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Piñera y los índices de lectura: la revolución está aquí

por 2 noviembre 2010

Me puse de cabeza a buscar más detalles de la noticia que publicó El Mostrador y otros medios, pero no conseguí más información que la de los titulares: en su discurso de inauguración de la Filsa 2010, el Presidente de la República se comprometió a duplicar los índices de lectura de la Nación. Chuata. Gran noticia, ¿cuál es el plan? Sólo el sitio web de la Presidencia se refería a los plazos del empeño:

[...] el Jefe de Estado aseguró que el desafío central es duplicar la lectura de los chilenos y chilenas al final de la década.

No sé en qué momento se hizo una costumbre asumir compromisos que sobrepasan largamente el periodo de gestión de un gobierno, pero tengo la impresión de que cada vez es más frecuente ese tipo de ofertón. No será la primera vez que nos quedemos con la factura en la mano. ¿Por qué el Presidente no se propone una meta más prudente y realizable en el plazo de su gobierno? Es cierto, no se pueden hacer milagros en los niveles de lectura de los chilenos en cuatro años. Pero, ¿es posible duplicar esos índices en una década?

Puesto así, como usted lo lee, es algo más que un desafío tremendamente ambicioso. Sería una hazaña sin precedentes, una verdadera revolución cultural cuyos métodos debieran a partir del 2020 encabezar la lista de exportaciones no tradicionales. Pero démosle al Presidente el beneficio de la duda y revisemos ese pequeño detalle que está a la base de su propuesta: cuál es la cifra que pretende duplicar.

Y, oh, sorpresa. En nuestro país ninguna institución del Estado (ni siquiera el INE) cuenta con estudios que vengan midiendo con regularidad la evolución de los índices de lectura, lo que significa que no tenemos un punto de partida y una metodología probada. La única referencia disponible, relativamente seria y confiable, es la encuesta que la Fundación La Fuente encargó a Adimark en los años 2006 y 2008. Y nada más.

Esa encuesta definió como lectores (frecuentes y ocasionales) a quienes leen al menos un libro al año, categoría en la que estarían poco más del 50% de los chilenos. Duplicar esa cifra en una década tendría un efecto inesperado: Tomás Moro comenzaría a revolcarse en su tumba.

Pero definir una cifra que sirva de punto de partida no es el único problema. El índice de lectura que arroja la encuesta mencionada está vinculado al libro en soporte físico. Ya no hace falta insistir (aunque algunos nos empeñemos en hacerlo) que es una anacronía vincular los índices de lectura al puro consumo de libros en papel. Como nunca antes, el volumen empastado está muy lejos de tener el monopolio de los lectores. Cualquier desafío en este ámbito debe considerar las horas que pasamos leyendo (¡y escribiendo!) frente a la pantalla. El asunto se pone más complejo si además intentamos vislumbrar el modo en que seguirán transformándose las prácticas de lectura en los próximos años.

Entre cortes de cintas, flashes y palabras de buena crianza, Sebastián Piñera ha ensayado su mejor sonrisa frente “al mundo de la cultura” y lanzando un desafío cargado de torpeza, pero envuelto en el papel colorinche de las buenas intenciones y que, hasta donde sé, pasó colado y brillando en ese salón de baratijas literarias. Cómo no.

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