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Libros que uno recomienda, que le recomiendan y por qué todo esto

por 29 octubre 2010

Una de las cosas más gratificantes en la vida de quienes se dedican a la literatura es la posibilidad de recomendar libros. Además, es uno de los pocos momentos en que difícilmente un escritor o un crítico puede ser acusado de vanidoso: uno no recomienda los libros propios y uno no será quien derive placer de la posible lectura: ese gusto le tocará, en el mejor de los casos, si la respuesta es redonda, a quien siga el consejo.

Creo haber contado esto antes: cuando era niño, muy pequeño, mi mamá intercalaba entre mis canciones infantiles poemas de García Lorca y del romancero morisco, y luego, audazmente y acaso sin consierar las consecuencias, sonetos de Lope, Góngora y Quevedo y fragmentos de Calderón de la Barca. Era una recomendación oblicua, que he segudio para siempre.

Apenas había conocido a Luis Jaime Cisneros (tenía yo poco más de 17 años), cuando me recomendó leer el Extraterritorial de George Steiner. Tiempo después me sorprendió pidiéndome que lo reemplazara en una clase y diciéndome que la matería sería uno de los ensayos de ese libro (sobre el poeta Osip Mandelstam; lo habíamos conversado varias veces). Desde ese momento Luis Jaime me preparó conscientemente para una vida como profesor universitario. Y aquí estoy, veinticinco años más tarde, haciendo precisamente eso.

(Luis Jaime también fue el primero en ponerme en las manos un libro de Felisberto Hernández, uno de Horacio Quiroga, uno de Adolfo Bioy Casares).

No todas las recomendaciones lo marcan a uno tanto, pero una bien hecha deja señales de todas maneras. Cada uno de mis autores favoritos llegó por recomendación de alguien. En mis primeros semestres en la Católica, cuando había leído tan poco que cualquier autor aconsejado me sonaba misterioso y necesario, mi amigo Tito del Piélago me recomendó leer a Cisneros y a Luis Hernández; Daniel Salas a Eliot y a Pound; David Colmenares a William Beckford y a Thomas Bernhard; José Luis Gastañaga a Rimbaud y a Baudelaire.

Mario Montalbetti me llevó a Wittgenstein y a Frege y a un ensayo de Hilary Putnam que ahora forma parte de mis clases sobre Borges. (Obviamente, también a Chomsky). Años después, Peter Elmore me puso sobre la mesa a Fogwill y a Lamborghini; mi esposa, Carolyn Wolfenzon, me dio a Ibargüengoitia y a Jaime Saenz; Dominick LaCapra me aproximó para siempre a Primo Levi y, curiosamente, cerrando un círculo, me hizo leer al George Steiner novelista. Pedro Pérez del Solar me dio a Joe Sacco, a David B, a Art Spiegelman y me persuadió de releer a Saer (mientras Peter Elmore intentaba disuadirme de lo mismo). Y así sigue la lista; imposible recordarla entera.

Durante mis años de reseñista en la prensa, entendí que mi trabajo era afortunado porque me permitía devolver el favor de tantos amigos: cada columna era una recomendación. Ok, algunas eran más bien una advertencia y un grito de alarma; pero la mayor parte eran recomendaciones: leer un libro y disfrutarlo es una operación inconclusa y amputada si uno no pasa a aconsejarles a otros su lectura.

Algunas amistades las he cultivado recomendando libros y siguiendo las eventuales contraofertas. Otras se han iniciado porque recomendé los libros de un autor que luego se hizo amigo mío, como Enrique Prochazka o Edmundo Paz Soldán (que me pagó revelándome los finales de las novelas que yo empezaba a leer: a un amigo no se le perdona todo, sólo casi todo).

Este blog también tiene esa intención, aunque la realidad y los accidentes lo lleven con frecuencia en otras direcciones. Desde aquí he recomendado a casi todos los autores que listé más arriba, y a otros, para no detener el espiral que me llevó a conocoerlos: los uruguayos Mario Levrero y Armonía Somers; los chilenos Juan Emar, Baldomero Lillo y Héctor Pinochet; el ecuatoriano Pablo Palacio y el paraguayo Gabriel Casaccia; los holandeses Willem Frederik Hermans y Harry Mulisch; el polaco Tadeusz Borowski; los argentinos Copi, Dabove, Valenzuela, Castillo y, sobre todo, el maestro Rodolfo J. Wilcock.

La razón detrás del impulso a recomendar es menos egocéntrica que el resto de las cosas que se suelen hacer en el mundo de la literatura, pero no está enteramente libre de interés personal: cuando uno recomienda una ficción, le está aconsejando a otro que se introduzca en un mundo en el que uno ya habita, le está pidiendo que lo acompañe y está esperanzado con la ilusión de que el otro ingrese allí y vea y reconozca las cosas que uno ha visto y acaso le descubra otras más.

Por un tiempo, espero volver a dedicar el blog a eso.

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