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De héroes y canallas

por 16 noviembre 2010

Ese proceso de producción informativo tiene que ser observado con mayor profundidad para entender el periodismo. Es fácil acusar a los periodistas de “vendidos” o de “poco complejos” sin atender todas las circunstancias que rodean su trabajo.

“Son felices de poder decir, al cabo de décadas de silencio, que son felices de jamás haber perdido un empleo, de no haber tenido nunca conflictos con nadie”. Con esta frase Edgardo Marín criticó en su columna de El Mercurio a los periodistas deportivos que no han emitido opinión alguna durante el proceso eleccionario de la ANFP. Marín recordaba, además, que cada vez que un tema tiene muchos intereses en juego recurren a la misma actitud: se transforman en espectadores o simples mensajeros.

El columnista cuestionó desde dentro la profesión que ejerce. Sin miedo a que sus colegas lo miren feo y dejen de invitarlo a los eventos sociales, adoptó una posición crítica frente al ejercicio del periodismo. Sin embargo, sus palabras solo se pueden aplicar a los pocos que hoy se encuentran en posiciones privilegiadas y que pese a ello, prefieren guardar un cómodo silencio.

Sabido es que esa condición ventajosa es limitada, porque actualmente la gran mayoría de los periodistas enfrenta una alta precariedad laboral y su área de influencia es bastante restringida. Esta profesión presenta niveles críticos de desvalorización y la  concentración de la propiedad de los medios de comunicación dejó hace mucho tiempo de ser el único problema que afecta el trabajo de los profesionales de la prensa.

Ese proceso de producción informativo tiene que ser observado con mayor profundidad para entender el periodismo. Es fácil acusar a los periodistas de “vendidos” o de “poco complejos” sin atender todas las circunstancias que rodean su trabajo.

En Estados Unidos, Gran Bretaña, España, Francia y en toda América Latina las condiciones de trabajo en los medios están caracterizadas por bajos salarios y una enorme desigualdad entre la masa de reporteros sin nombre y aquellos que ocupan puestos de más alta jerarquía. En Chile, por ejemplo, un periodista rostro puede recibir un sueldo equivalente a 20 veces el de un reportero que elabora las notas en el mismo canal.

Algunas investigaciones (Weaver, 2006; Mellado, 2007; Lagos, 2009) han sugerido que las condiciones de trabajo en los medios de comunicación afectarían la calidad del producto informativo. Además, la inestabilidad laboral obligaría a que muchos periodistas adopten posturas acríticas sobre los hechos noticiosos, para no arriesgar el empleo. Lo que no se entiende es por qué aquellos que sí gozan de una cómoda posición optan por lo mismo.

Así, la columna de Marín o el “épico” discurso de Nibaldo Mosciatti en la entrega del Premio Embotelladora Andina chocan con una realidad distinta, que enfrentan diariamente los trabajadores de los medios de comunicación. Ellos cumplen su rol profesional y de asalariado en condiciones altamente estresantes, mal remuneradas y con escaso nivel de desarrollo personal.

Ese proceso de producción informativo tiene que ser observado con mayor profundidad para entender el periodismo. Es fácil acusar a los periodistas de “vendidos” o de “poco complejos” sin atender todas las circunstancias que rodean su trabajo.

A este difícil contexto se suma ahora el cierre de la versión impresa de un medio de comunicación. Aunque, para ser justos, esto no es solo responsabilidad de la derecha, sino también de la Concertación que nada hizo por aumentar el pluralismo mediático y convirtió a La Nación en un medio con escaso valor periodístico, salvo periodos excepcionales.

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