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Los inadaptados

por 25 octubre 2010

¿Cuánto más segmentada y estratificada estará la sociedad chilena al cabo de cuatro años? Es difícil saberlo pero lo cierto es que asistimos, no ya a un mercado desbocado por oportunidades de negocio, sino a un Estado que también servirá para el mismo fin.

El exitoso rescate de los mineros atrapados en el norte ha venido a confirmar que la costumbre de decidir con lógica de inversionista del Presidente Piñera puede dar buenos frutos en política.  Por lo pronto, le ha entregado al gobierno el relato, en todo o en parte del que, según sus críticos, carecía. Adicionalmente, abrió interrogantes sobre el uso de su capital político recargado.

A su estilo, tildado como individualista porque no considera a sus propios partido, o populista, por lo sucedido en el caso Barrancones, y que bien pudiera ser una mezcla de populismo presidencial antipartido, se suma la capacidad para abducir temas que, como lo protección social, se asocian al ideario progresista. Ante esta capacidad camaleónica, aparece una disyuntiva: de acuerdo al senador Longueira, la Concertación recién habría caído en la cuenta de que estuvo gobernando con el modelo de mercado, del que ellos son los progenitores pero, por otro lado, todo el mundo debiera tener oportunidades para la resocialización y el aprendizaje, incluida la derecha. Por tanto, ¿por qué no podría haber comprendido su valor, tal como la centroizquierda entendió la importancia de los equilibrios macroeconómicos y la prudencia fiscal, llegando a veces al paroxismo? Sin embargo, por mucho que la mona se vista de seda, todo tiene un límite y la igualdad de género, asociada a la modernidad donde la pongan, resulta más bien una mueca bajo la actual administración.

¿Cuánto más segmentada y estratificada estará la sociedad chilena al cabo de cuatro años? Es difícil saberlo pero lo cierto es que asistimos, no ya a un mercado desbocado por oportunidades de negocio, sino a un Estado que también servirá para el mismo fin.

Nuestro sistema político, petrificado hace rato por obra del binomial, se ha alborotado un poco. Es cosa de revisar el desempeño presidencial bajo la transición. Aylwin estaba cercado por los “enclaves autoritarios” de la Constitución del 80; Frei descansó en sus ministros; Lagos apeló a una cierta teatralidad monárquica y Bachelet, aunque se permitió una licencia con su primer gabinete, rectificó prontamente y gobernó con freno de mano. Resultaba hasta entendible: todo error se convertía en la excusa perfecta para cuestionar su autoridad. Bien por factores de contexto, político-institucionales (inexistencia de mayoría en el Congreso) o culturales (estereotipos de género), lo cierto es que los anteriores liderazgos presidenciales, vistos en la distancia, a más de alguno se le antojarían rutinarios.

En el Chile post rescate, encontrar el tono como oposición se ha puesto más cuesta arriba. En un diario de la plaza, el analista Ernesto Águila, vinculado al PS, informaba del camino que ha tomado la Concertación, aunque se anticipa a formular sus reservas por su resultado: renovación desde adentro, por la vía de nuevos liderazgos; defensa del legado y reconexión ciudadana a través de primarias abiertas. ¿Bastarán las primarias para producir la anhelada reconexión, como si fuera un asunto casi mecánico? Por otra parte, poner muchos huevos en esta canasta es riesgoso ya que suelen generar nuevos problemas. De reducirse a estos aspectos, frente a un padrón electoral modificado, quizás termine por confirmarse su dificultad para sintonizar con los nuevos tiempos. Presa de un paradójico déficit sociológico porque cuenta con intelectuales de fuste, cuesta entender su refugio en estrategias todavía un tanto cupulares, reactivas y poco imaginativas. El llamado “rearme” concertacionista tiene también otras dimensiones, más silenciosas pero reveladoras de los aspectos grises de la naturaleza humana. Nos referimos a la recriminación, por sutiles y variadas formas porque ya no se dispone del aparato del Estado, a los que se fueron de sus filas.

No hay espacio ni para inadaptaciones ni para ensimismamientos. Aunque duela, debiera aceptarse que buena parte de los chilenos se entusiasma más hoy con la lógica del consumo y de las oportunidades lo que, lamentablemente, forma parte también del legado, y no vibra al son ni de universalidad ni de derechos. Es la pobreza cívica a la que alude el historiador Gabriel Salazar como consecuencia, entre otros factores, del abandono de la educación ciudadana, de cruzarse de brazos ante la concentración del capital en el ámbito de los medios que busca, salvo contadas excepciones, entontecernos y de la adopción de una visión de la participación ciudadana y de la sociedad civil más comprometida con los procesos electorales, con la rendición de cuentas, con la relación entre gobernantes y gobernados de tipo vertical y con un enfoque de la democracia de tipo competitivo-elitista. Esto es lo que hay, un fenómeno más cercano a la ciudadanía de mercado que a una participativa o de tipo deliberativo. Por escasas cosas están dispuestos hoy los chilenos a salir a la calle  salvo para asistir a espectáculos como el de la Pequeña Gigante. Es por eso que el movimiento pingüino, con todos sus méritos, fue idealizado.

Por tanto, estarían dadas las condiciones para que el gobierno, en una ofensiva de vaciamiento del Estado, avance en la instalación de la “portabilidad” en el sistema de salud, asignándole a los privados la prestación de servicios garantizados por ley bajo el supuesto de que a los chilenos les resulta indiferente quien lo haga. La salvación pasa, en los tiempos de la “nueva forma de gobernar”, por soluciones individuales. También en educación se avanza rápidamente con los Liceos de Excelencia. ¿Cuánto más segmentada y estratificada estará la sociedad chilena al cabo de cuatro años? Es difícil saberlo pero lo cierto es que asistimos, no ya a un mercado desbocado por oportunidades de negocio, sino a un Estado que también servirá para el mismo fin.

Quien siga pensando que el Estado no debe reducirse a eso, sino que es un instrumento para la búsqueda incesante de decencia y de justicia social, que de un paso al frente. Lo necesitamos.

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