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Bielsa, el político

por 8 noviembre 2010

Bielsa, el político
Nos habla de política y nos halaga: “acá aprendí a ser prudente” -declara- apelando a una de las categorías de Maquiavelo. Pero termina diciéndonos que en definitiva sin libertad ni dignidad no se puede vivir.

La última conferencia de Marcelo Bielsa fue leída por quienes apoyaban a Jorge Segovia como un intento de intervención y un menosprecio a la autoridad. Tanto así que un ofuscado Jorge Estévez pidió aclaraciones a Harold Mayne-Nicholls por las palabras del entrador argentino. Los dirigentes desconocían que las elecciones de la ANFP eran profundamente políticas. O, mejor dicho, los accionistas sabían que había política por todos lados, pero en la manera tradicional: soterrada y ambigua.

Las palabras de Bielsa chocaban con ese espíritu que muchas de las autoridades del fútbol y de la política han practicado por más de 20 años. Ahora, Bielsa jugaba sus cartas, transparente, lúcido, sin compromisos espurios. Era a cara descubierta y con todos los chilenos pegados al televisor, que asentían en silencio mientras escuchan referencias a los valores, la lealtad, el trabajo y la ética. La salida de Mayne-Nicholls era la excusa, pero el fondo era una manera de entender la sociedad y las implicancias del fútbol más allá de las canchas.

Con imperfecciones, frases inconexas y lagunas, las 2 horas y 18 minutos tienen un peso comunicacional innegable. Bielsa, amparado en la mágica fascinación que genera en la mayoría de los chilenos, construyó su discurso desplegándose entre el maestro y el referente.

Maestro, porque él no solo lidera, sino que también adiestra. Los jugadores repiten que nunca habían aprendido tanto como con él y los analistas coinciden en que Bielsa nos dio lecciones. Sin quererlo, traspasa la figura del entrenador y se convierte a la vez en referente, es decir, en un modelo relacionado con la excelencia.

Bielsa, amparado en la mágica fascinación que genera en la mayoría de los chilenos, construyó su discurso desplegándose entre el maestro y el referente.

Evidentemente puede parecer desmesurado achacar tantas cualidades positivas a una persona, pero no estamos analizando al sujeto, sino su discurso. Tal como en las campañas políticas no se apela a personas, sino que más bien se crean personajes con lenguajes diferenciados, Bielsa es un personaje que supera a los conocidos en el fútbol. Así el “ídolo” de la fase moderna y mediática del fútbol (Santa Cruz, 1998), que se vacía de sentido y valores por el dinero y la ambición, es desplazado por el “referente” que impregna trabajo, seriedad y amor por la actividad.

Este camino que empezó en la época desarrollista de los ‘50 y ’60 tiene su máxima expresión en el mundial del ‘62 y en los afanes de profesionalismo de Fernando Riera. Después de la dictadura viene el oscurantismo en las prácticas deportivas, que solo recobran fuerza a comienzos de los 90’ con Colo-Colo campeón de América y el despliegue de los medios, teniendo al mundial del 98’ y “Viva el Lunes” como manifestaciones de esta hipermediatización.

A fines de la década del 2000, el fútbol encuentra otro escenario, donde los clubes se privatizan e irrumpen las empresas. Se acaba el “amor por la camiseta” y aparece el capital. Ahora, se tienen que clarificar los procesos, cumplir las normas y rigidizar la estructura. Siempre masivo, mediático, pero ahora en la bolsa, el fútbol es desplazado desde la cultura hacia la economía. Se habla mucho de baja de las acciones y de ganancias.

Ahí es donde emerge la figura de Bielsa que -con su obsesión por la planificación y mecanización- se preocupa de destacar el amateurismo, a los hinchas y a la ética como eje de relaciones personales.  Esos elementos están presentes en todas sus biografías. Él no solo entrega identidad al fútbol, sino también a los chilenos. “Ahora saben quiénes somos y a qué jugamos”, declaran hinchas y periodistas, en ese afán por encontrar reconocimiento en el otro.

Mientras seguimos pensando en el fútbol, Bielsa está viendo más allá. Por eso, destina minutos en su alocución para hablarnos de democracia, fascismo, participación y poder. Nos habla de política y nos halaga: “acá aprendí a ser prudente” -declara- apelando a una de las categorías de Maquiavelo. Pero termina diciéndonos que en definitiva sin libertad ni dignidad no se puede vivir.

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