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Por qué Piñera no es Andrés Bello

por 23 noviembre 2010

Por qué Piñera no es Andrés Bello
El verdadero revolucionario de la educación chilena se llama Augusto Pinochet Ugarte. Ya se ha dicho en estas columnas: Pinochet no es una persona, es un ethos socio histórico y un ethos bio-psíquico. Pinochet es una forma de comprender –en este caso- a la educación, es un plexo de fines desde los cuales asumir los medios. Las medidas de Piñera están bajo este paraguas epistemológico pinochetista, neoliberal, sin diálogos previos.

Porque el único gran revolucionario de la educación chilena en las últimas décadas tiene nombre y apellido y no se llama Sebastián Piñera Echeñique.

La molestia es transversal por el verdadero montaje comunicacional que han elaborado, y muy burdo por lo evidente, además. Desde el viernes, después de las innumerables críticas por el desacierto de las 800 horas, el Presidente tiene la valentía de decir que propondrá al país la revolución educativa conocida jamás, sólo comparable con la reforma de Frei Montalva. Pero el domingo, en cadena nacional, vino la decepción, el golpe a tierra. Con frases verdaderamente rocambolescas y muy genéricas respecto a la educación y a la reforma que se plantearía, vimos a un Presidente verdaderamente montado en una estrategia de marketing que hasta el vulgo en esas ciencias descubre de inmediato. ¿Quién puede estar en desacuerdo que la educación chilena necesita cambios? ¿Qué padre o qué madre no puede desear lo mejor para sus hijos?

La educación no es una empresa, pero no puede el Presidente y el ministro Joaquín Lavín escapar a esa visión. ¿Por qué?

Porque el verdadero revolucionario de la educación chilena se llama Augusto Pinochet Ugarte. Ya se ha dicho en estas columnas: Pinochet no es una persona, es un ethos socio histórico y un ethos bio-psíquico (y hemos citado a Castoriadis y a Esposito). Pinochet es una forma de comprender –en este caso- a la educación, es un plexo de fines desde los cuales asumir los medios. Las medidas de Piñera están bajo este paraguas epistemológico pinochetista, neoliberal, sin diálogos previos, impuestos, usando incluso al Congreso como un simple buzón de cartas. Mejor no se puede comprender cómo es la derecha chilena (liberal y conservadora) que en el caso de la educación, lo tienen en la médula: los negocios son negocios.

El marco que alimentaba las reformas de Frei eran a la sazón las teorías del desarrollo y la modernización. Fue él el primero en funcionalizar la educación en vistas al crecimiento económico, marginándose desde ahí la relevancia e importancia de los saberes no instrumentales.

El cambio más profundo y revolucionario se produce en la década de los 80. Comienza la municipalización. Si quieres cambiar una sociedad, cambia la educación; y fue así como se aplicaron a la educación los principios del mercado y la competencia: el mercado como regulador, la competencia como criterio de calidad y el voucher chilensis (clave del negocio) como modalidad de financiamiento. Por qué clave, porque se financió la oferta y no la demanda, se le entregó a los sostenedores y no a los padres. Negocio redondo, a pesar que redujeron drásticamente los recursos para la educación pública (la privada sale del bolsillo de la elite, no se olvide). Son los privados y las municipalidades los que de ahora en adelante administrarían y gestionarían el servicio de proveer educación. Obvio, el Estado reducido al mínimo y la incipiente industria privada observó con interés el nuevo nicho de inversión y rentabilidad. Por eso hoy tenemos lo que tenemos.

¿Y la Concertación, se preguntaran? La estrategia fue mirar hacia adentro de la escuela, hacia el aula, hacia los procesos pedagógicos, hacia la calidad de los aprendizajes: intervino los modos de gestión, evaluación y los contenidos curriculares. Lamentablemente administró lo hecho por el ethos neoliberal. Aylwin, siguiendo su principio, asumió que “solo era posible” realizar esta cosmética interna y no la verdadera transformación que se necesitaba, es decir, intervenir la organización institucional del sistema. Recuérdese la cuña de la LOCE dejada por la derecha y apoyada a fuego en el nuevo Congreso de los 90.

De ahí en más, sólo cambios cosméticos. ¿Traicionó la Concertación a las bases populares que votaron por ella?

La Democracia Cristiana no. No, sobre todo, por la herencia de Frei Montalva en educación, citada –sin saber lo que se dice- hoy por Piñera y Lavín. El marco que alimentaba las reformas de Frei eran a la sazón las teorías del desarrollo y la modernización. Fue él el primero en funcionalizar la educación en vistas al crecimiento económico, marginándose desde ahí la relevancia e importancia de los saberes no instrumentales. Por ello es importante la historia –y lo debiese saber un Presidente que se dice humanista- porque podemos así recordar que el año 1961 se lanzó en Punta del Este la Alianza para el Progreso, que potenció un plan de 10 años para el desarrollo de la educación en América Latina, plan que no era otra cosa que la estrategia para contener los movimientos de izquierda en el continente. Seguro que estoy recordando la traición al “corporativismo” inicial en la Falange pero ¿acaso las transformaciones de Frei padre en educación no fueron el caldo de cultivo para las que siguieron en los 80?

El presidente Piñera por lo tanto no es un humanista como dice ser, nunca será el Andrés Bello del siglo XXI, 2.0, porque de verdad para ser quien fue don Andrés Bello, se necesita más de lo que la gestión financiera de negocios puede dar. Se necesita el cultivo que solo del contacto con la lengua y con la historia –agregaría con la filosofía- puede florecer.

No es Andrés Bello, sobre todo porque su lógica sigue la de Pinochet, y sí, aunque duela, la de Frei Montalva. Las medidas anunciadas por Piñera y Lavín no alcanzan para reforma, menos para revolución. Alcanzan para el 7.0 en su escuela, la escuela del mercado y la competencia en la educación.

Y por último, el elitismo de Bello era de otra clase.

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