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La gran paradoja de la educación parvularia

por 23 octubre 2010

Tras esta educadora hoy enjuiciada y despreciada por la opinión pública, no sólo hay un espantoso y repudiable incidente; hay también un entramado de responsables, que por las razones que fueran, transgredieron el rol pedagógico de la educación parvularia e invisibilizaron el bien superior del niño.

¿Se le ocurriría a un paciente de incontinencia urinaria, solicitarle a su urólogo que lo pase a buscar de camino al pabellón?  Claramente no. Sin embargo esta misma pregunta, hecha respecto una educadora de párvulos, es absolutamente plausible y permite todo tipo de relatos verosímiles. Pareciera que el imaginario social respecto de la educadora de párvulos (la parvularia, como la llaman los discursos cotidianos) y su campo profesional, se han desdibujado.

Hoy en Chile, asistimos a la gran paradoja de la educación pParvularia. Mientras más relevancia cobra la educación inicial y sus instituciones, para la construcción de capital cultural y el desarrollo social de las naciones, más se desprofesionalizan las educadoras de párvulos. Lo cierto es que las pedagogas especializadas en primera infancia, parecen perder credibilidad en el debate nacional educativo y político (¿había alguna educadora de párvulos en la comisión presidencial para la infancia? ¿Había alguna educadora de párvulos en la comisión presidencial de educación? No y no). Cuando las profesionales de la educación parvularia se visibilizan en la prensa y en el debate público, terminamos constatando la precariedad de su formación, la ambigüedad de su identidad profesional y su carácter de oficio lúdico, maternal y feminizado. Y por supuesto, ante la urgencia de contener la calidad de la educación inicial, entran a ocupar e incidir en ese campo profesional, psicólogos, economistas, sociólogos y un sinfín de especialistas distintos de la educadora de párvulos.

Tras esta educadora hoy enjuiciada y despreciada por la opinión pública, no sólo hay un espantoso y repudiable incidente; hay también un entramado de responsables, que por las razones que fueran, transgredieron el rol pedagógico de la educación parvularia e invisibilizaron el bien superior del niño.

Tan precaria es la imagen social de la eEducadora de párvulos, que ante una impugnable práctica institucional, legitimada por familias, sostenedores y profesionales de su comunidad educativa, puede  terminar ella como depositaria de toda responsabilidad. La opinión pública, la justicia y el Sename debieran advertir que este tipo de prácticas, absolutamente cuestionable desde lo ético y lo legal, se construyen en el consenso institucional de múltiples actores y se definen en la gestión del jardín infantil en tanto organización. Tras esta educadora hoy enjuiciada y despreciada por la opinión pública, no sólo hay un espantoso y repudiable incidente; hay también un entramado de responsables, que por las razones que fueran, transgredieron el rol pedagógico de la educación parvularia e invisibilizaron el bien superior del niño, tal como lo establece la Convención Internacional.

Este terrible hecho, es sintomático de un fenómeno social que hemos venido configurando desde hace décadas. Somos una sociedad que por más que releve la educación como derecho y factor de modernización, en la práctica, es incapaz de reconocer a las personas que la habitan y la construyen. Reproducimos día a día de manera silenciosa, relaciones de violencia y desaprobación para con otros. Una educación de calidad, es una educación que se enfoca hacia la justicia social y que por tanto, no sólo redistribuye (textos, alimentación y horas de estudio) en un contexto de inequidad, sino que reconoce a las personas, y sus inalienables derechos humanos. Los niños y niñas, no son bultos a los cuales transportar, son ciudadanos a quienes  proteger e integrar a la sociedad. Y las familias, independiente de su conformación, color y sabor,  no son simples clientes de un jardín infantil o centro educativo. Las familias son las primeras formadoras y responsables de la educación de sus hijos y deben autoreconocerse como eficaces protagonistas en el resguardo de los derechos de los niños. Las educadoras no son un recurso más de educabilidad a las cuales haya que resetear en un formato 2.0. Son sujetos con capacidad de acción y transformación social, que en tanto profesionales, deben asumir un activismo pedagógico y ético, a favor de la primera infancia.

Finalmente, los sostenedores y políticos vinculados a la educación, que son también parte de este fenómeno, deberían sentirse interpelados a desafiar la gran paradoja de la Educación Parvularia. En ello, una buena pista para enfrentar el desafío, sería alejarse de ideas reduccionistas que se quedan en superar la precarización del trabajo informal y la sobre regulación de ciertas prácticas. Todo indica que visibilizar e intervenir la pura logística de la situación, se queda en el mero adornamiento de las formas. Cuando en realidad lo que requerimos, es una política basada en la justicia social que reconozca las relaciones y las subjetividades de los actores, para el fortalecimiento de un campo profesional.

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