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Análisis

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Lula, Dilma y el teatro mágico de Brasil

por 4 octubre 2010

Lula, Dilma y el teatro mágico de Brasil
La segunda vuelta no parece tener secretos y se supone que Dilma Rousseff, parte de su gabinete ministerial y su candidata personal, debiera ganar holgadamente el 31 de octubre. El apoyo de Lula y la transformación social y política de Brasil bajo la conducción del Partido de los Trabajadores, son razones suficientes para pensarlo así. Porque más allá de los avatares de un ejercicio pragmático del poder, que pudiera haber mellado parte de sus sueños de justicia e igualdad, y de críticas de gente escindida de su propio partido, el Brasil que entrega Lula exhibe cifras impresionantes inclusión y desarrollo social.

Poco más de treinta segundos le tomó a Luiz Inácio Lula da Silva votar en las elecciones presidenciales de este domingo en su país. Menos de un segundo por cada año para escenificar una vida política excepcional, ahora que empieza la cuenta regresiva de la entrega del poder. La satisfacción es que lo hace prácticamente ungiendo con su carisma a Dilma Rousseff como su segura sucesora. Ella venció en primera vuelta a José Serra por 47% contra 33 % respectivamente. La gran sorpresa es la candidata del partido verde de verde que obtiene casi 20% y será decisiva en la segunda vuelta.

Que Lula haya acaparado toda la vitrina de estas elecciones no es extraño. Por historia de niñez, el obrero metalúrgico estaba más cerca de ser un personaje de los Capitanes de la Arena, esa novela terrible de Jorge Amado sobre  el abandono infantil en la sociedad brasileña, que un triunfador de la política.

Es una voluntad de hierro y una profunda convicción social que lo lleva a ser el líder más popular de la historia de un país, incluso contracorriente de muchos que hoy lo adoran. En su corta democracia, Brasil siempre lo tuvo como candidato a Presidente y por primera vez desde 1989 los brasileños no tuvieron que elegir entre él y otro candidato. Nunca ganó en primera vuelta como recordó el domingo en la noche al saludar a Dilma, aunque a juzgar por su popularidad, el 80% de la población lo habría votado.

La segunda vuelta no parece tener secretos y se supone que Dilma Rousseff debiera ganar holgadamente el 31 de octubre.

La segunda vuelta no parece tener secretos y se supone que Dilma Rousseff, parte de su gabinete ministerial y su candidata personal, debiera ganar holgadamente el 31 de octubre. El apoyo de Lula y la transformación social y política de Brasil bajo la conducción del Partido de los Trabajadores, son razones suficientes para pensarlo así. Porque más allá de los avatares de un ejercicio pragmático del poder, que pudiera haber mellado parte de sus sueños de justicia e igualdad, y de críticas de gente escindida de su propio partido, el Brasil que entrega Lula exhibe cifras impresionantes inclusión y desarrollo social.

Según Marcelo Neri, un economista de la fundación Getulio Vargas, “Lula es para su país la encarnación del ascenso social, la personificación de un nuevo héroe brasileño, el trabajador, con trabajo y con derechos”.

La  nueva clase media brasileña

Un cambio fundamental del Brasil de Lula es el éxito de su política de inclusión social. En 8 años millones de personas pasaron de la marginalidad a una integración activa en la sociedad. Sus políticas sociales con alzas de salarios, creación de empleo, y medidas de acceso a la banca y créditos bajos,  generaron la aparición de la llamada clase C por los economistas.

Esa nueva clase media cambió el rostro de lugares como Rocinha, la favela más grande de Río de Janeiro, que pasó de ser un reducto de miseria, delincuencia y desempleo, a un lugar habitable para sus moradores.

Desde el año 2003, más de 30 millones de brasileños han dejado la pobreza. La clase C con ingresos mensuales entre 500 y 2000 euros, alcanza hoy más de 90 millones de personas y concentra el 46% del ingreso nacional.

La fórmula fue simple. La Caja Económica Federal, principal banca pública, que distribuye los beneficios sociales a los sectores más pobres, agregó a sus servicios una “carta de crédito ciudadano”, con una cuenta en el banco gratuita. Con ello la gente de menores ingresos pudo operar su dinero en el sistema formal accediendo a bienes hasta entonces inalcanzables.

Un cambio fundamental del Brasil de Lula es el éxito de su política de inclusión social. En 8 años millones de personas pasaron de la marginalidad a integrar la llamada nueva clase C y desde el año 2003, más de 30 millones de brasileños han dejado la pobreza.

El comercio explotó en todas partes, como ocurrió en la favela Rosinha, empujando un crecimiento inesperado a partir de estos consumidores ávidos de electrodomésticos, informática, vestuario y servicios. Hoy es usual ver a la población negra, la más pobre y excluida, en lugares donde antes no podía entrar, como universidades, clínicas privadas o aeropuertos.

Es verdad que esa clase C es un grupo aún lejano de una clase media clásica como se la entiende normalmente, pero ese volumen de participación cambió el rostro social y político de Brasil. Ahí está parte de la fuerza política del PT que hizo triunfar a Dilma Rousseff.  Ella entendió que su principal fuerza era captar la continuidad de Lula. Su slogan de campaña fue “Para seguir cambiando”.

Su contrincante, José Serra, con quien deberá medirse en segunda vuelta, eligió un slogan en el que rondó la resignación: “Brasil puede más”. ¿Más en qué? La frase más pareció la rendición psicológica de los intelectuales agrupados por Fernando Henrique Cardoso, que estabilizaron la economía pero les faltó coraje político para enfrentar un cambio social más profundo.

El programa “Hambre cero”

El pragmatismo social de Lula transmitido por su gobierno, proviene no de aulas universitarias sino de una experiencia de vida. Su programa “Hambre cero” que es considerado un ejemplo en todo el mundo, según sus propias palabras se debe a que había vivido el hambre. De los doce hijos de su madre, cuatro murieron de hambre antes de cumplir cinco años de edad.

Brasil no tiene ni exceso de bocas ni falta de alimentos pues es uno de los cinco mayores productores agrícolas del mundo. Solo que además de campeón mundial de fútbol, lo es también de la desigualdad social. Pero no quería “una maratón de comida”, como le gustaba decir a Lula. Se requería algo que sacara a la gente en forma digna y definitiva del hambre.

De ahí nació el programa que coordina diversas políticas públicas y se afirma en tres pilares: una política de transferencia de renta directamente a las familias a través del mercado bancario; una coordinación de políticas estructurales (reforma agraria, capacitación, etc); y la educación popular en todas sus formas, desde escolaridad formal a campañas de alfabetización.

Su objetivo fue romper la predeterminación social y en gran medida lo ha logrado. Eso es parte sustancial de su legado y lo que determina el éxito electoral de su partido.

El soft power internacional

Pero el Brasil de Lula además de lo social, desarrolla una escenografía  sobresaliente sobre dos ejes que se suponía eran los ámbitos de sus adversarios: un desarrollo económico nacionalista con un papel fuerte del Estado, y una política internacional de potencia responsable.

El pragmatismo social de Lula transmitido por su gobierno, proviene no de aulas universitarias sino de una experiencia de vida. Su programa “Hambre cero”, según sus propias palabras se debe a que había vivido el hambre.

Lula da un golpe a la gloria neoliberal de los años 90 del siglo pasado. Para sus conductores, incluido su antecesor Fernando Henrique Cardoso, la única función atribuible al Estado era la ejecución de programas sociales como parte de su vocación natural para corregir las desigualdades. Lula, que cumplió con creces en materia social, además retomó una apuesta con el Estado como motor de crecimiento.

El año 2007 inició un Programa de Aceleración del Crecimiento, PAC (unos 320 billones de dólares de inversión) para  mejorar las infraestructuras. Financiados principalmente por el Estado, las empresas públicas y, solo en tercer lugar,  por el sector privado, que operó vía incentivos fiscales. En marzo del 2010, lanzó el PAC 2, proyectando inyectar cerca de 500 billones de dólares entre los años 2011 y 2014.

En la década de los 90 la inversión pública había caído al 0.5% del PIB. Hoy llega al 4%, y se considera deseable un 7% para un crecimiento sostenible. Esa apuesta es correcta, señalan los especialistas pues desde 1930 en adelante, la inversión privada ha seguido el ritmo del Estado.

El ícono de esta apuesta, muy presente en el proceso electoral ha sido Petrobras, la estatal brasileña de energía. El 24 de septiembre Lula, vestido con la chaqueta de los trabajadores de Petrobras celebró, en la bolsa de Sao Paulo, la emisión de acciones en que esta recaudó la cifra de US$ 70.000 millones de dólares, en la mayor capitalización de la historia. Hecho que es un expreso apoyo de los inversionistas a Brasil.

Para los que gustan de las comparaciones, el valor de mercado de la compañía subió por sobre los US$ 220.000 millones, un poco menos que el PBI argentino, país que mientras Petrobras se aliaba con capitales privados para dar  un salto inalcanzable, decidió vender YPF y renunciar a la soberanía energética.

Ese posicionamiento internacional agresivo en lo económico fue acompañado de un soft power que revela la voluntad de Lula de poner a Brasil como potencia mundial usando preferentemente métodos no coercitivos para aumentar su influencia.

La ayuda humanitaria del país alcanzó niveles excepcionales desde el año 2003 y en el 2006  organizó un organismo especializado para la Coordinación de las Acciones Internacionales de combate contra el Hambre y  cooperación, incluida la transferencia de tecnología y la formación de recursos humanos.

Aunque tiene un rango todavía menor, brasil ha hecho una contribución significativa en dominios como la agricultura, la salud (programa de lucha contra el SIDA) y las políticas sociales (Programa BolsaFamilia que es parte de Hambre Cero), catalogado hoy como el más importante mecanismo de transferencia de recursos a sectores pobres en el mundo.

“Este soft power, ha transformado a Brasil en una voz respetada en todo el mundo”, dice Lamia Oualalou, corresponsal de los principales medio europeos en Brasil, y con un vasto conocimiento sobre todo el período de Lula. “Esa postura será posiblemente uno de los mejores argumentos para ocupar un sitial estable en el Consejo de Seguridad de la ONU al que el país aspira”, agrega.

Ayer domingo, el aura del gobierno de Lula se desplegó en todo Brasil igual que el Teatro Mágico de Osasco, una pequeña urbe pegada al  suroeste de Sao Paulo, para influir la decisión de los electores.

Allí, en esa ciudad, un grupo contracultural de música y circo, con los mismos 8 años de vida que tiene el mandato de Lula, ha ido generando un cambio esquisito y espantoso* en cultura musical y del espectáculo del país. Lo mismo que hizo Lula, para reinventar de verdad el horizonte del mundo del trabajo. Infinito.

Anoche escuché con más placer que nunca la canción de Chico Buarque A pesar de vocé, ese himno contra la dictadura brasileña, que seguramente Lula cantó muchas veces en su juventud, dirigiendo las grandes huelgas de Brasil en los años 70. Fue mi manera de celebrar, por que efectivamente hoy es otro día y se sobreentiende por qué debiera ganar Dilma Rousseff.

*Esquisito en portugués  significa raro, excéntrico. Espantoso significa maravilloso.

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