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El plebiscito de Longueira

por 3 noviembre 2010

El plebiscito de Longueira
Marco Enríquez fue objeto de bullying político cuando osó reconocer que Pinochet había sido el gobernante más osado que había tenido Chile en relación a las concesiones a Bolivia. Longueira también deberá aguantar el chaparrón entre los propios. Y aunque siempre está la sospecha de que “los políticos no dan puntada sin hilo”, la capacidad de posicionarse transversalmente en ciertos temas altera el statu quo y genera movimiento hacia adelante. Por eso, se agradece.

Hace un tiempo me sometí a un singular “desafío Pepsi”: sin conocer el contenido de la demanda marítima peruana y su respectiva respuesta chilena, me pareció más justa y razonable la primera. El velo de la ignorancia rawlsiano me hizo pasar por antipatriota. Desde entonces, me he inhabilitado para hablar públicamente del tema. Si hablara a favor de la posición de Chile, sería deshonesto con mi intuición. Si hablara en contra, pecaría de poco prudente (y pasaría por desconocedor de la importancia de la certidumbre jurídica).

Del mismo modo siempre me ha parecido sensata la posición de abrir paso al mar para Bolivia. Que lo haya dicho Marco Enríquez en campaña no parecía una sorpresa. Que lo ponga el senador Longueira sobre la mesa sí lo es. Me dirán que apenas propuso un plebiscito, y que aparte del procedimiento ni siquiera ha explicitado su propia posición al respecto. No es relevante: contribuyó a romper el veto que el nacionalismo impone en el discurso público, particularmente en la derecha.

Como señaló el propio Presidente junto a Angela Merkel, ante la inverosímil pregunta de si nuestro país era un modelo a seguir para Alemania, “Chile es un muy buen modelo”. El problema es que en el barrio donde vivimos lleva demasiado tiempo pareciéndose al mateo que no presta los cuadernos (o que no devuelve el Huáscar).

Sus argumentos son de distinta índole (aprovechar el capital político del gobierno, asumir los códigos de un mundo global, representar coraje y visión de futuro), pero en conjunto apuntan a lo mismo: adoptar, como país, una actitud distinta. Tengo serias dudas que la buena nueva que el Presidente Piñera salió a regalar en su última gira tenga que ver con lo que pide Longueira. El primero entiende la grandeza como un reconocimiento a los méritos propios, mientras el segundo parece estar refiriéndose a una mayor capacidad empática.

Como señaló el propio Presidente junto a Angela Merkel, ante la inverosímil pregunta de si nuestro país era un modelo a seguir para Alemania, “Chile es un muy buen modelo”. El problema es que en el barrio donde vivimos lleva demasiado tiempo pareciéndose al mateo que no presta los cuadernos (o que no devuelve el Huáscar).

Es cierto que los acuerdos comerciales hacen su pega, particularmente en Perú. Pero no todo se reduce a exportar retail. La oportunidad de Chile pasa también por asumir un rol protagónico en el escenario político latinoamericano. Para ello hay que partir solucionando conflictos imperecederos, como bien apuntó Longueira. Cerrar esclusas y avanzar. Con esa idea en mente, la tarea de los actores involucrados es diseñar compromisos basados en ciertos principios y no meramente en regateos coyunturales. Integración, amistad, solidaridad entre los pueblos. Por supuesto que es importante tener acceso al gas boliviano, pero esa no puede ser la razón fundante de los acuerdos. La ventaja de poner los valores primero en una negociación, es que la otra parte también los reconoce como suyos y sobre ellos se construye confianza (Jones & Flynn, 2010).

Marco Enríquez fue objeto de bullying político cuando osó reconocer que Pinochet había sido el gobernante más osado que había tenido Chile en relación a las concesiones a Bolivia. Longueira también deberá aguantar el chaparrón entre los propios. Y aunque siempre está la sospecha de que “los políticos no dan puntada sin hilo”, la capacidad de posicionarse transversalmente en ciertos temas altera el statu quo y genera movimiento hacia adelante. Por eso, se agradece.

Esto no significa que mañana retiremos nuestros planteamientos de La Haya o que les pasemos nuestro pedacito antártico a los demás ocupantes “por la pura buena onda”. No se trata de pasar del mateo egoísta al pavo que le roban la colación de la mochila. Sí se trata de abandonar complejos atávicos y el hábito nunca sano de pensar que porque nosotros lo decimos, debe ser verdad.

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