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La dimensión subjetiva de la política y la construcción de narrativas

por 24 octubre 2010

El discurso de que debe ser el mercado, que a través de la libre interacción entre oferta y demanda genere los mecanismos para la reocupación de los mineros, demuestra el fuerte influjo neoliberal de quienes gobiernan y que no disimulan a la hora de las declaraciones públicas.

Como nos planteaba el cientista político Norbert Lechner, nunca se logrará comprender adecuadamente la política, sino indagamos en su parte subjetiva. Esta dimensión de la actividad política tiene un componente especialmente simbólico, afectivo y se construye a través de diversas narrativas, que le dan sentido a la acción, que la sitúan, que la posicionan, que permiten la disputa por esa construcción nunca acabada del “orden” deseado.

Esa construcción de narrativas, que antaño tendían a ser omniabarcantes en su dimensión social, hoy día tienden a ser más difusas, etéreas, casi inexistentes. Tal es la percepción del vaciamiento de las mismas, que muchos autores han hablado de la crisis de la política. Para uno de los sociólogos más importantes de nuestro país, Tomás Moulian, la política se ha vaciado de esa dimensión, transitando de una política letrada a una política analfabeta.

Ese analfabetismo también está asociado a la farandulización de la política. Cada día las acciones políticas se vacían de una narrativa que les de sentido, que las sitúe proyectivamente, que las dibuje en un mapa cognitivo, que nos ayude a construir nuestro horizonte de expectativas; pero por otro lado, se llenan de un presentismo inmediato, rodeado de imágenes rimbombantes, de medios de comunicación que transmiten la instantaneidad y que hacen suponer que la propia imagen hablará por si sola, sin la necesidad de la narración, mientras simultáneamente, las decisiones políticas comunicadas se hacen considerando el “people meter” de las encuestas y los políticos, necesitados de esos instrumentos, toman decisiones que miradas desde más lejos pueden resultar contradictorias y hasta divergentes.

El discurso de que debe ser el mercado, que a través de  la libre interacción entre oferta y demanda genere los mecanismos para la reocupación de los mineros, demuestra el fuerte influjo neoliberal de quienes gobiernan y que no disimulan a la hora de las declaraciones públicas.

El espectáculo mediático que banalizó la situación de precariedad laboral existente en Chile, que ha presentado como héroes patrios a 33 mineros que sufrieron un casi fatal accidente por falta de seguridad en sus faenas de trabajo, generó una gran conmoción ciudadana y una alta expectación medida en ránking de popularidad de los políticos y profesionales vinculados al rescate, que el equipo de gobierno espera se traduzca en indicadores de aprobación a la gestión política del gobierno de Piñera.

33 mineros que después de ser rescatados exitosamente tras una gestión profesional y técnica impecable, no desdibujan para nada las problemáticas laborales existentes en Chile y en el mundo, así como tampoco la relación del Estado con la regulación del mundo del trabajo y la capacidad de intervenir en la relación entre capital y trabajo. Sin embargo, una vez que se produjo el rescate, los propios funcionarios del gobierno se han encargado de socializar la idea de que al Estado sólo le competía su rescate, todo lo demás, deben solucionarlo los actores, porque es un conflicto entre privados. El discurso de que debe ser el mercado, que a través de  la libre interacción entre oferta y demanda genere los mecanismos para la reocupación de los mineros, demuestra el fuerte influjo neoliberal de quienes gobiernan y que no disimulan a la hora de las declaraciones públicas. Sin embargo, el neoliberalismo no ha logrado nunca construir una narrativa que no sea la de la naturalización del mundo social, la de la no política, la de la tecnificación.

Pero los famosos “33” convertidos en un producto de “exportación” no tradicional, transitan por el mundo transformados en souvenir que el Presidente regala en sus giras. El presidente ha querido construir una narrativa de unidad con este episodio, llegándose a insinuar que el rescate marca un basculamiento clave en la historia reciente. Que hay un Chile antes y después del rescate minero. Que hemos demostrado que hacemos las cosas bien. Que el rescate fue símbolo del desarrollo alcanzado como nación. Pero por otro lado, que esto sólo se hizo posible gracias a “la nueva forma de gobernar”.

Sin embargo, esa narrativa sigue siendo esquiva, sigue siendo poco integradora, poco cautivante. El episodio coyuntural no logra ser situado en una cadena mayor. Se agota en si mismo, trivializado, sobre explotado. La gesta no logra competir con otras narrativas históricas existentes, convocantes, más generales. ¿Por qué? Porque la política en manos de neoliberales “declarados” (y nos los encubiertos incómodamente que transitaban en la Concertación) han desnudado a la política de su posibilidad de disputar la construcción del orden deseado, le han negado a la utopía su capacidad de existencia, cosificando el presente y naturalizando el mundo social. Piñera, su gobierno y su coalición, están ideológicamente condenados a construir esas narrativas pequeñas que no logran poner en perspectiva ni los avances ni los fracasos, porque muchos de ellos no creen en la política como el gran instrumento constructivista en el que diseñamos y disputamos el horizonte de expectativas.

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