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Nueva Derecha: la energía que mueve el sistema

por 15 noviembre 2010

Nueva Derecha: la energía que mueve el sistema
El relato parece comenzar a construirse a partir de la decisión de sus actores de impulsar una agenda política con un ideario y una ambición concreta: la despenalización definitiva de un término –la derecha- que ha sido sinónimo de dictadura, intolerancia y exclusión, rescatando lo mejor de éste (su confianza en las personas, el mercado y el esfuerzo individual) con los logros civilizatorios de los discursos de la inclusión, la protección social, la tolerancia y el respeto del medio ambiente.

Si la “nueva forma de gobernar” pasó de ser una promesa de campaña al slogan central de la actual administración -de este se cuelgan sus partidarios para vanagloriarse de sus logros y sus detractores para motejar sus flancos-, el concepto de “nueva derecha”, surgido al alero de las definiciones políticas del ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, bien podría convertirse en el ethos de la campaña presidencial de 2013 e incluso de un eventual futuro gobierno.

Porque cuando en política un término funciona, lo primero que sucede es que moros y cristianos toman posición en torno a él. En este caso eso es precisamente lo que ha sucedido: tanto en la alianza de gobierno como en la oposición se han pronunciado a favor, en contra o con adendas respecto del concepto, su autor y su idea implícita. Y una segunda prueba de fuego para verificar la potencia de la idea es medir si a partir de ella se puede trazar una tendencia y un relato.

Veamos, por lo tanto, si se cumplen estas condiciones.

Una tendencia dentro de un gobierno se nota porque es capaz de generar movimiento y aunque ello no devenga necesariamente en políticas específicas, leyes o propuestas, al menos deberíamos ser capaces de distinguir tras ésta, y sus principales exponentes, posiciones que tensionan debates relevantes. Y en esto ya hay cierta trazabilidad: desde las batallas por incorporar un alza de impuestos en las leyes de reconstrucción, hasta la idea de relativizar las herramientas “antiterroristas” para el combate de la violencia en la Araucanía, se nota la mano de eso que se da en llamar “una nueva derecha”. Algunos dicen que la idea de la “nueva derecha” tiene poco de original, y que es lo mismo que planteaba Andrés Allamand al comienzo de la transición. Cierto, pero la diferencia es que Hinzpeter tiene guitarra.

Cuando en política un término funciona, lo primero que sucede es que moros y cristianos toman posición en torno a él. En este caso eso es precisamente lo que ha sucedido.

El relato, en tanto, parece comenzar a construirse a partir de la decisión de sus actores de impulsar una agenda política con un ideario y una ambición concreta: la despenalización definitiva de un término –la derecha- que ha sido sinónimo de dictadura, intolerancia y exclusión, rescatando lo mejor de éste (su confianza en las personas, el mercado y el esfuerzo individual) con los logros civilizatorios de los discursos de la inclusión, la protección social, la tolerancia y el respeto del medio ambiente.

Resulta obvio, por tanto, que para avanzar en estas dicotomías clásicas los personajes que encarnan esta gesta no pueden estar involucrados, personalmente, con el “antiguo orden” o, si fuera este el caso, deben romper de manera explícita con los fundamentos de ese pasado. De ahí que esta “nueva derecha” aparece también como el émbolo que energiza el sistema político, ya que tras de ella avanza la única o al menos la más interesante agenda de iniciativa política y lo hace ante la perplejidad de sus dos polos laterales: los conservadores de izquierda y de derecha. Nuestros sistema político está lleno de enclaves que lo llevan al empate, cuestión que encontraba justificación en la desconfianza de unos y otros respecto a lo que podrían hacer sus contendores una vez que llegaran al poder. Por lo mismo, para el ensanchamiento de la democracia es tan necesaria la instalación de una agenda que despenalice a la derecha, como para el desarrollo económico lo fue la construcción de una alianza de centroizquierda capaz de gobernar junto al mercado y a los equilibrios fiscales.

En la pasada elección presidencial se enfrentaron –básicamente- lo viejo y lo nuevo, y este clivaje es el que explica que la porfiada “mayoría sociológica” que inclinaba inevitablemente la balanza electoral a favor de quiénes se congregaron en torno al No de 1988 girara leve pero definitoriamente hacia otro rumbo.

Ese movimiento se obtuvo, en parte, por la irrupción de un discurso de protesta que no comulgó con los temas clásicos de la pugna intra-concertación, y se atrevió a seducir a un sentido común más ecléctico y menos ideológico que vio con buenos ojos propuestas revolucionarias como la inclusión de las personas (como individuos) a la propiedad de Codelco, la tasa plana de impuestos y la propuesta de reforma profunda al régimen político.

Mi sensación hoy es que la “nueva derecha” busca capitalizar ese ethos y no deja de ser refrescante sentir el impulso de progresar.

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