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El momento más feliz

por 13 octubre 2010

El momento más feliz
Quizás deberíamos haber elegido el minuto feliz de la Tatcher, al recibir a sus soldados victoriosos después de la victoria de las Malvinas. Para qué hablar de Pinochet (¿se puede?), quien debe haber sentido el pecho a punto de romper los botones dorados después del resultado del plebiscito de 1980. O del propio Lagos, quien pudo sentir que la historia le sonreía (al menos de manera más efusiva que todas las otras mañanas) cuando puso la rúbrica a una remozada Constitución desterrando al propio Pinochet del texto.

Esta columna trata de dos cosas. La primera la llamaremos metodológica y la segunda más bien política. Están asociadas porque nacieron juntas en un tweet que escribí el día que todo Chile estaba pendiente del rescate de los 33 mineros. Decía “Hitler tuvo el momento más feliz de su mandato al entrar a París; Piñera lo tendrá en pocas horas más…”

Mi intención, en este caso particular, no era provocar. Pero emergieron reacciones virulentas. Algunos  utilizaron la elegante fórmula “desafortunado comentario”, mientras otros tantos ejercitaron el clásico deporte de disparar al mensajero con toda clase de epítetos. Una chica se mostró ofendida por mi poca sensibilidad ante el holocausto judío. Del desconcierto absoluto pasé a la comprensión: había abusado de la prudencia nombrando al innombrable, que no consideramos digno de comparación de ninguna especie. ¿Es esto aceptable? ¿No estaremos en presencia, como escribió otro tuitero, de una forma de “fascismo conversacional”?

Si usted es un amante de los animales, mientras yo soy sádico y perverso  con las mascotas, ¿significa este factor que nos diferencia (y seguramente nos pone en categorías morales más generales como “bueno” y “malo”) que no podemos compararnos en ningún otro plano? En el caso propuesto, si nuestra relación con el reino animal constituye un elemento tan determinante entonces el ejercicio de buscar cualquier otra variable de comparación se hace insulsa, inútil, irritante e incluso insultante. Si nos acogemos a esta teoría, entonces estaremos coartando la posibilidad de seguir tejiendo conocimiento a través de la investigación y reflexión a través de la discusión abierta.

El sueño hecho realidad de Hitler nos recuerda la ocupación de París, y con ello las penurias del pueblo galo y otros tantos europeos, pero eso no cambia el hecho de que Hitler efectivamente se sentía el hombre más dichoso del planeta en esos instantes, que es lo cual estamos conversando.

Hitler pudo ser un genocida y un lunático egocéntrico, pero ninguna de esas dos características (que, es cierto, configuran su cara más conocida) obsta a que estudiemos las formas en que accedió al poder, el tipo de leyes que promovió o las tácticas de guerra que utilizó. O que, por ejemplo, discutamos acerca del momento en el cual parecía estar seguro de su victoria sobre los aliados; yo opino que es cuando entra triunfalmente en París y se fotografía con la Torre Eiffel de telón de fondo. Y me resisto a que no se pueda decir palabra sobre eso.

Esto abre la segunda discusión, acerca de cuál es el momento más feliz en el mandato de cada gobernante. La comparación que trajo a colación a Hitler bien pudo haberlo hecho con Mandela, quien ha señalado que ganar el Mundial de Rugby de 1995 es la postal que resume todas sus alegrías.

Pero seamos honestos: si hubiera comparado a Piñera con Mandela también me habrían tildado de momio fanático, ridículo o desproporcionado. Quizás deberíamos haber elegido el minuto feliz de la Tatcher, al recibir a sus soldados victoriosos después de la victoria de las Malvinas. Para qué hablar de Pinochet (¿se puede?), quien debe haber sentido el pecho a punto de romper
los botones dorados después del resultado del plebiscito de 1980. O del propio Lagos, quien pudo sentir que la historia le sonreía (al menos de manera más efusiva que todas las otras mañanas) cuando puso la rúbrica a una remozada Constitución desterrando al propio Pinochet del texto. Las razones que tuvo cada uno de ellos para sentirse plenamente feliz pueden ser de diversa índole; el sueño hecho realidad de Hitler nos recuerda la ocupación de París, y con
ello las penurias del pueblo galo y otros tantos europeos, pero eso no cambia el hecho de que Hitler efectivamente se sentía el hombre más dichoso del planeta en esos instantes, que es lo cual estamos conversando (por absurda que sea la conversación).

Que todos los nombrados representen para usted modelos completamente disímiles de moralidad política, no obsta a que, como ciudadano racional, sea capaz de compararlos en distintas esferas comparables (la duración de sus mandatos, la relación con los partidos, sus preferencias musicales o el color de sus ojos).

Dicho todo esto, vamos a lo importante… ¿es el rescate de los 33 mineros el momento más feliz del Presidente Piñera?

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