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Asunto mapuche: reconocimiento y representación

por 5 octubre 2010

Un grupo organizado absolutamente minoritario (bien asesorado) dedicado a actividades delictivas logra construirse comunicacionalmente como “representante” de un “pueblo” que no existe como unidad política del cual cuentan una historia que los convierte a ellos en chivos expiatorios.

La posición política de una persona obedece siempre a una representación mental de los hechos ajustada a una escala de valores arreglada, a su vez, por criterios de proximidad (identificación e interés) que operan para eximir, agravar o atenuar los juicios. Normalmente estos últimos criterios permanecen en el plano de lo inconfesable.

Toda esta operación ocurre de una vez. Clasificar y juzgar, en política, es siempre lo mismo. Muchas veces las batallas políticas son clasificatorias: “pronunciamiento” o “golpe”, “terrorista” o “preso político”.

En las modernas democracias donde grandes poblaciones son administradas, en buena medida, por los medios de comunicación, ganar las batallas clasificatorias hace toda la diferencia. La mayoría de la humanidad, desprovista de educación moral y actuando de buena fe, tenderá a ajustar su opinión sobre los hechos que le parecen lejanos a su experiencia del mundo a la manera en que esos hechos son delineados comunicacionalmente por las facciones de las elites, pequeñas minorías organizadas, que se disputan la legitimidad política. Toda victoria política es antes una victoria en el sentido común.

Un grupo organizado absolutamente minoritario (bien asesorado) dedicado a actividades delictivas logra construirse comunicacionalmente como “representante” de un “pueblo” que no existe como unidad política del cual cuentan una historia que los convierte a ellos en chivos expiatorios.

El “caso mapuche”, tan bullado en las últimas semanas, nos ofrece un ejemplo excelente de activismo comunicacional y lucha por la representación: un grupo organizado absolutamente minoritario (bien asesorado) dedicado a actividades delictivas logra construirse comunicacionalmente como “representante” de un “pueblo” que no existe como unidad política del cual cuentan una historia que los convierte a ellos en chivos expiatorios: asaltan el espacio sacrificial. El Estado de Chile, sin percatarse del juego al que entra, termina por clasificar como “terroristas” (enemigos del Estado capaces de alterar gravemente el orden público) a esta minoría organizada. Es una concesión maravillosa que completa la ecuación: la CAM representa a los mapuche, el Estado considera enemiga a la CAM, luego, el Estado es enemigo de los mapuche. Conclusión: llamen a la ONU. En ese punto la prisión de un grupo de delincuentes se convierte en la prisión política de “los mapuche”.

Acto seguido, la mayoría de los grupos políticos cuyo discurso se sostiene sobre la representación ficticia de “mayorías oprimidas” que las modas intelectuales europeas han convertido en “suma de minorías” intentan capturar comunicacionalmente el suceso. Así, se da la sagrada alianza imaginaria entre pobres, estudiantes, indígenas, mujeres, homosexuales, lisiados y lo que sea. Diputados hacen huelgas de hambre ficticias que se suman a otras huelgas de hambre ficticias (unas ridículas por su duración y las otras inverosímiles por lo mismo). Estudiantes paran sus actividades en “solidaridad”. Se ha generado una moda (es tiempo de cosechar, moverse rápido, pues todos los políticos saben lo poco que duran estas modas). La buena fe de las mayorías hace lo suyo: muchos suman su pena, su voluntad, su esperanza por un mundo mejor a “la causa”. El discurso captura, remece, explica. Hay elecciones en cuatro años.

Finalmente el Estado negocia con delincuentes presos que lograron convertirse, por un momento, en corderos sacrificiales que no deben morir. Activa planes para mejorar la situación de “los mapuche”. Da explicaciones a suecos y holandeses espantados. Se golpea el pecho con el esquizofrénico convenio 169 de la OIT. Se revisan leyes penales. Organizan una “mesa de negociación”.

La moda será desactivada por un tiempo. Dejada en barbecho. Volveremos a los mineros o al índice de Gini. Los políticos capturarán otras imágenes para rellenar la sed de sentido de las mayorías. Hay que recalcar aquello de la “sed de sentido”: la lucha por el reconocimiento realmente es ver en el otro ese mismo espacio vacío que todos llevamos dentro y negarnos a llenarlo con ficciones baratas. Eso abre la puerta a lo trascendente y permite amar (y perdonar). La lucha por la representación es todo lo contrario: es la lucha por una ficción barata.

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