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Bolivia, Chile y Perú: conflicto de emociones

por 31 octubre 2010

Las tesituras emocionales asociadas al conflicto pos Guerra del Pacifico; emociones que están en la base de la manera racional o no –del sentido común- de enfrentar el tema en cada uno de los tres países, cada vez que se conversa sobre este.

De un lado y otro del espectro político, en un par de excelentes e informadas columnas de opinión, en El Mostrador se ha abordado con renovados bríos el conflicto más que centenario entre los tres países andinos del cono sur: Bolivia, Chile y Perú. Me refiero a Mar de fondo, columna de Carlos Parker, ex embajador y dirigente socialista, y a Mar para Bolivia, de Gonzalo Arenas, diputado UDI. El primero con una mirada reflexiva y panorámica a la historicidad del conflicto y cómo hoy se abriría una oportunidad para su resolución, que exige en Chile una voluntad política que es y debe ser transversal. Mientras el segundo entra al ruedo derechamente con una propuesta de solución, igual de asertiva que su título, convencido que en un marco regional de una potencial “Tormenta Perfecta” contra Chile estarían dadas las condiciones para que audazmente el país se adelante otorgando una salida al mar a Bolivia que redundaría en puros beneficios geopolíticos coyunturales y también en ganacias de toda laya en el largo plazo. 

Sin duda, estos abordajes son bienvenidos, más aún cuando a estas alturas de la historia es un absurdo –como ha sido la percepción hegemónica en el país- hacer como si el conflicto entre los tres países, ya sea latente o explícito, no existiera, afincados en una emoción innominada y en tratados y explicaciones unilateralmente legales. Es un hecho que hay temas pendientes, por lo demás así los últimos gobiernos democráticos en Chile lo han reconocido, en tanto hay agendas con ellos en el debate. En ese sentido, bienvenido que desde la alta política se desate una discusión abierta sobre la materia. Durante los primeros periodos de la recuperación democrática el tema estuvo poco o nada en la agenda pública.

Las tesituras emocionales asociadas al conflicto pos Guerra del Pacifico; emociones que están en la base de la manera racional o no –del sentido común- de enfrentar el tema en cada uno de los tres países, cada vez que se conversa sobre este.

Sin embargo, quiero aquí referirme a una dimensión “blanda” de este conflicto, que en mi opinión es la más “dura”, y que suele ser no mencionada. Me refiero a las tesituras emocionales asociadas al conflicto pos Guerra del Pacifico; emociones que están en la base de la manera racional o no –del sentido común- de enfrentar el tema en cada uno de los tres países, cada vez que se conversa sobre este. Se podrán incluso encontrar e implementar soluciones a los temas supuestamente duros del diferendo, por ejemplo, por donde accederá al mar Bolivia y bajo qué figura jurídica lo hará, cómo se asumirá lo escrito en el Tratado del 29 y en qué rol queda y juega Perú en la solución del foco bilateral de un conflicto que es trilateral; pero siempre será lento y dificil el parto o derechamente inviable si acaso no se avanza en paralelo en resolver el cómo procesar las tres emociones distintas, a veces irreconciliables, con las que vive y recuerda cada pueblo el conflicto.

Los bolivianos viven en la emoción de la pérdida: su lamento del mar es puro dolor ante lo que les fue quitado en una guerra que entre estos perdedores frágiles dejo esa secuela emocional. Los peruanos, perdedores con una historia más densa y de pasado virreynal, viven en la emoción del resentimiento: débil ante Bolivia porque habría no estado a la altura de los aliados que ellos querían y agudo ante un Chile que, junto a quitarles territorios valiosos, accedió triunfante con sus tropas a Lima, escribiendo allí incluso algunas páginas de excesos que son propios de las guerras, pero excesos al fin al cabo que humillaron profundamente al otro. Y los chilenos, pos guerra, hemos permanecido en la emoción del vencedor, con un dejo de arrogancia y soberbia que nos ha llevado a mirar sobre el hombro y a ningunear las secuelas emocionales y de todo tipo del conflicto bélico que los tres países vivimos a finales del siglo XIX.

La coexistencia de estas tres emociones (que son mayoritarias culturalmente en cada país, aunque, como en todo, hubo y hay excepciones), ha sido una constante durante más de un siglo. Poco ha cambiado y poco se ha hecho para que estas cambien, siendo ellas el principal obstáculo en la búsqueda de soluciones.

A mediados de los 90 del siglo pasado –y disculpen la auto-referencia-, junto a dos amigos cineastas, el boliviano Armando De Urioste y el peruano Jorge Delgado, realizamos a tres manos el documental Epitafio a Una Guerra (desde Chile me tocó la co-dirección y edición general del proyecto). Desde la sociedad civil, los tres eramos productores independientes financiados por el Pacto Andino, nos atrevimos a preguntarnos por Lo que nos Une, Lo que nos Separa y Lo que nos Proyecta. Durante las filmaciones conversamos con gente en las calles y entrevistamos a una amplia diversidad de intelectuales, artistas y políticos de los tres países, fluyendo de manera muy diafana la presencia de esas tres emociones fundantes en cada país de cualquier opinión sobre esta materia (más aún, sin explayarme aquí, diría que en cada uno de los tres directores las respectivas emociones subyacían y no nos fue fácil lidiar con ellas).

El documental fue presentado en la CEPAL en Santiago por relevantes políticos y diplomáticos y luego emitido en la TV de los tres países. En coherencia con estas tres emociones: en Bolivia se hizo profusamente; en Chile, ante el silencio de TVN, lo hizó el canal alternativo Rok and Pop varias veces, así como el Ministerio de Educación pioneramente lo adquirió para las aulas; mientras en Perú tuvo su propia deriva, un poco más accidentada. De hecho, precisamente en la línea de ir superando estas emociones (cada una castradora por su carácter unilateral y cada una, por estar en las antipodas de la otra, inhibidoras del diálogo sincero), el documental fue la base para que más tarde se realizarán otros esfuerzos comunicacionales respetuosos de la diferencia –algunos de ellos incluso gozaron de una amplia audiencia- y también para que se iniciaran nuevas redes y acercamientos culturales, entre ellos algunos muy fructiferos como lo fueron los encuentros trinacionales de historiadores para empezar a hilvanar una mirada compartida, que desde sus diferencias buscará el objetivar puentes. 

La sanación de las emociones no es algo fácil, no lo es para el individuo –exigen años de terapia- y menos aún para las comunidades. Resulta inevitable asumirlas y procesarlas de algún modo, pero es un craso error negarlas. Si queremos movernos socialmente en el dominio de las emociones –que subyace al de la política y a todos los otros dominios- debemos hacerlo en el terreno de la cultura, de la micropolitica, de la educación, de los media, de las redes inter-países de comunidades de todo tipo y empresariales, en fin, en cualquier red de conversaciones. Ahí hay mucho por hacer y no hay nada que descuidar si acaso queremos con sinceridad transitar durante el siglo XXI por el camino de la integración respetuosa.

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