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Elecciones brasileñas: una bella historia

por 3 noviembre 2010

Dilma es una economista tecnócrata, que dirigió el fondo de un gigantesco plan de obras públicas y encabezó esa enorme compañía mixta que es Petrobrás. Además es más militante y con más formación ideológica que Lula y está rodeada de una coalición de partidos políticos.

La elección de Dilma como presidente de Brasil es una bella historia. Se la acusó de guerrillera, el Papa la criticó, las mujeres y los marginales son las estrellas de la política. La ciudadanía vota masivamente, los herederos de la dictadura militar son grupúsculo, el desarrollismo latinoamericano rompe su ciclo de milagros y decepciones y el mundo del poder mundial deja de ser monopolizado por los blancos.  

Lula y el Partido de los Trabajadores cumplieron el sueño de Getulio Vargas y la profecía de Stefan Sweig de hace más de 60 años. Brasil es hoy una gran potencia mundial, de las llamadas emergentes, y no solamente por su territorio y población, también lo es por su economía, la trinidad del poder que comparte en el mundo solamente con Estados Unidos y China.

En su gobierno de dos períodos, ocho años, finalmente floreció el desarrollismo latinoamericano en tierras brasileñas. Logró disminuir la miseria junto con mantener la estabilidad económica. Incrementó el crédito al consumo como complemento, y no sustituto, de la redistribución del ingreso. Y así disminuyó la miseria y creció la clase media, el sector socioeconómico C, con sólidas bases.

La economía siguió siendo mixta. Lula equilibró el Estado social y el mercado que en estos tiempos es más fácil decirlo que hacerlo. En la llamada Casa Civil (una suma de las secretarías generales de la presidencia y de gobierno y del segundo piso en nuestro gobierno), hay un secretario de Estado de Asuntos Estratégicos, quien planifica el mañana del país. Y el cargo de Ministro de esa Casa lo ocupó durante la segunda administración de Lula la que ahora es la presidenta electa, Dilma Rousseff.

Dilma es una economista tecnócrata, que dirigió el fondo de un gigantesco plan de obras públicas y encabezó esa enorme compañía mixta que es Petrobrás. Además es más militante y con más formación ideológica que Lula y está rodeada de una coalición de partidos políticos.

La elección de Dilma fue también excepcional. Es hija de un emigrado búlgaro, que se exilió por su cercanía con el Partido Comunista, y de una profesora brasileña. Militó en un grupo armado de resistencia a la dictadura militar (1974-85), aunque niega haber participado en una acción con armas, y fue detenida y torturada.

Fue designada como su sucesora por el presidente Lula, quien al igual que la segunda candidata mujer, Marina Silva, viene de familias pobrísimas, con hermanos que murieron de hambre, y prácticamente sin educación formal. Lula abandonó la escuela en el cuarto grado y Marina fue alfabetizada cuando entró a trabajar como empleada doméstica a los 15 años de edad.

En esta oportunidad, ambas mujeres, que se presentaban por primera vez a una elección, acumularon dos tercios de los votos en la primera vuelta, y la eliminada, que salió tercera con un sorpresivo 20 % de los sufragios, también fue ministra de Lula en la cartera del Medio Ambiente.

En esta materia los brasileños son bastante más abiertos que los norteamericanos. Según las encuestas, el 70% de los primeros consideran que es una buena idea tener una presidenta mujer; en el de los segundos, solamente piensan los mismo un tercio, a pesar de que en Estados Unidos nació el movimiento feminista como corriente política.

En ambas vueltas electorales, en contraste con nuestro país, la abstención no fue la opción preferida por la ciudadanía, fue la última. Los brasileños son ciudadanos participantes.

Además, por primera vez desde el fin de la dictadura, 1985, el presidente electo obtiene mayoría parlamentaria en ambas Cámaras del Congreso. Y lo logra debido a los pactos del Partido de los Trabajadores con el Partido Movimiento Democrático de Brasil (PMDB), uno de cuyos miembros acompañó a Dilma como Vicepresidente y que hasta ahora era solamente un partido parlamentario, con el Partido Socialista, uno de cuyos gobernadores electos nació en Chile durante el exilio de sus padres, y otras 9 colectividades más pequeñas. Un comienzo de la institucionalización de los partidos políticos que hasta ahora eran más bien banderas de conveniencia, con lo que se fortalece la democracia.

La derecha que sirvió en la dictadura continúa siendo un grupúsculo, se llaman "democráticos", siguiendo la costumbre de esa tendencia en América Latina de disfrazarse de lo que no son, pero en el caso de Brasil hasta ahora sin éxito.

Rousseff ganó a pesar de una campaña en su contra por su supuesto proyecto de despenalizar la interrupción voluntaria del embarazo, en un país en que solamente está legalizado el aborto terapéutico -por parte de las iglesias evangélicas y de la derecha católica-, a la cual se sumó el Papa tres días antes de la segunda vuelta. Y Brasil es un país profundamente cristiano.

Benedicto XVI dijo "cuando los derechos fundamentales de las personas y de las almas lo exigen, los pastores tienen el grave deber de emitir un juicio moral". Y "...cuando proyectos políticos contemplan abierta o veladamente la despenalización del aborto o la eutanasia, los obispos no deben temer la impopularidad rechazando compromisos y ambigüedades". "Dios tiene que tener un lugar en la vida política" y "la religión católica es parte integrante de la historia de Brasil".

Lula, quien se declara católico ferviente, y que se formó en las comunidades eclesiales de base como muchos de sus camaradas del Partido de los Trabajadores, declaró que esa era la doctrina de siempre de la Iglesia, pero que Brasil era un Estado laico. Por su parte, Marina Silva, quien es pentecostal, junto con declarar que no es fundamentalista, sostuvo que el tema del aborto era muy complejo, que debía discutirse sin demonizar a nadie y decidirse por plebiscito. En Brasil los abortos ilegales se estiman en un millón por año, con más de 300 mujeres muertas y decenas de miles con lesiones e infecciones graves.

Ahora bien ¿cómo será el gobierno de Dilma? Aunque todavía no ha nombrado a su gabinete, si nos atenemos a su campaña, discursos y gestos es evidente que será continuadora de las exitosas políticas de Lula.

Sin embargo, hay que tener presente, como dijo Roberto Mangabeira Unger, quien fuera ministro de asuntos estratégicos de Lula hasta hace algunos meses, se trata de una persona distinta, de un momento diferente y, por consiguiente, el trabajo cambia. Tal vez por ello, Lula no asistió al primer acto público de la presidenta electa, quien estuvo rodeada por su vicepresidente y los dirigentes de los doce partidos políticos que la apoyaron. 

Dilma es una economista tecnócrata, que dirigió el fondo de un gigantesco plan de obras públicas y encabezó esa enorme compañía mixta que es Petrobrás. Además es más militante y con más formación ideológica que Lula y está rodeada de una coalición de partidos políticos.

En Brasil, a pesar de la obra realizada, todavía hay muchas sombras que obstaculizan cumplir con el gran sueño de Lula y su Partido: eliminar las favelas, como lo indica el llamado Plan 2022 elaborado por la secretaría de asuntos estratégico de la Casa Civil.

La primera meta de ese plan es la integración física del sistema productivo, en un país que ha duplicado su comercio exterior en el último lustre, aunque sus exportaciones son solamente el 14% del PIB, lo que aminoró los efectos de la crisis reciente.

La misma importancia tiene la modernización de los servicios públicos, en especial el de salud, hay larguísimos tiempos de espera, y el educacional. Si bien es cierto que el gobierno ha logrado una asistencia cercana al 100%% en la educación básica de los niños de 7 a 14 años de edad, su calidad deja mucho que desear. Y una de las razones es que su presupuesto es muy bajo. El promedio del gasto en los países de la OCDE es de US$ 7.283 por alumno al año. En Brasil, es algo menos de US$ 1.800 (en el caso de Chile, es de US$ 2.100). 

En las pruebas internacionales sobre niveles educacionales, el puntaje de Brasil es uno de los más bajos y es superado solo por países como Chile, Uruguay y México. Y el nivel de lectura de los niños de 15 años de edad ocupa el lugar 49 entre 56 países  Se calcula que el 22% de la fuerza laboral en busca de trabajo no cuenta con las calificaciones que demanda el mercado.

En los dos últimos años el problema se ha transformado en una obsesión para el gobierno brasileño. Hay plena conciencia que hace al país menos competitivo entre las principales economías emergentes.  Por ello, entre otras cosas, se han creado 700 mil becas para que estudiantes de bajos recursos estudien en establecimientos privados y se han más que duplicado las escuelas vocacionales. En uno de los debates presidenciales fue el principal tema de Dilma.

Una de las promesas del nuevo gobierno es crear un gran Fondo Social para financiar muy principalmente la educación. Y a ese fin piensa destinar gran parte de los recursos que el Estado obtenga de la explotación de los recursos petroleros recién descubiertos, en que Petrobrás tendrá un rol preponderante, y que Lula atribuyó a la divina providencia.

No obstante que se comentó antes de la elección que a Dilma le interesa más la política interna que la internacional, en su primer discurso como presidenta electa mantuvo en el tema el mismo énfasis que su mentor. En el mundo de hoy, es imposible separar ambas políticas.

Y mientras los brasileños y el mundo esperamos que asuma la nueva presidenta, el grito popular en las calles brasileñas pasó de ser "olé, olé, olé; lulá, lulá, lulá" a "olé, olé, olé; dilmá, dilmá, dilmá".

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