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Cristina y la hidra peronista

por 5 noviembre 2010

Deberá confrontarse a lo que en Argentina llaman la “rosca”: la política provincial y municipal, compuesta por intendentes y gobernadores; lidiar con la no desdeñable fracción del peronismo disidente y mantener el peso de las agrupaciones juveniles.

Mientras que las manifestaciones de dolor por la muerte del ex presidente Kichner hablan de una extraña mezcla de reconocimiento a su labor junto con la creencia de que continuaba con las riendas del poder, las opiniones de analistas políticos argentinos avizorando  problemas de gobernabilidad fueron interpretadas, especialmente en el mundo feminista, como misoginia pura. Reacciones como éstas delatan que, aunque Argentina haya sido pionera con una ley de cupos desde 1991 y que exhibe, al año 2007, casi 40% de parlamentarias, la visión de una política masculinizada es más fuerte.

La Presidenta argentina siempre fue ambigua en cuanto a la sociedad política que ambos mantenían, jugando entre una imagen independiente o reconociendo la relación simbiótica existente entre ambos. El vínculo matrimonial en la política democrática es relativamente reciente. La costumbre ha sido que una mujer llegue, en condiciones de accidentabilidad política, a reemplazar a su esposo muerto, o bien que, detrás de un político, se encuentre una mujer influyente. Ya el matrimonio Clinton dejó traslucir algunos dilemas, y no siempre por motivos estrictamente políticos. Recordemos el caso Lewinsky.

Deberá confrontarse a lo que en Argentina llaman la “rosca”: la política provincial y municipal, compuesta por intendentes y gobernadores; lidiar con la no desdeñable fracción del peronismo disidente y mantener el peso de las agrupaciones juveniles.

Lo cierto es que la Presidenta Fernández enfrenta ahora la disyuntiva de tener que sumar, a su condición de jefa de Estado y de gobierno, la domesticación del conjunto de fracciones que constituyen el Peronismo. Los analistas no hacen más que revelar la incredulidad de que una mujer pueda enfrentar la dimensión instrumental de la política, aquella relativa al poder, expresado en la asignación de recursos, beneficios, cargos y también castigos. Ello remite, inevitablemente, a la política de camarillas pero es más amplia ya que abarca también a los partidos políticos, grupos de presión y las redes que han crecido en torno al Estado.

Es ésta la dimensión que más resiste la ciudadanía y es por eso que, seguramente, no aflora en el reciente libro de Patricia Politzer “Bachelet en tierra de hombres”. Tras su lectura, si bien resulta evidente el celo de la ex Presidenta por mantener su autonomía frente a los partidos, poco o nada se dice de su verdadera relación con ellos y de cómo se desarrollaba, durante su gobierno, la política de transacciones. Se solía afirmar, durante su presidencia, que si bien cumplía a cabalidad sus labores como jefa de Estado y de gobierno, la relación con los partidos de su propia coalición no dejaba de ser esquiva. Sin embargo, la excepción la supuso el PS y, a su interior, su fracción de pertenencia, la Nueva Izquierda. Como sea, resulta poco creíble que el tránsito por la primera magistratura se asimile a un asunto de derribar obstáculos a punta de magnetismo, tal como pretende hacernos creer Politzer.

La presidenta argentina no es una mujer que estaba en su casa, tejiendo a crochet mientras su marido operaba en las procelosas aguas del Peronismo, movimiento político que para muchos se asemeja a la Hidra de Lerna, monstruo mitológico con muchas cabezas y aliento venenoso. Ella es titular de su propia carrera política, llegando a ser vicepresidenta primera de la Cámara. En esa condición, impulsó numerosos proyectos de ley y desarrolló una actitud decididamente crítica contre el oficialismo menemista. Para cualquiera, es evidente que reúne las competencias y habilidades esperadas para su cargo. Es cierto que, carente de un discurso de género y con un liderazgo de tipo patriarcal, no logró con las mujeres la conexión que tuvo Bachelet. Sin embargo, es una mujer progresista y, para muestra, está la aprobación de la ley de matrimonio igualitario. En su descargo, reconozcamos que no debe ser fácil convivir, al interior del Peronismo, con una imagen como la de Eva Perón. Los gestos de apoyo que ha recibido por estos días debieran convencerla de la necesidad de sumar a las mujeres, aunque éstas también exhiben una línea divisoria de difícil resolución: entre kichneristas y no kichneristas.

Cristina tiene por delante oportunidades. Por lo pronto, su imagen se ha visto fortalecida. Según la consultora Nueva Comunicación, un 43,2% piensa que buscará la reelección y, si las elecciones fueran mañana, obtendría un 31,8% frente a un 15,9% de Ricardo Alfonsín.

Manuel Mora y Araujo, influyente analista, concluye que ella tiene ahora a su haber algo muy importante para la política argentina: un mito a su servicio. Sin embargo, no será suficiente y tendrá que actuar, bien directamente, bien por vía delegada, para frenar los apetitos del secretario general de la CGT, Hugo Moyano o del escurridizo gobernador bonaerense, Daniel Scioli. Deberá confrontarse a lo que en Argentina llaman la “rosca”: la política provincial y municipal, compuesta por intendentes y gobernadores; lidiar con la no desdeñable fracción del peronismo disidente y mantener el peso de las agrupaciones juveniles.

Quizás en Chile la popularidad en las encuestas puede brindar la ilusión de poder pero, en Argentina, el tango se baila de otra forma: quien controla el partido, controla el poder.

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