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¿Adhiere usted al partido correcto?

por 19 noviembre 2010

¿Adhiere usted al partido correcto?
Si los ríos de tinta que han corrido para hablar de la “nueva derecha” valen su precio, es porque nos permiten conversar nuevamente sobre los contornos ideológicos del nuestro mapa político. Es normal y predecible que cada uno de nosotros milite en la tendencia política legada por nuestros padres o el entorno.

Un parlamentario propuso, hace meses, fijar una cuota obligatoria para que las radios emitan música chilena. Otro, del mismo partido, semanas antes argumentaba a favor de reajustar el salario mínimo por sobre la cifra proyectada por el gobierno, en línea con la demanda de la CUT. La primera idea descansa sobre un marco de proteccionismo a la industria nacional y la segunda sobre la necesidad de mejorar las condiciones laborales de los trabajadores. ¿Sabe de dónde vienen estos parlamentarios de apellidos Estay y Arenas? De la UDI, el partido situado más a la derecha del arco iris político, supuestamente promotor de las bondades de la más abierta economía de mercado, que en lo central descarta proteccionismos que afecten la libre competencia –como cuotas obligatorias- y teóricamente apunta a eliminar las trabas a la creación de empleo- como el salario mínimo.

Ahora piense en un diputado, presidente de su partido, sosteniendo que Chile “no está preparado” para legislar a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo. Hace pocos días, un senador de la misma tienda se lanzó en picada contra el posible otorgamiento de la ciudadanía chilena al dirigente español Jorge Segovia. Argumentó que nuestra nacionalidad era algo demasiado importante como para andarla regalando. ¿Ya los ubicó? No, no vienen de la una derecha conservadora y nacionalista. Son Andrade y Letelier del PS, el partido que cierra por la izquierda la coalición opositora, que supuestamente promueve una agenda progresista en temas de moral-sexual y familia, del cual también podría esperarse un rechazo a expresiones con tintes xenófobos, en una mirada benevolente a la inmigración.

Una mirada más racional y escéptica quizás nos permita mirar al adversario de una manera distinta, asumiendo que puede estar en lo correcto mientras nosotros equivocados. Sobre todo entre las nuevas generaciones –a los otros ya los perdimos- es una práctica que debiera ser bienvenida.

Me dirán seguramente que los casos seleccionados son marginales. Puede ser. Pero no estoy tan seguro que los cuatro mencionados carezcan de apoyo interno. Me dirán que es incluso saludable que un partido tenga la flexibilidad de incorporar visiones distintas a las predominantes. También suscribo. No queremos regimientos. Pero la línea que divide la amplitud de ideas con la ambigüedad o lisa y llanamente con la incoherencia doctrinaria es muy delgada.

Últimamente ha estado sobre la mesa la naturaleza del sufragio. La DC tuvo un congreso ideológico en el cual aprobó el voto obligatorio. Su candidato presidencial, tiempo después, hizo campaña con la bandera del voto voluntario. La discusión no es trivial. Apunta al tipo de valores que defiende un partido cuyos contornos ideológicos son cada día más difusos. Los liberales podemos explicar sin problemas por qué estamos por la voluntariedad. A los comunitaristas –que debieran estar en la DC- no les resulta tan sencillo explicar por qué el voto no es un deber, y por ende, una obligación.

Si los ríos de tinta que han corrido para hablar de la “nueva derecha” valen su precio, es porque nos permiten conversar nuevamente sobre los contornos ideológicos del nuestro mapa político. Es normal y predecible que cada uno de nosotros milite en la tendencia política legada por nuestros padres o el entorno. Aunque a veces reclamamos que nuestra elección ha sido perfectamente racional, lo cierto es que ha estado marcada básicamente por emociones. Las experiencias vividas con Allende, Pinochet y luego con el plebiscito del ’88 significaron para muchos una grieta tectónica imposible de soslayar. Marco Enríquez, con la sinceridad desfachatada que mostró en sus primeros meses de campaña, reconocía que estaba “lleno de contradicciones”.

Todos las tenemos, pero a los actores políticos les cuesta reconocerlo. Una mirada más racional y escéptica quizás nos permita mirar al adversario de una manera distinta, asumiendo que puede estar en lo correcto mientras nosotros equivocados. Sobre todo entre las nuevas generaciones –a los otros ya los perdimos- es una práctica que debiera ser bienvenida. Si usted es que aquellos que siente la necesidad intelectual de replantearse cada cierto tiempo por qué está donde está, ¿adhiere usted al partido correcto de acuerdo a sus convicciones?

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