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Voto voluntario: atreverse a la incertidumbre

por 4 noviembre 2010

En algún momento, el sistema político tiene que atreverse a estar en el trapecio y hacer sus piruetas sin la red de protección.

La promesa que el sistema político hizo a los jóvenes para su integración es la inscripción automática y el voto voluntario y es evidente que modificar eso, rigidizándolo y estableciendo el voto obligatorio, resta legitimidad al proyecto. Hay que recordar que esto fue fruto de un acuerdo político de la Presidenta Michelle Bachelet con todos los sectores lo cual se plasmó en el plano legislativo en una reforma constitucional cuya inspiración es superar un padrón envejecido y excluyente de 8 millones de chilenos y reemplazarlo, en lo inmediato, por uno de 12 millones de chilenos que exponencialmente tendrían derecho a votar en las próximas elecciones.

El voto, expresión más emblemática de la ciudadanía, es antes que nada un derecho y así fue consagrado desde la Revolución Francesa en adelante. Justamente porque es un derecho queremos establecer la inscripción automática, es decir, que a una persona se le reconozca este derecho ciudadano directamente al cumplir 18 años, sin ningún tipo de trámite burocrático que condicione o limite su derecho. Pero, a la vez, la voluntariedad del voto es una componente esencial de este binomio ya que reconoce que el derecho se ejerce de acuerdo a la autonomía individual de la persona la que decide ejercerlo como una manifestación clara de su adhesión a un determinado proyecto, programa o candidato.

En algún momento, el sistema político tiene que atreverse a estar en el trapecio y hacer sus piruetas sin la red de protección.

Me parece esencial que si todos los chilenos mayores de edad quedarán automáticamente inscritos para votar no sean obligados por el sistema político a ejercerlo cuando el sistema político lo imponga, sino que se respete la autonomía de la persona para disponer de su voto y no votar es también una manera extrema de votar, es decir es una manera de expresar rechazo, descontento o malestar al sistema político en un determinado momento.

En una sociedad moderna la autonomía de las personas para decidir sobre sus cosas debe ser consagrada y ello es parte de una mirada de la libertad que no se puede conculcar en el altar de preservar la representatividad del sistema político a través de la obligatoriedad del voto.

Si el sistema político teme no ser representativo y teme que los inscritos automáticamente no voten sin ser obligados a ello este es un déficit del sistema político que este debe corregir. Si se quiere el voto entonces hay que mejorar la calida de la política, los partidos deben dejar de ser clanes cerrados, la transparencia debe ser una norma, los programas deben incorporar ofertas atractivas a los jóvenes, los candidatos deben ser elegidos en primarias, el sistema electoral debe promover el respeto de la soberanía popular y del pluralismo es decir se debe avanzar en la democratización del sistema político y no apuntar a la coerción, por débil que esta aparezca, para garantizar falsamente este propósito.

Por ello, soy partidario de mantener la propuesta original del gobierno de la Presidenta Bachelet “Inscripción automática y voto voluntario” y que los partidos y los políticos se ganen el voto de la gente con una mejor política y una mejor oferta de rostros y no con la violación de la autonomía personal que yo tengo de ejercer mi voto y de determinar cuando hacerlo.

Las experiencia en los países europeos donde el voto es voluntario es que la población vota en altos estándares cuando las propuestas o los candidatos son atractivas y no hay, de cualquier manera, una abstención alarmante. En algún momento, el sistema político tiene que atreverse a estar en el trapecio y hacer sus piruetas sin la red de protección.

No hay, ningún dato empírico serio que avale determinados argumentos que se han entregado por parte de un sector de  la clase política de que el voto voluntario perjudicaría a los jóvenes porque no serían tomados en cuenta en los programas, que habría menos equidad hacia ellos, que habría un sesgo hacia los más pobres que no votarían si fuera voluntario, etc.

Los jóvenes ya no votan y la oferta de inscribirlos automáticamente solo es atractiva si ellos deciden cuándo y cómo votan y eso espero que los políticos lo respeten. Lo demás aparece, más bien, como un esfuerzo de un sector de la clase política para reducir la incertidumbre del voto, en una fase, en que como señala Baudman, los “tiempos son líquidos” y lo único estable es el cambio. La política debe atreverse, de lo contrario los jóvenes y los no inscritos no cruzarán la calle.

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