pueda sentir, debe también estar reflexionando sobre las paradojas de la vida y la política.  Toda su vida ha sido un radical, un hombre que ha utilizado la violencia –por cierto una violencia acotada y regulada- como medio de lucha, lo que no sólo lo llevó a la cárcel  sino también a sucesivos fracasos políticos y a un creciente aislamiento incluso en el mundo indígena.

Ahora, sin embargo, en gran medida gracias a que asume una forma no violenta de protesta, que juega con las armas de la política y de la comunicación, que tiene por primera vez la simpatía de sectores importantes de la población, obtiene su mayor victoria. Logra no sólo un éxito franco en todas sus exigencias, sino también romper su aislamiento y levantarse como uno de los líderes emblemáticos de su pueblo. Su victoria estuvo amenazada por las declaraciones de Rodrigo Curipán, vocero de los presos de la cárcel de Angol, que exigió instalar una mesa de negociación con los tres poderes del Estado, algo completamente descabellado y que estuvo a punto de arruinar todos los logros de la huelga de hambre.

Hector Llaitul debe estar pensando tomarse en serio las palabras que el mismo pronunció desde la cárcel de El Manzano en 2009 afirmando que el tiempo de la violencia había pasado, que hoy es el tiempo de la lucha política. Si eso es así, aquí habría ganado no sólo la CAM sino todo Chile.

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