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Urgentes lecciones de una experiencia que no debió ser

por 21 octubre 2010

Lo que queda a la vista es que Chile ha desconocido su responsabilidad de país que vive de la extracción minera y está en deuda con los trabajadores –en este caso, los mineros.

Cuando asistimos al exitoso rescate de los mineros que podrán retomar –con más o menos dificultades- sus vidas, al fin del reality exhibido por los canales de televisión, y el pronto retorno de las casacas rojas a los armarios para que las autoridades retomen sus responsabilidades regulares, llega la hora de los balances y las lecciones.

Habrá balances económicos, políticos, familiares, personales. Alguien deberá informarnos de las ganancias y nuevos negocios que proyectan las empresas de ingeniería y las fábricas de todo tipo de implemento y producto utilizado en esta hazaña colectiva; de las ganancias y posibles negocios de la industria de las comunicaciones y las entretenciones, de las aventuras turísticas que más de un empresario imagina aprovechando las bellezas del desierto, la producción vinícola de Copiapó y el “lugar de los hechos”, convertido en “monumento”, etc. Los frutos económicos no se harán esperar.

Lo que queda a la vista es que Chile ha desconocido su responsabilidad de país que vive de la extracción minera y está en deuda con los trabajadores –en este caso, los mineros.

Las encuestas ya proyectan nuevos liderazgos políticos –los destacados por la prensa, naturalmente, no los que ha dejado fuera a pesar de sus aportes. Las familias de estos mineros, víctimas y sujetos del final feliz de la historia, repensarán sus vidas a la luz de lo sucedido, de las ofertas por cumplirse, de sus aspiraciones y lazos afectivos. Cada actor involucrado en estos hechos hará frente a su destino: los responsables del desastre, las víctimas y quienes han intervenido en su solución, mujeres y hombres de temple que nos enorgullecen al sacar lo mejor de sí mismos. Lo más fácil es decretar “milagros” –ignorar la desidia de los responsables- y atribuir el éxito a la mano divina, pero lo que necesitamos es hacernos cargo de las consecuencias de actos humanos, de individuos y de la sociedad toda.

Lo que queda a la vista es que Chile ha desconocido su responsabilidad de país que vive de la extracción minera y está en deuda con los trabajadores –en este caso, los mineros: no ha ratificado convenios de la OIT que los protegen, ha privilegiado la oferta laboral precaria sin fiscalizar las condiciones de trabajo, ha debilitado y desfavorecido las organizaciones sindicales, y lamentablemente, no es la mejor señal la ley que está aprobando el Parlamento como royalty minero: es demasiado lo que se llevan para un país pequeño con recursos limitados.

El sacrificio y la valentía de los mineros y sus familias será en vano si no nos apuramos en sacar lecciones y concretar medidas para que nunca más un minero –chileno o inmigrante- arriesgue su vida en un pique para sustentar a su familia, al tiempo que multiplica las utilidades de los empresarios.

Que las promesas de trabajo y seguridad no se queden en el discurso, que la solidaridad no se agote al terminar esta nueva “teletón” y apagarse los focos de los canales de televisión, que la amistad con Bolivia sea más que una conferencia de prensa de los Presidentes en el desierto chileno. Es urgente legislar para frenar a los malos empresarios y asegurar los derechos de los trabajadores, modificar la regulación y prácticas de fiscalización, fortalecer las organizaciones sindicales y garantizar condiciones de vida adecuadas a chilenas y chilenos, pero también a quienes migran a nuestro país en busca de trabajo.

Debemos mostrar al mundo que estamos a la altura de los mineros y sus familias.

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